Miguel Marzana

Consejo editorial

Nuevos autores en Chicago: Leonardo Gil Gómez y Emanuel Ayala

27 noviembre, 2020

                                                       Creo que una hoja de hierba no es menos que el viaje – trabajo de las estrellas

                                                                                                                                                                           Walt Withman

 

En Chicago, la literatura marcha al ritmo de la poesía, el cuento y la novela, en la oscilación de las palabras que desembocan de los distintos géneros, abrimos en contratiempo, unas páginas para esta generación de nuevas voces en la ciudad. En la búsqueda de una palabra que pueda significar y que pueda acoger a esta generación de nuevos escritores pensamos en distintos términos; por ejemplo, el diccionario define la palabra “novel” a lo que proviene de la inexperiencia, es por eso que al preparar esta entrega de autores más bien nuevos de Chicago repensamos lo que las palabras novel, nuevo y joven puedan tramitar en nuestras orejas y el entendimiento. En esta entrega de voces nuevas les presentamos un cuento de Leonardo Gil Gómez y tres poemas de Emanuel Ayala.

 

Leonardo Gil Gómez

 

Instantáneas

8:30 a.m. La aplicación del clima anunciaba frío como para suéter y chaqueta. Acercó el café recién hecho a su boca y, todavía en la cocina, hojeó el álbum recién llegado por correo. Cada página espoleaba el mismo pensamiento que lo acosaba desde hacía un año: ¿Dejarlo todo? La beca que los había llevado a Chicago era taxativa: no graduarse implicaba que el gobierno cobraría el dinero invertido hasta la fecha. Una pequeña mancha que atravesó el mesón y se detuvo cerca del álbum lo distrajo. Se inclinó y apretó los ojos, tratando de distinguir la mancha entre las vetas oscuras del mármol. La mancha corrió rumbo a la pared, y justo antes de que se perdiera por entre las junturas, la atrapó con un vaso de cristal. El movimiento, rápido y preciso, fue una victoria contra la naturaleza con la mano izquierda, pero un quemón con el café en la derecha y un reguero que tuvo que limpiar de inmediato, salvar el celular y ojalá algunas páginas del álbum.

 

Julio. Grant Park, a orillas del lago. Llevábamos pocos días en la ciudad y las clases tardarían dos semanas en comenzar. Caminábamos con el despiste de los turistas. El Field Museum había puesto réplicas de hierro de los Guerreros de Terracota en lugares aleatorios del parque. En la foto, un grupo de guerreros tiene las manos en posición de llevar una lanza invisible; menos uno, al fondo, que las tiene recogidas frente a su cintura. Te recuestas contra él y sonríes. No es claro si le coqueteas al guerrero o a la cámara.

 

Arreglado el desastre y con las gafas puestas, se inclinó una vez más frente al vaso de cristal. Las alas brillantes plegadas sobre el tórax, el movimiento de las antenas palpando los límites a los que la había confinado.

 

Año nuevo. Selfie en Grand Street. Íbamos a ver los fuegos artificiales de Navy Pier, pero salimos tarde y el tráfico en el centro se había puesto imposible. Nos bajamos del bus y tomamos un par de bicicletas públicas para ver si alcanzábamos, pero nos dieron las doce pedaleando. Nos detuvimos en un punto que resultó privilegiado porque se podía ver la pólvora lanzada desde el Riverwalk. En la foto sonreímos. Detrás de nosotros, una familia que también hablaba español repite nuestros gestos, y más al fondo, una destello rojo inunda con su luz los edificios.

Invierno. La foto es opaca y está fuera de foco, pero me gusta porque es la primera vez que hacemos angelitos en la nieve. Por esos días conocimos el frío, el dolor en las uñas, en el dedo gordo del pie, los labios y la nariz dormidos.

 

11:00 a.m. Otra notificación: tareas pendientes en la universidad. Se acercaba el fin de semestre y aún no empezaba a escribir sus ensayos. Calculó cuántos días tardaría en vomitar las 45 páginas que debía escribir. ¿Podría aguantar hasta el final, encerrada en el vaso sin agua ni comida hasta que él terminara?

 

Primavera. Desayuno en el grill de Sussie, en Glenwood avenue. Recuerdo la sonrisa sádica con que Sussie me entregó el plato advirtiéndome que tenía mucho picante. Miras por el ventanal, con cara de no haber encontrado lo que estabas esperando. Los labios apretados, las manos enrolladas bajo el cuello a la espera de un abrazo que quizá cambié por esta imagen. En primer plano, sriracha, salsa de tomate Heinz, los vasos de agua vacíos. Al fondo, un cartel con los horarios del lugar y otro que anunciaba Getting Out, la próxima obra del teatro del barrio.

 

En la ducha se imaginó diferentes formas de matarla, pero en su mente escapaba tan pronto levantaba el vaso de cristal.

 

Verano. Loyola Beach, a dos cuadras de casa. Poco más de un año después de habernos mudado habías decidido que este era tu lugar favorito de la ciudad. Allá ibas a masticar la rabia por el trabajo que no salía, la soledad a la que te invité, la vida que… Esta es una selfie extraña. Estás bocabajo sobre la arena, tu rostro apoyado en el antebrazo ocupa casi todo el encuadre; al fondo salgo yo, lo suficientemente lejos para caber de pie, contra el azul intenso del cielo, como alguien que pasa casualmente en el momento exacto.

 

1:00 p.m. El celular anunció que el avión acababa de aterrizar. Tenía el tiempo justo para llegar al aeropuerto. Ocho meses desde la última vez, ocho meses y muchos desencuentros. Improvisó un dique alrededor del vaso y vertió clorox hasta que el líquido empezó a filtrarse adentro. La distancia también es una medida de tiempo, pensó mientras veía la lucha del insecto con el líquido. Levantó el vaso, seguro de que escaparía, y la aplastó con el rabo de una olla. Limpió, botó el cadáver a la basura y se dispuso a salir. En la puerta chequeó una vez más: apartamento en orden, llaves del carro y celular en el bolsillo. Todavía tendría que explicar el álbum manchado, las pecas de cloro en la camisa como rastros de un crimen, el trabajo pendiente en la universidad.

 

Invierno. En el faro de Loyola Beach. De nosotros solo se ven las puntas de los pies: tus botas cherry y mis botas marrón asomadas al borde del muelle, contrastando con el azul claro del lago congelado; láminas de hielo que parecen salidas de algún tipo de industria. En los cortes filosos y triangulares se puede apreciar el empuje del agua que no parece detenerse pese al frío polar. Es una de mis fotos favoritas.

 

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Leonardo Gil Gómez. Nació en Bogotá, Colombia, 1985. Su primera novela, Celebraciones (Himpar, 2018), fue ganadora de la Beca para Publicación de Obra inédita del Ministerio de Cultura de Colombia en 2018. Ha publicado poemas, cuentos y artículos en diferentes revistas de Colombia, México, Brasil y Estados Unidos. Participó con imágenes y textos en el proyecto de creación colectiva Vidas de historia. Una memoria literaria de la Organización Femenina Popular (2016). Becario Fulbright y candidato a doctor en Literatura y cultura latinoamericanas en Northwestern University.

Emanuel Ayala

 

Insistente

 

¿Y si de pronto huyeran

el valor y el destino

-como alas- de este pájaro

que me lleva a los vientos

o a la muerte?                 

                           César Calvo

 

Has perdurado pájaro

palabra no eres. Ya no.

 

Perduras la repetición

insistencia de vernos en tu espejo

 

perchados 

                 al alambre del mismo sueño

ese mismo alambre enciende la pantalla

vemos la posibilidad del vuelo

                         norte 

                                                      este 

sur…

 

No te repito

imito el coraje del llanto ya repetido.

 

Sin título

 

Quiero azul

esa cotidianidad inevitable

que se imita allá arriba donde las nubes coinciden

 

quiero azul de gratitud

y el inalcanzable destino del sufijo er

 

y claro

las cosas se cultivan

ya sea por mérito

fatalidad

ahora o antes de ser encandilado

pero hay que suponer

 

algo todavía me quiere

aun después del vicio y errancia

ese susurro restaura

lo que encaminó la esperanza

a la linde de lo inevitable.

 

Vale la pena soñar todavía

Pedir perdón siempre valdrá la pena

 

En un cenícero azul desperté las cenizas de la omisión oscura. 

 

Claridad

 

Una ruleta de incertidumbre

se imprime en el pecho

 

un pájaro metálico 

lamina su nido en el número cero

mira hacia el horizonte

                                        no le dice nada

mira los objetos 

que declaran lo que no conocen.

 

Mira por mí

                       hacia mí.

Lo que desconozco

se enfrentarlo

 

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Emmanuel Ayala, 1985 Chicago IL. No hay mucho que decir sobre uno mismo. La escuela fue la escuela. La vida es la vida. Prefiero el consuelo de los libros y del cine.