José Javier Villarreal

Lanzo una piedra, pero la piedra ya es otra*

7 junio, 2021

y el cielo, deshilachado,

es la nueva

bandera

que flamea

sobre la ciudad.

Manuel Maples Arce, Vrbe, 1924

 

Plaza tomada. Poesía (1983-2020), de Carmen Berenguer, publicado por la Universidad Autónoma de Nuevo León (2021) es un volumen cuya edición corrió a cargo de la poeta Claudia Posadas, que se hace acompañar de una nota preliminar de Julio Ortega. Dos lecturas que nos hablan del itinerario y de los rasgos sustantivos de este quehacer poético que da testimonio en la presente selección de alrededor de casi 40 años de trabajo.

Lanzo una piedra y le da la vuelta al mundo para caer finalmente en el mismo sitio, pero la piedra ya es otra. Plaza tomada. Poesía (1983-2020) es la selección de una obra; la lectura cuya audacia radica en presentarnos un friso, un enorme cuerpo armónico en sí mismo. Yo como lector extranjero, pero a la vez atento del quehacer poético chileno, creo encontrar ciertas huellas, peculiaridades –grosso modo– que delatan una identidad, o al menos, y no es poca cosa, una tradición. Primero están los nombres emblemáticos del canon, algunos, es cierto, no todos. Sería harto sospechoso que estuviera la nómina completa. Dejaría de ser un asidero crítico. Una posible poética o antipoética. Le damos paso a Huidobro y a Gabriela Mistral. En una nota al pie aparece Jorge Teillier, más adelante Pablo de Rokha, Nicanor Parra, Juan Luis Martínez, Pablo Neruda, Enrique Lihn, Gonzalo Millán. Es de suponer que se me escape algún nombre. Podríamos incluir, por su significación, a Violeta Parra y a Víctor Jara. El friso se va llenando. Hay un mundo referencial de la cultura popular que otorga una atmósfera, pero también un tono verista que nos presenta una época o varias de manera muy bien definidas. Están los referentes locales, la jerga, los lugares y plazas, las calles y lugares que nos van develando una geografía urbana, un escenario que debemos transitar. También está la presencia de cierta cultura mexicana con sus publicaciones periódicas que otorgan una educación sentimental, una ilusión en medio del desierto. No se diga la contracultura norteamericana de los años sesenta y setentas con su forma de vida, de resistencia, los derechos civiles, sus marchas y los íconos mediáticos que hizo suyos el sistema y su mercado global. Pero este friso no se detiene en una época determinada. Avanza hasta nuestros días, y entonces tenemos la memoria de un pasado inmediato, pero también la crónica de un presente que nos ha alcanzado a todos, tanto a la autora como a sus lectores. Pasado y presente es un continuo, una vuelta de tuerca que parece mostrarnos esta Plaza tomada, de Carmen Berenguer.

Hablé de una posible tradición. De una estética muy atenta a las vanguardias, de un imaginario que recorre el día a día levantando una cartografía que da cuenta de un país en sus diferentes escenarios. De un prosaísmo atento a una respiración melódica, a un tono conversacional que nos sorprende en sus giros lingüísticos, una ironía que lo trastoca todo, y un tono que va de lo particular a lo colectivo donde pareciera brillar aquello de que lo íntimo es político. Una poética autorreferencial que incide en lo contingente. Pero cuya expresión, paradójicamente, gusta de la parquedad en su meticulosidad por dar en el blanco.

A lo largo de esta selección los formatos escriturales van girando junto con nuestra piedra en su vuelo. Los poemas se remansan, en su mayoría, en una brevedad nerviosa y sentenciosa. Hay trozos donde se nos va contando una historia, pero estos retazos narrativos se ven asaltados por la sentencia y el canto como si de jirones se tratara, de una bandera deshilachada que ondeara azuzada por un viento que no cesa. La historia en minúsculas nos va presentando esa otra historia en mayúsculas donde los protagonistas son una pluralidad que encarna en los sujetos que inciden en la cotidianeidad de lo narrado y cantado. Aquí cabemos todos. De hecho, diría, que hay una voluntad de sumar en este cuadro social donde lo íntimo, lo cerrado y doméstico se ve asaltado, permanentemente, por la gesta ciudadana, por esa resistencia y conciencia, por esa historia que nos obliga a tomar la plaza, a ser protagonistas de una historia que está por resolverse como materia viva, como pulsión de vida.

 

Durante 17 años hemos sido gobernados por un dictador.

Llevamos 10 años gobernados por un solo partido.

Tenemos un profeta que dice lo que dicen aquellos que no pueden decirlo.

Tenemos un profeta que no dice lo que dicen que quieren que diga.

Tenemos un diario que cubre todos nuestros intereses.

Tenemos algunos recuerdos que han sido olvidados.

Tenemos todo lo demás que podamos imaginar.

Todo lo que podemos imaginar es lo demás.

Hace un cuarto de siglo que veo el mismo noticiero con el mismo rostro.

El mismo conductor del único festival nacional.

Don Francisco tiene que reconocer que la eternidad existe.

De “Ruinas”, Casa cotidiana, Naciste pintada, p. 85 en Plaza tomada

 

Yo, lector que transita por esta Plaza tomada, de Carmen Berenguer, cuya edición debemos a la intensa y apasionada lectura que realizó Claudia Posadas, me veo sumergido y arrebatado por una voz que se bifurca, se revuelve, se ensucia y a la vez me refleja, por momentos, en aguas cristalinas. Es una voz, un monólogo civil que busca representar un coro, una multitud que dé noticia de un drama, de una puesta en escena que nos ha tocado vivir desde la rebeldía y la indignación que sólo el amor puede tejer con esa infatigable actitud plural de hacer nuestra la historia, la de cada uno de nosotros, la que suma y multiplica.

Esta poética de lo civil descansa sobre una movediza cama de paja que no cesa de moverse; a veces a la deriva, otras empujando un ideal que da paso a una utopía que es válida y por la cual vale la pena tomar la calle en una primera línea, en un frente que marcha desde una autobiografía que nos engloba, que nos hace partícipes de ese coro que no sólo es la conciencia, también los agentes anónimos de un sueño que irrumpe en una realidad que le resulta hostil, lejana y contraria. En esa distancia, en ese accidente de choque entre lo que es y lo que debiera ser se produce una música grave y densa, la de la poética que se nos muestra en esta suma que es Plaza tomada, de Carmen Berenguer. Enhorabuena, Claudia Posadas.

*Texto leído en la presentación del libro en marzo de 2021, en el marco de la Feria Internacional del Libro UANLeer 2021.

____________

José Javier Villarreal (Tijuana, Baja California, México, 1959). Poeta, ensayista y traductor. Ha publicado: Estatua sumergida (1981), Mar del Norte (1988), La procesión (1991), Portuaria (1997), Bíblica (1998), Fábula (2003), La santa (2007), Campo Alaska (2012), Una señal del cielo (2017), El murmullo de un río -Antología personal- (2018) y Un cielo muy azul con pocas nubes (2019). Como ensayista: Los fantasmas de la pasión (1997), El oro de los siglos (2011), Por una nueva anunciación (2011), Las penas del guardador de rebaños. Tras la huella del Polifemo (2013), la antología crítica sobre Rubén Darío, por su 150 aniversario, Darío/La crónica de un adelantado (2017) y Los secretos engarces (2021). Ha traducido a Ezra Pound, Manuel Bandeira, Oswald de Andrade, Czesław Miłosz, Murilo Mendes, Lêdo Ivo, Ferreira Gullar, Paulo Leminski, Nuno Júdice, Armando Freitas Filho; tradujo y antologó La poesía del silgo XX en Brasil (2012); así como la selección Nueve poetas portugueses para un nuevo siglo (2016), preparada por el poeta Nuno Júdice. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, el Premio Nacional de Poesía Alfonso Reyes, el Premio a las Artes UANL 1991, el World Cultural Council y el Barbón de Oro, en dos ocasiones. Desde 2006 ha sido Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.  Actualmente se desempeña como director de la Capilla Alfonsina Biblioteca Universitaria de la Universidad Autónoma de Nuevo León y es Tutor del Programa de Jóvenes Creadores del FONCA. Produce y locuciona el programa “Aventuras Sigilosas” para Radio Nuevo León, 102.1 FM.  Es Maestro de la Facultad de Filosofía y Letras (UANL).