Joel Rondon

Mirar el espejo

5 julio, 2019

Abordar el tema del suicidio no resulta sencillo. Choca, asusta, confronta y nos conflictúa. Evitamos hablar de la muerte y cuando alguien decide acudir a ella, no sabemos explicarla.

Mi amigo y compañero en el grupo Botellita de Jerez, Armando Vega-Gil, decidió suicidarse el 1 de abril de 2019, tras ser acusado de haber abusado en el pasado, de una niña de 13 años cuando él tenía 50. La denuncia se hizo por medio de una cuenta de twitter. Fue una denuncia anónima, de una plataforma administrada anónimamen- te y que se caracterizó por la virulencia de su proceder ante el hecho.  Lo presentaron como culpable de facto, teniendo como resultado el linchamiento en la red en cuestión. Él, se declaró inocente.

Sin embargo, Armando pensó que ya no habría salida alguna. Buena parte de su trabajo como músico y escritor está dirigido a los niños y adolescentes. Consideró que su credibilidad estaría manchada para siempre a partir de este hecho, hiciera lo que hiciera. Esto afectaría drásticamente su futuro laboral y económico. Ninguna opinión u ofrecimiento de apoyo por parte de sus amigos y conocidos pudo evitar que él finalmente tomara una drástica decisión. Escribió una carta de despedida donde pidió no culpar a nadie por su proceder, mismo que definió como cons- ciente, voluntario, libre y personal.

Le sobrevivió su pequeño hijo, que paradójicamente fue el centro de su vida. Ante ese momento agudo al que su mente lo orilló a partir de la acusación, vio como única salida violentar lo que más amaba. Argu- mentó entonces: “más vale un final terrible que un terror sin final”.

Su muerte resultó todo un escándalo. Fue noticia mundial en el mundo virtual y en el mundo real. Todos los ingredientes para el manejo amarillista de los medios, estaban puestos sobre la mesa. El suicidio de un personaje público, el cuestionamiento al movimiento feminista, las posiciones extremas y fundamentalistas, la confusión, la ignorancia y el juicio sumario, entre muchas barbaridades más, alimentaron el morbo de una sociedad ávida de chismes. Se habló entonces de cobardía y valentía, de falsas salidas, de pecado y de severas alteraciones emocionales. Nada de eso tiene fundamento.

A mi parecer, lo que hizo Armando fue un acto extremo de congruencia. Podríamos estar de acuerdo o no con su decisión, pero desde su marco moral él hizo lo que consideró correcto. No se lea esto como una apología del suicidio, ni al afirmar esto pretendo que alguien lo emule. Tengo la firme convicción de que existían otros caminos y no me gustó lo que hizo. Mi propia historia se ha basado en vencer a la muerte. Pero no puedo juzgarlo y eso fue lo que hizo mucha gente sin tener la más mínima idea de cómo era él en realidad.

Armando siempre tuvo un espíritu melancólico. Partía de una visión pesimista de la vida que al final convertía en humor. Supo reírse de sí mismo y contagió su risa a muchos. Fue una persona que buscó crecer como ser humano y pasó de tener una cultura machista en su adoles- cencia, a ser un hombre preocupado y comprometido con las causas femeninas.

El tema lo llegué a platicar diferentes ocasiones con él. Hay mucha confusión con respecto al feminismo. Hay quien lo considera errónea- mente la contraparte del machismo. El odio al varón que manifiestan algunas mujeres, tiene que ver más con actitudes fundamentalistas, extremismos y revanchas ajenas a la causa feminista. No hay feminismo sin hombres. En esta lógica, el hombre tendría que desterrar el machis- mo y buscar nuevas masculinidades que permitan la equidad de género. El machismo también daña a los hombres.

Cuando surgió el movimiento Me Too, tuvo el propósito de dar voz   a las mujeres abusadas para señalar al abusador, en un marco de asistencia a su situación individual de vulnerabilidad. A partir de la soro- ridad, Me Too se planteó como un movimiento que buscaría la justicia para la mujer, evidenciando las situaciones de abuso de poder, ejercidas históricamente por los hombres. Mujeres acosadas, abusadas y violen- tadas, comenzaron a exponer a la vista de todos, casos en los cuales se condicionaban trabajos, se invadían privacidades, se obligaba o agredía, tan solo por su condición de mujer. Fue así que aparecieron en todas las redes del planeta, cuentas de Me Too  enfocadas a diferentes áreas  de la vida laboral. Se comenzó a denunciar a directores de cine, actores, escritores, periodistas, músicos y la lista ha seguido creciendo.

 

 

La cuenta @metoomusicamx se mostró como una más del movimiento Me Too. Sin embargo, su particular manejo se ha prestado para hacer algunas reflexiones. En un posicionamiento que los miembros sobrevivientes de Botellita de Jerez hicimos público a una semana de la muerte de Armando, reconocimos que el anonimato de las víctimas es un recurso que las protege de nuevas agresiones y revictimizaciones. El aparato de justicia en México es deficiente y misógino y normalmente no funciona a favor de las afectadas. Por ello es prudente el anonimato de las denunciantes.

Pero por otro lado, en el mismo posicionamiento sostuvimos que los espacios de denuncia necesitan de filtros, protocolos, normatividades internas y marcos éticos, que garanticen el ejercicio de los derechos de presunción de inocencia, verdad, justicia y reparación. De esta forma se distinguirían y evitarían venganzas oportunistas.La cuenta @metoomu- sicamx careció de todo esto cuando acusó a Armando. Lo expuso me- diáticamente, lo estigmatizó y desacreditó dañando su reputación. Los administradores de la cuenta también se manejaron en el anonimato.

Esto se vino a sumar a un coctail de situaciones personales y agobiantes que estaba experimentando mi amigo. Tenía problemas de dinero, achaques de salud, falta de reconocimiento a su trabajo y soledad. Hablar de un solo culpable en la muerte de Armando resulta absurdo.

El ambiente revuelto y el enojo generado a partir de su suicidio, ha promovido la búsqueda acrítica de un responsable por lo sucedido, un culpable más para linchamiento masivo. La sociedad sigue sin querer mirar el espejo. Mientras siga la dinámica del odio, todos seremos culpables. Por eso sostengo que el feminismo no tuvo la culpa de su muerte, así como lo manifestó claramente Armando en su carta de despedida. El golpe devastador le llegó por donde menos lo esperaba. La cuenta   que lo denunció, en vez que generar una situación de mejoría para las denunciantes y la sociedad en general, amplificó el encono, la polarización y el odio que manejaron desde un comienzo. Ese es un tema que tendrá que analizarse aparte y a profundidad. ¿Quién gana con esto?

Armando, como artista multidisciplinario llegó al corazón de muchas personas. Fue músico fundador de Botellita de Jerez, escritor de más de 30 libros, fotógrafo, director de videos y cortrometrajes, guionista, filántropo, luchador social, maestro, locutor, corredor de maratones, experimentado comensal, escalador… feminista. Definitivamente pensar en él, va más allá del vulgar alboroto alrededor de su muerte. Así es como yo  lo recuerdo y así me gustaría que los demás pudieran hacerlo.

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