Gerardo Cárdenas Jochy Herrera

Gerardo Cárdenas Jochy Herrera

Para recordar a René Rodríguez Soriano

2 abril, 2020

Capitán de mediaisla
Gerardo Cárdenas

A Moira y Jochy, por quienes llegué a René

 

 

Vernos, nos vimos poco. La nuestra fue una de esas amistades epistolares, de esas que estaban en vías de extinción hasta que, irónicamente, fue el coronavirus quien las reanimó.

El mismo coronavirus, el mismo desgraciado, hijoputa bicho de mierda que ayer se llevó a René Rodríguez Soriano en Houston.

Hace 3 meses habíamos conversado por correo electrónico. En ese momento pasaba yo por la etapa más abúlica del writers block y, sinceramente, comenzaba a preguntar si algún día volvería a escribir.

René no me regañó, sino que me alentó, me echó porras y me ofreció lo que siempre me ofrecía, un espacio en mediaisla, su revista/sitio Web en donde tantos hemos publicado. Como si de arrancarme una muela con pinzas se tratase, escribí un texto, ni siquiera recuerdo sobre qué y se lo mandé y, por supuesto, lo publicó.

¡Bendito René!

Dos semanas después me llegó No les guardo rencor, papá, su última novela. Me pidió que le avisara tan pronto lo tuviese en manos y que le diese mi opinión. Fue la última vez que conversamos. Aquí tengo la novela, en la mesita de noche, y se ha vuelto un imperativo.

René fue uno de los primeros participantes en Poesía en Abril, esa locura, ese sueño hecho realidad de cada mes de abril en Chicago, en que a través de contratiempo y DePaul University llevábamos poetas de toda América Latina y España, a leer en nuestro idioma en la Ciudad de los Vientos, que en pleno abril a veces los recibía con cachetadas de viento helado de los Grandes Lagos y ráfagas de nieve. Así nos conocimos en persona.

En 2015 se me ocurrió armar una antología sobre la narrativa breve en español de Estados Unidos. Logré congregar a 25 autores, de muy diversas trayectorias, voces y geografías para presentar un panorama amplio de la literatura escrita en el segundo idioma de los Estados Unidos. Antes de la tormenta que significó la llegada de Trump al poder, ya se hacía urgente algo así.

René fue de los primeros en responder a mi convocatoria. Pocos fueron tan entusiastas defensores y promotores de la lengua española como él. Fue, desde Houston, uno de esos faros que no dejó de alumbrar, hasta el último día.

Eran tan inciertos los encuentros, tan relámpagos, tan luz, se lee muy al principio de Helga, el cuento con el que participó en la antología Diáspora. Narrativa breve en español de Estados Unidos que publicó Vaso Roto en 2017. Y esa frase me hace pensar en esos pocos encuentros y muchos correos con René: relámpagos, luz.

René participaba en miles de proyectos, en incontables publicaciones, en quiénsabecuántos encuentros literarios. Su vida era la literatura: escribirla, promoverla, difundirla, buscarla, amarla, compartirla, invitarla.

Su muerte adquiere otra dimensión por el contexto de la malhadada epidemia que nos ha hecho pararlo todo. Precisamente porque hemos parado es que debemos darnos un tiempo para leer y honrar la obra de quienes, como René, dieron su vida a la palabra.

René, tenías razón: no puedo dejar de escribir. Tú me sacudiste de un marasmo, y yo daré, ya doy, los siguientes pasos desde el encierro forzado por el virus, el virus que no debió de hacerte esto. Eras el capitán de una mediaisla, ahora lo eres de algo inmensamente mayor.

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Gerardo Cárdenas es escritor, periodista y comunicador mexicano, ex director editorial de la revista contratiempo

René anda por ahí

Jochy Herrera 

Como recordarás René, tú y yo nos encontramos cara a cara por primera vez en el hospitalario hogar de José Rafael en la Florida, territorio que te acogió tras el inicio de tu periplo diaspórico y que hiciste nueva nación dentro del complejo mundo Dominicanamerican. ¿Veinte años, veintitrés? No recuerdo. Esa noche hablamos de música y de letras. De Aute, Piglia, y del movimiento literario de Chicago desde donde yo venía. Todo aquello en staccato, porque la algarabía de la fiesta no permitía otra cosa. Ya yo sabía de ti, por supuesto, sobre todo porque durante mis visitas al país en los noventa tardíos Enriquillo se había encargado de contármelo todo. Que andaba por ahí un grandulón montañés de blando corazón quien, en el cuadrilátero de la página, saltaba con inverosímil destreza del cuento al poema como si cualquier cosa. Quien, eso sí, ni vivía en París ni mucho menos se llamaba Julio.

Tras aquel encuentro, tu Mediaisla se hizo territorio fértil para mis garabatos, y fue así, gracias al febril pálpito de autor publicado en medio digital que te hice llegar a los ojos de los quijotescos compueblanos de Chicago. No te quepa duda, te quisieron todos y cada uno de los escritores de esa comarca: los chilangos y otras etnias mexicanas; los boricuas expats; uno que otro chicocubano buena gente; ese único hondureño apellidado Leyva quizás más que muchos; y por supuesto, los tres compatriotas que echaron a Pedro entre el pozo: Moira, tu hermano Rey y yo.

Alegres contigo como si acaso nos hubieras reunido en un gran salón comandado por Borges y el maestro Barthes en anticipo al diálogo eterno del poema, te quisimos tanto como Cortázar quiso a Glenda. Celebrando tu risa corta, tu marcha casi insonora hacia los muchos podios de esos festivales otoñales y primaverales de Contratiempo, pretendimos junto a ti resolver el álgebra del misterio de las letras. Así te hiciste hijo de mi Chicago literario una tras otra vez.

En las madrugadas que más tarde nos regalabas en cada visita, batallando contra el frío óseo a fuerza de tequila, veías cómo por tu culpa nacían y fallecían memorias de muchachas idas que, mirándonos a los ojos, preguntaban el porqué de tanta lágrima. Julia, eterna conspiradora contra la seguridad de todos los estados emocionales, por supuesto no estaba. Había partido a manos del desamor.

Te confieso René, que no quiero abrazar la melancolía. Recuerdo cómo una vez juraste que aquello no era más que un ridículo y solitario espectáculo. Cómo confesaste también no temer a la memoria porque conocías a profundidad el vértigo de caer hacia el olvido. Mas, ¿acaso has olvidado que aquellos ceremoniales fueron imperecederos encuentros donde en éxtasis total arrancábamos fechas a los calendarios? ¿donde rescatábamos frágiles mariposas atrapadas en un cartón pretendiendo resguardar la vida, esa que hoy fútilmente queremos devolverte?

Te fuiste, René, y apenas queda un hálito en mi voz para llamarte. Debo preguntarte porqué nunca dijiste cuán fácil era todo en el amor; cuán clara estaba revelada la respuesta en este verso que tantas veces leímos anticipando el inexorable crepúsculo: …para saberte a ti sin desperdicios,/no hay que esperar a que des la vuelta;/no hay que acudir al braille ni al botánico,/ sólo apagar la luz y desnudarte.

Santo Domingo, 2 de abril 2020.

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Jochy Herrera es escritor y médico dominicano, colaborador y ex miembro del consejo editorial y de la mesa directiva de contratiempo.  

 

René Rodríguez Soriano y contratiempo 

contratiempo tuvo el placer de recibir a René tres veces en Chicago: Durante el Primer Encuentro de Revistas  Bilingües y en Español en 2007, en la versión 2011 del Festival Internacional de Poesía en Abril, presentado por contratiempo y DePaul University, y más recientemente durante la presentación de sus dos libros No les guardo rencor, papá (2017) y Jugar al sol (2017) en la Tertulia de contratiempo en agosto de 2018.