Andrea Ojeda

Consejo editorial

Teatro vacío, estudio lleno. Augusto Yanacopulos y su arte durante la pandemia.

9 abril, 2021

Esperando desespero; 2020, óleo sobre tela, 40×50

Augusto es un artista plástico casado con el teatro. Es artista desde niño cuando pintaba y bailaba, ya bien fincada su pasión por el cuerpo humano y su movimiento, por su belleza y sus posibilidades de metamorfosis. Es un artista desde que dejó su natal Chile a los 20 años y se vino a vivir a Chicago, donde estudió arte en el School of the Art Institute, donde ha sido parte de una compañía de danza y participado en recitales y en varias exposiciones de pintura, donde conoció un día a ciertos hacedores de teatro y se enamoró profundamente. Corría el año del 87 y fue ahí y entonces que Augusto acabó casándose con Rosario Vargas y con el teatro. Juntos fundaron la compañía Aguijón Theater y después de unos 10 años dieron a luz al edificio de Laramie Ave. donde habitan desde entonces los cientos de obras, las producciones, los encuentros, conciertos y homenajes, las historias miles, las risas y los llantos. O quizás deberíamos decir “habitaban”, pues tristemente (trágicamente), las puertas del Aguijón están cerradas desde marzo de este año, como lo están también las de todos los recintos dedicados a la comunión entre el artista y su público por motivo de una pandemia que nos ha obligado a encerrarnos y separarnos del resto de la humanidad, aniquilando así el acto de amor que es la representación en vivo, la catarsis tan necesaria entre actor y espectador, acto ancestral que nos obliga a aprender y a sentir desde nuestra más concreta humanidad.

Vista desde el escenario hacia las butacas; Teatro Aguijón

El teatro necesita el contacto entre personas, y como eso es justamente lo que no podemos tener en este momento, el Aguijón está vacío y continuará estándolo hasta que podamos estar seguros de que la convivencia cercana no nos enfermará (o peor). Pero, ¿está vacío realmente?

Viendo que por un tiempo ignoto no iban a poder salir de su casa (tanto Augusto como Rosario son mayores de 60 y por tanto se consideran población en riesgo) ni iban a poder consumar los proyectos agendados para la siguiente temporada teatral, el artista se volcó a su paleta y emprendió cual Ulises el viaje a la mar, la mar de sueños y fantasías, y a cada paso la mar se fue haciendo más y más grande hasta que salió de su estudio en el segundo piso, pasó por el comedor, bajó por las escaleras hasta el primer piso y se instaló en el escenario del Aguijón en donde lleva meses feliz, cantando cual sirena hacia sí mismo, dejando salir a las musas (ya pintó cinco, le faltan cuatro) y plasmando en el lienzo los suspiros, diálogos y colores que irradian las paredes de este teatro; porque los teatros tienen memoria y energía, y Augusto en medio de este escenario es a su vez su luz y su voz.

(I) Clío; 2020, óleo sobre tela, 36×48 / (D) Pandemonium; 2020, óleo sobre tela, 39×53

Para este fin de año se le estaba organizado en Santiago, Chile, una exposición individual a Yanacopulos; una exposición muy merecida a uno de sus hijos pródigos, pero que por causa de esta crisis global ha tenido que suspenderse. Augusto llevaba desde el año pasado afinando ideas y removiendo en su haber uno de los temas recurrentes en su obra: la mitología griega. “Quizás porque soy griego” dice él cuando le pregunto el por qué de su fijación, pero para mí, que lo he visto en acción haciendo teatro, actuando, moviéndose, haciendo escenografías, pintando escenarios grandes y chicos, para mí que lo que lo tiene encandilado es el canto de las sirenas que viven en su imaginación, una imaginación alimentada por fuertes y brillantes mujeres que desde su infancia ha visto moverse en un mundo cruel y complicado con la delicadeza de un pétalo y el coraje del mar mismo. Llegados al hoy, podemos decir que Augusto es el complemento perfecto de su Rosario, pilar sólido de la dirección creativa del Aguijón, pues él puede reconocer esa fuerza y presencia escénica y plasmarla en la perfecta escenografía: pero tal vez diría yo mejor que Rosario es el complemento perfecto de su Augusto ya que es a esta sirena a quien vemos retratada en tantísimas de sus imágenes. Yanacopulos podrá pintar nueve musas, pero Augusto sólo necesita a una.

El mirón; 2020, óleo sobre tela, 38×50