Jorge Montiel

Jorge Montiel

La codificación racial en términos de higiene durante COVID-19

3 septiembre, 2020

Las normas sanitarias derivadas de la cuarentena de COVID-19 están estructurando nuestra experiencia del espacio entre uno y otro. Si has visto películas o series de televisión anteriores a la pandemia, seguramente sentiste incomodidad de ver gente aglutinada o tocándose, ¡como si no pasara nada! Este sentido de incomodidad se debe a que proyectamos, a nivel perceptual, nuestra experiencia del espacio durante la pandemia. Nuestro sentido de incomodidad se da a nivel perceptual, que no incluye razonamiento lógico, sino que es el nivel más básico de la experiencia tanto propia como de los otros. Es también a este nivel, el perceptual, que nuestras relaciones raciales adquieren sentido específico en determinados contextos. Propongo aquí un análisis sobre el sentido que nuestras relaciones raciales adquieren durante la pandemia. Así como las normas sanitarias estructuran nuestra experiencia del espacio, nuestras relaciones raciales también adquieren sentido en términos sanitarios. De manera que nuestra experiencia perceptual del cuerpo del otro, tanto el cuerpo de tez oscura como el de tez clara, adquiere sentido en términos de salud y enfermedad. Lo que propongo es pues que la pandemia del COVID-19 está codificando, a nivel perceptual, los juicios de valor que dan sentido a nuestras relaciones raciales en términos de higiene.

 

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A ocho meses de la pandemia, empezamos ya a saber que COVID-19 no es una pandemia democrática sino discriminatoria, y que afecta principalmente a las poblaciones racialmente minoritarias en los Estados Unidos. A nivel nacional, la población afroamericana está muriendo a una taza 2.5 veces mayor que la población blanca, y la población latina está muriendo a una taza 1.5 veces mayor. (1)   En el estado de Illinois las cifras son similares. Mientras que la población blanca constituye el 62% de la población total, representa sólo el 32% de casos y el 45% de las muertes a causa de la pandemia. En contraste, la población afroamericana en Illinois constituye el 14% de la población total, pero el 21% de los casos y el 28% de las muertes. A su vez, la población latina en Illinois constituye el 17% de la población total, pero el 38% de los casos y el 21% de las muertes causadas por la pandemia.(2)  

Estas cifras eran de esperarse. Estados Unidos, país neoliberal por antonomasia, carece de un sistema de salud estatal, lo cual explica, al menos en parte, la saturación hospitalaria y la escasez de recursos materiales y humanos para atender la pandemia. Al casi nulo sistema de salud hay que agregarle otros aspectos que hacen a las poblaciones racialmente minoritarias vulnerables ante COVID-19. Por un lado, estas poblaciones ocupan la mayor parte de los trabajos que, durante la pandemia, son considerados como “esenciales.” Los transportistas, los intendentes y las amas de casa, los cocineros, los carteros, los trabajadores de la construcción y, en general, la mayoría de las personas que no pudieron guardar la cuarentena en casa son de tez oscura.(3) Por otro lado, estas poblaciones son también las que mayormente carecen de acceso a servicios públicos básicos. La inseguridad alimentaria, por ejemplo, explica el que la población afroamericana y la población latina representen el 38% y el 32%, respectivamente, de los adultos que sufren de obesidad en los Estados Unidos, la cual es una de las principales causas de muerte por COVID-19.(4) Las instituciones sociales de los Estados Unidos no sólo han sido incapaces de responder a la pandemia, sino que han creado poblaciones raciales artificialmente enfermas y, por tanto, vulnerables a la pandemia de manera desproporcionada.

A todo esto, las autoridades sanitarias han inculcado en el imaginario social la idea de que las principales causas de muerte por COVID-19 son la vejez y comorbilidades como la diabetes y la hipertensión, estas últimas producto de la obesidad. Nos dicen que mientras la primera corresponde al ciclo natural de vida, las segundas corresponden a la responsabilidad personal. Es decir que las muertes de COVID-19 precipitadas por comorbilidades corresponden a una falta de responsabilidad personal y, en este sentido, a una falla moral. Por esta razón, el director general de salud pública, Jerome Adams, tuvo que salir a recordarnos, a afroamericanos y latinos, que debemos tomar la pandemia en serio. “Evita el alcohol, el tabaco y las drogas,” nos dice, “si no por ti, hazlo por tu abuela.”(5) Las autoridades sanitarias reducen así las fallas institucionales a fallas morales, y las poblaciones mayormente afectadas por la pandemia terminan siendo las culpables de su propia enfermedad. Parafraseando a Ibram X. Kendi, director de estudios de antirracismo en la Universidad de Boston, bajo esta lógica, ser afroamericano o latino en los Estados Unidos es ser suicida.(6)

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Las prácticas sanitarias están cambiando la manera en que nos relacionamos tanto con nosotros mismos como con los otros. El trabajo desde casa, el aprendizaje a distancia, el distanciamiento social, el lavado de manos, entre otras, están redefiniendo nuestra experiencia del tiempo y el espacio. El trabajo y el aprendizaje a distancia, por ejemplo, están redefiniendo la manera en que concebimos la diferencia entre el espacio laboral y el espacio familiar. Más íntimamente, el distanciamiento social está redefiniendo nuestra experiencia del espacio a nivel corporal, en términos de la cercanía y la lejanía que establecemos entre un cuerpo y otro. De igual manera, no sólo nuestros horarios están cambiando el tiempo que pasamos en casa respecto al tiempo que pasamos fuera de casa, sino que la adopción de diferentes tecnologías empieza también a cambiar nuestros ritmos corporales. Ahora que la educación es a distancia, pensemos, por ejemplo, en las diferencias rítmicas entre la escritura sobre papel, la escritura tecleada y la escritura táctil. Es decir que las prácticas sanitarias durante COVID-19 están creando nuevos patrones de vida a los niveles más íntimos de experiencia y, por tanto, están redefiniendo la manera en que nos concebimos a nosotros mismos y a los otros en términos de higiene.

La higiene, como la verdad y la falsedad, es un juicio de valor que da sentido a nuestras relaciones tanto con las cosas a nuestro alrededor como con los otros. El agua potable, por ejemplo, adquiere sentido en términos de higiene mediante la manera en que la usamos para limpiar nuestros cuerpos. Es importante que, aunque tendemos a concebir los juicios de valor en términos conceptuales, los cuales requieren razonamiento lógico, al nivel más básico, los juicios de valor informan nuestra experiencia perceptual, la cual no incluye razonamiento lógico. Después viene la reflexión ética a formular conceptualmente lo que vivimos al nivel de la experiencia. De modo que la incomodidad que sentimos de ver aglutinamientos o gente tocándose en películas y series de televisión anteriores a la pandemia se debe a que calificamos, a nivel perceptual, ese tipo de relaciones sociales como insalubres. Así, las practicas sanitarias durante la pandemia de COVID-19 están dotando a nuestra experiencia perceptual de juicios de valor en términos de salud y enfermedad.

Nuestras relaciones raciales adquieren sentido determinado precisamente a nivel de la experiencia perceptual, e implican juicios de valor respecto al cuerpo de los otros. Percibir a un cuerpo de tez clara o a un cuerpo de tez oscura implica juicios de valor por medio de los cuales nuestras relaciones raciales adquieren un sentido determinado. Aunque los significados precisos de nuestras relaciones raciales cambian históricamente, es una constante que mientras el cuerpo de tez clara adquiere sentido en términos de suficiencia moral, el cuerpo de tez oscura adquiere sentido en términos de deficiencia moral. Así, mientras que el cuerpo de tez oscura adquiere sentido al vincularlo con la desidia, el libertinaje sexual o la criminalidad, por ejemplo, el cuerpo de tez clara adquiere sentido al vincularlo con la diligencia, la pureza sexual o la inocencia. Todo esto a los niveles más íntimos de nuestra experiencia perceptual. La distancia entre un cuerpo y otro, los ritmos corporales como el respiratorio o el ritmo de caminar y de hablar corresponden pues a los juicios de valor que dan sentido a nuestras relaciones raciales.

En los Estados Unidos, las políticas policiales, la representación mediática, los discursos de xenofobia y las políticas migratorias han codificado nuestras relaciones raciales en términos de criminalidad. Es decir que percibir a un cuerpo de tez oscura significa, antes de todo razonamiento lógico, percibir a un criminal. De ahí la brutalidad policiaca que vivimos en contra de las poblaciones afroamericanas y latinas en los Estados Unidos. Aunque estos juicios de valor no se oponen, e incluso coexisten en diferentes ámbitos de la vida social, la pandemia está reformulando el significado de nuestras relaciones raciales en términos de higiene. Las poblaciones racialmente minoritarias no sólo están siendo más afectadas por la pandemia, sino que, en el discurso oficial, la razón por la que están siendo más afectadas corresponde a una deficiencia moral. Es decir que las poblaciones afroamericanas y latinas no sólo son poblaciones enfermas, sino que además son las responsables de su propia enfermedad. Así como las prácticas de sanidad están creando nuevos patrones de vida a los niveles más íntimos de experiencia, así también están codificando nuestras relaciones raciales en términos de higiene a nivel de la experiencia perceptual. De modo que percibir un cuerpo de tez oscura significa, antes de todo razonamiento lógico, percibir a un cuerpo enfermo.

 

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Las emergencias sanitarias como la pandemia de COVID-19 crean nuevas políticas publicas, nuevos hábitos de higiene e introducen nuevas tecnologías, todas las cuales reformulan la manera en que nos concebimos tanto a nosotros mismos como a los otros. Al mismo tiempo, las emergencias sanitarias circunscriben el espacio social entre las poblaciones enfermas y las poblaciones sanas. Los hospitales, los manicomios, los guetos y las zonas de tolerancia son todas formas de circunscribir el espacio social en términos de salud y enfermedad. Es así como la población sana se protege de la población enferma. Dado que el cuerpo de tez oscura adquiere sentido durante la pandemia de COVID-19 como un cuerpo enfermo, y dado que nuestras relaciones sociales circunscriben el espacio en términos de salud o enfermedad, percibir un cuerpo de tez oscura significa también asignarle un lugar dentro del espacio social. En este sentido, las prácticas sanitarias durante la pandemia no sólo están reformulando los juicios de valor que dan sentido a nuestras relaciones raciales, sino que al mismo tiempo están redefiniendo la manera en que circunscribimos racialmente el espacio social en términos de higiene.

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Referencias
(1) https://covidtracking.com/race
(2) https://covidtracking.com/race/dashboard
(3) https://cepr.net/a-basic-demographic-profile-of-workers-in-frontline-industries/
(4) https://www.cdc.gov/pcd/issues/2019/18_0579.htm
(5) https://www.youtube.com/watch?v=BjNuiJXEw00
(6) https://www.theatlantic.com/ideas/archive/2020/04/race-and-blame/609946/

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Jorge Montiel es poeta y estudia su doctorado de Filosofía en Marquette University. Se especializa en tres tradiciones filosóficas: la filosofía latina y latinoamericana, la filosofía decolonial y la fenomenología (especialmente la fenomenología husserliana). Estas tradiciones filosóficas informan su disertación -Nepantla y Mestizaje: Un análisis fenomenológico de la conciencia histórica de Mestizaje, que ofrece un relato fenomenológico de lo que llama “conciencia histórica”. 

Foto: Lotte Luyckx