Georgina Valverde

¿Qué es más macho, el arte o las artesanías*? Derrocar las taxonomías para conectar con el arte

29 abril, 2021

Un bolígrafo, un pañuelo, una taza con plato: ¿Qué tienen en común estos objetos? Son parte del Instituto de Arte de Chicago, museo mundialmente conocido por su famosa colección de cuadros impresionistas.

Según las normas occidentales, la pintura y la escultura han representado desde siempre el pináculo de los logros artísticos. No obstante, estos otros objetos, que emergieron de los reinos de la artesanía y el diseño, aunque no se exhiben junto a éstas, conviven en galerías cercanas. ¿Cómo llegaron a un museo de arte? ¿Por qué se les considera arte? ¿Acaso una pintura es más una expresión artística que una vasija de cerámica? ¿A quién le importa? Si tenemos en cuenta que hace un tiempo tales objetos no hubiesen tenido cabida en un museo, podríamos inferir que el criterio en que se basan los especialistas para catalogar la cultura visual no es un marco establecido ni una ciencia exacta.

Con el transcurso del tiempo, y particularmente en los últimos cien años, tales criterios han ido cambiando y evolucionando para adaptarse a los complejos giros que ha dado nuestra sociedad, al igual que el arte y otras disciplinas. 

Para analizar cómo los museos fueron apreciando estos objetos diversos como parte de un continuo de cultura visual en vez de categorías sólidas y absolutas, me remito al ensayo “Uso y contemplación”, que Octavio Paz escribiera en 1974 para un catálogo de artesanías internacionales. En su escrito, Paz se refiere al arte, la artesanía y al diseño industrial como tres categorías distintas que surgieron tras la caída del cristianismo. Hasta entonces, la sociedad se dividía en dos grandes territorios: lo profano y lo sagrado. La belleza , dice Paz, no era un valor aislado y autosuficiente. Los objetos del templo y de la vida cotidiana eran útiles y bellos  a pesar de sus diferentes funciones. 

Con la decadencia de la religión y el auge de la industrialización, la belleza  y la utilidad se separaron. La belleza (o contemplación) se retiró al templo del arte -el museo- y la utilidad se convirtió en la provincia del diseño industrial, que despojó a sus productos de la ornamentación  y el toque de la mano humana a favor de la utilidad. La unión original de la belleza  y la utilidad persistió en la artesanía. Así, dice Paz, las artesanías son más bien una señal, “la cicatriz casi borrada” que conmemora la fraternidad original de los hombres, ya que pertenecen a un mundo anterior a lo útil y lo bello .

El refugio de la artesanía

El tictac de un reloj con figura de sol que colgaba en el comedor en casa de mis abuelos en la Ciudad de México marcaba las tardes de mi niñez. A las cuatro de la tarde, nos sentábamos con los abuelos en la salita de la televisión para ver las caricaturas, a las que seguían las infaltables telenovelas.

Fue durante estas tardes casi soporíferas que mi abuela me inició en el arte del croché. Primero, me enseñó a enrollar una madeja de estambre en un ovillo. Dominada esta destreza, el segundo paso fue enseñarme a hacer una cadeneta de croché. ¿Después de cuántos episodios de Del altar a la tumba y El diario de una señorita decente pude dominar esta técnica fundamental? No tengo idea, pero poco a poco aprendí el medio punto y punto entero, todo el alfabeto que uso en mis esculturas tejidas hoy en día.

Para mi abuela, sus manualidades eran el refugio imperioso que la rescataba de la rutina cotidiana marcada por la crianza de sus hijos y las tareas domésticas, una fuente de orgullo y placer silencioso. Fue en sus labores de frivolité y croché, las cuales llevaba siempre en el bolsillo del delantal, donde dio rienda suelta a su imaginación. Apenas tenía un momento libre, sacaba su tejido para completar algunos anillos o hileras, transportándose apaciblemente a un reino secreto y particular de placer en medio de las exigencias de la vida diaria. Durante esos momentos que diariamente le robaba, de manera voluntaria y sigilosa, a la lúgubre rutina de las tareas domésticas, trabajaba con intensa concentración, creando así un pequeño universo geométrico de hilo. A la hora de su muerte, había completado más de cien bordes de delicado encaje para fundas de almohadas y caminos de mesa. Son pocos los diseños que se repiten.

Palos en la rueda

En 1917, el inconformista Marcel Duchamp compró un urinario de porcelana de J.L. Mott Iron Works, al cual tituló Fuente y lo mandó a la Sociedad de Artistas Independientes de Nueva York para que fuese incluido en su primera exposición anual. Duchamp lo firmó con el seudónimo “R”. Mutt’ para disimular el nombre del fabricante y en referencia a un personaje de historietas. El Museo Tate, donde se exhibe una réplica de la obra, explica en su sitio web que “el hecho de que ‘R. Mutt’ era un artista desconocido le daba a Duchamp la libertad de poner a prueba la receptividad de la sociedad hacia obras de arte que no encajaban con las normas estéticas y morales convencionales”. 

 

Marcel Duchamp’s 1917, Fountain, fotografia de Alfred Stieglitz

Con la Fuente Duchamp logró desestabilizar, quizás sin querer, un sistema epistemológico -que rechazaba con petulancia una miríada de artefactos visuales que no encajaban en su criterio masculino y eurocéntrico, pero que canibalizaba esos mismos artefactos libremente para sus propios fines, como el cubismo lo hizo con el arte africano. Un editorial publicado en The Blind Man, una revista dadaísta, resumía elocuentemente la naturaleza radical de la acción de Duchamp:

“Es irrelevante si el señor Mutt hizo o no la fuente con sus propias manos. El hecho es que fue él quien la ELIGIÓ. Tomó un objeto de uso cotidiano, lo presentó de manera que eliminó su función utilitaria con un nuevo título y perspectiva, dando así un sentido distinto al objeto”.

Aunque la Fuente de Duchamp fue rechazada tanto por el establecimiento artístico como por el movimiento vanguardista de la época, pocos negarían hoy que es una de las obras de arte más influyentes del siglo XX.

El templo de la belleza

¿Por qué el urinario de Duchamp es una obra de arte? ¿Por qué se consideran algunos objetos arte y otros no? ¿Son acaso arte los bordes tejidos a croché por mi abuela?

La Fuente es un objeto de diseño industrial cuya forma fue optimizada para la funcionalidad. En el extremo opuesto de la utilidad se encuentra la belleza y su encarnación, la obra de arte, dice Paz. Belleza y utilidad – estas categorías son incongruentes cuando intentamos reconciliar nuestros conceptos con las cosas reales del mundo. En el arte, tales categorías han estado bajo ataque desde el tiempo de los dadaístas y desde que Duchamp puso palos en la rueda hace ya más de cien años. Con su incursión en el templo de la belleza, la Fuente provocó desconcierto en nuestros cánones establecidos de lo que es el arte, el valor que se le da y la esencia misma de la cultura. A pesar de las batallas por difuminar  los límites y derrumbar  las jerarquías que se lidiaron en el  siglo XX, las taxonomías del arte occidental siguen ejerciendo su poder discriminatorio tanto sobre las que pertenecen al entorno del arte, como sobre las de la gente común. Esta práctica logra  su máxima expresión en el museo de arte con sus salas designadas para separar las bellas artes del diseño, las artes decorativas, el arte de las culturas no occidentales y otras subcategorías, cuyo papel es mantener la ley y el orden en el templo de la belleza.

Al escudriñar la proveniencia y el significado de estos objetos (quién los hizo y por qué, cuál fue su función original, cómo fueron a parar en un museo, etcétera) nos tropezamos con la arbitrariedad y limitaciones de la clasificación. En los museos de arte, los objetos supuestamente se clasifican principalmente en base a sus méritos estéticos, subordinando otros aspectos que les dieran su valor original. Dice Paz, “El arte heredó de la antigua religión el poder de consagrar las cosas e infundirles una suerte de eternidad…” Pero hasta en el cielo hay jerarquías. En los pasillos del Art Institute, una vez escuché un intercambio entre una docente y un grupo de turistas inquietos. Al anunciar que los llevaría a un recorrido rápido por las galerías de arte africano, los turistas protestaron: “¡Queremos ver a los impresionistas!” “No se preocupen”, dijo la docente con dulzura, “he dejado lo mejor para el final”.

Sin desmerecer su utilidad, es obvio que las taxonomías suelen ser limitantes y con frecuencia perjudiciales, sobre todo cuando las aplicamos a nuestros artefactos y afiliaciones culturales para justificar nuestra superioridad. Por ser su naturaleza, los sistemas de clasificación establecen rangos, jerarquías y percepciones de valor que dividen y excluyen. Dan giros y se desmoronan porque nacen a partir del lenguaje, un sistema falible e imperfecto, el cual según G.K. Chesterton, “…no es en absoluto una cosa científica, sino una cosa completamente artística, una cosa inventada por cazadores, asesinos y artistas mucho antes de que existiese la ciencia”. 

Pequeños soles

¿Qué hace que el arte sea arte? En estos tiempos de crisis, cuando el aislamiento es sinónimo de supervivencia, cuando millones mueren y pierden sus sustentos, y cuando los problemas ambientales amenazan cada vez más, el intentar dilucidar las complejas taxonomías del arte pareciera ser una extravagancia y algo completamente fuera de lugar. Sin duda, estos son momentos en que los puntos convergentes, el compromiso mutuo, la visión compartida y la esperanza -lo opuesto al aislamiento- urgen más que nunca ¿Y acaso hay algo más poderoso para alcanzar la unión que el contacto de nuestros cuerpos y el toque de nuestras manos?

“El objeto artesanal satisface una necesidad no menos imperiosa que el hambre y la sed: la necesidad de recrearnos con las cosas que vemos y tocamos, cualesquiera que sean sus usos diarios”, afirma Paz.

Sin evadir la belleza ni la función, el objeto artesanal es un puente entre el culto a la utilidad y a la religión del arte, “es un punto de confluencia, un pequeño sol que une a los comensales”, dice Paz. El objeto artesanal, hecho a mano, nos conecta a los materiales, a nuestra labor, a la vida cotidiana y a nuestros semejantes. La artesanía es el centro donde reclamamos nuestra fraternidad, un espacio democrático al que todos pertenecemos; donde a veces somos el mentor y otras el aprendiz; y donde la nacionalidad no es tan importante como el pueblo del que venimos; lo que importa es el dialecto local que nace de la amistad y del poder de conectividad de nuestras manos.

 

*El título de este texto hace referencia a la canción Smoke Rings de Laurie Anderson en la que pregunta: Qué es más macho, pineapple or knife? Me baso en esta pregunta inútil para cuestionar la arbitrariedad del lenguaje, las categorías que construimos con él, y cómo influyen estas en la percepción  del arte.

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Georgina Valverde es artista, traductora, educadora, aspirante a craftivista, y desde la pandemia, panadera y agricultora urbana. Sitios web: georginavalverde.com y societyofsmallness.com.

Traducción: Luchi Oblitas-Feuerstein