Pablo Fleiss

Pablo Fleiss

En la ciudad de la furia: algunas reflexiones sobre el asalto al Capitolio

13 febrero, 2021

En Diciembre de 2016 (apenas un mes después de la victoria de Trump), Edgar Madison viajó desde Carolina del Norte hasta Washington, DC y entró con un rifle AR-15 en una pizzería situada a 5 millas de mi casa (y a tres cuadras de la escuela preescolar de mi hija hasta 2014) para “investigar” si era cierto que en ese restaurante funcionaba una red de tráfico de personas y abuso sexual infantil por parte de altos cargos del Partido Demócrata (el llamado “Pizzagate”). Disparó tres tiros sin lastimar a nadie y se rindió cuando la policía rodeó el lugar, frustrado por no haber hallado ninguna evidencia. Con mi familia habíamos ido a comer ahí un par de veces ese año.

Probablemente, ese fue el pistoletazo (literal) de salida de cuatro intensos años que han colocado a la ciudad en el centro de una batalla ideológica entre partidarios y detractores de Trump y culminaron el pasado 6 de enero con el ataque al Capitolio. En el medio también pasaron marchas y contramarchas de apoyo y repudio al presidente (algunas pacíficas, otras no tanto) que tuvieron su cenit con las protestas por la muerte de George Floyd. Hacia el verano de 2020 la mayoría de las vidrieras del centro se habían tapiado con maderas, los toques de queda eran impuestos regularmente y las tanquetas de la guardia republicana patrullaban la ciudad. Más allá de la pandemia, no fue un año fácil para vivir en la capital de los Estados Unidos.

Algunas voces sostienen que la batalla ideológica hoy no se libra entre izquierda y derecha sino entre quienes están a favor y en contra de la globalización. En ese contexto, la mayoría de los seis millones de personas que vivimos en el área metropolitana de Washington, DC (DMV, por DC, Maryland y Virginia) claramente nos encontramos del lado internacionalista. Mi familia es una de las tantas vinculadas a las actividades de organismos internacionales, embajadas, centros de estudios, consultorías y universidades. Las amigas de mis hijas o bien han nacido en el exterior o bien son la primera generación nacida en este país, de padres inmigrantes. La ciudad y (especialmente) sus suburbios más acaudalados son como una enorme burbuja de tolerancia e integración. Son casi inexistentes los gorros de MAGA o las calcomanías a favor de Trump.

Además, mientras muchas ciudades en la Norteamérica profunda languidecen a causa de la relocalización de empresas, DMV experimentó un auge significativo en la última década. Barrios en donde hasta hace poco era riesgoso caminar fueron gentrificados y hoy albergan tiendas de diseño y coquetos restaurantes de comida orgánica. Estimulado por inversores y nuevos residentes, el mercado inmobiliario experimentó un boom tanto en precios como en nuevas construcciones. Como resultado, el área se encuentra entre las cinco regiones más caras para vivir del país. El valor mediano de las casas alcanza aproximadamente $650,000 y una familia de cuatro personas necesita al menos $6,250 para llegar a fin de mes. Por supuesto, como todo en este país, los promedios esconden desigualdades escandalosas. Se estima que la riqueza neta (activos menos deudas) de una familia blanca mediana es 22 veces mayor que los de una familia hispana/latina y 81 veces más que los de una familia afroamericana.

En resumen, visto a la distancia y abstrayéndose de matices, la región se encuentra entre las grandes beneficiadas de este nuevo orden mundial. Por eso, no es casual que la capital del país y todo lo que representa se haya convertido en un anatema para los movimientos ultranacionalistas. Muchos conciben al “pantano” (en maliciosa alusión a los terrenos sobre los cuales se construyó la ciudad, supuestamente) como epicentro de los problemas que aquejan los Estados Unidos. El “Pizzagate” fue evolucionando y convirtiéndose en una de las bases de lo que hoy es QAnon. Y en el centro de esta teoría conspirativa está la noción de Washington, DC albergando las entrañas de un Estado satanista y pedófilo que lo controla todo. En esa visión, el ataque a la ciudad y sus símbolos es un paso necesario para destruir ese sistema corrupto y “salvar” a los Estados Unidos de América.

Así, el asalto al Capitolio no puede ser visto como sorpresivo, sino una consecuencia más o menos lógica de todo lo que ha pasado en estos últimos años. Creo que casi nadie que haya seguido los acontecimientos en el último lustro puede encontrar asombroso lo que pasó ese día. Ni en el número de participantes ni en la violencia empleada. Máxime teniendo en cuenta el apoyo y aliento constante recibido desde la más alta autoridad del país. Más allá de que lo predecible que puedo haber sido esta reacción, el evento nos deja varias preguntas y cuestionamientos. No soy ni politólogo ni sociólogo, así que no intentaré responder a las siguientes inquietudes. Tan solo me limitaré a dejar planteados algunos puntos que creo dignos de más análisis, todos ellos interrelacionados.

La primera es lo señalado ya por muchísima gente. La asimetría en la respuesta a este ataque vis a vis la empleada para el BLM. Estamos todos de acuerdo de que si los atacantes hubiesen sido de otro color, el número de muertos no hubiese sido 5 sino 50 (o quizás 500). El nivel de racismo sistémico en este país sigue siendo indignante.  

Relacionado con lo anterior, llama poderosamente la atención el apoyo que tuvo Trump en las últimas elecciones de grupos que, en principio, deberían estar en contra de todo lo que los asaltantes al congreso promulgan. Por ejemplo, se pudieron ver camisetas con la inscripción 6MWE (seis millones no fueron suficientes) y Camp Auschwitz. Como judío y latino, y aun aceptando que ambos términos se utilizan para agrupar a colectivos que tienen varias sub-identidades, me cuesta entender este alineamiento. Trasladar la embajada a Jerusalén o estar frontalmente en contra de los regímenes cubano y venezolano no deberían bastar para ponerte del mismo lado de gente que te quiere exterminar o expulsar del país. 

En un plano más general sobre las adhesiones, cabe preguntarse por qué este proletariado (en el sentido más “puro” del término, la capa social más baja sin conciencia de clase) ha sido totalmente cooptada por la extrema derecha. Gran parte de la culpa es de la propia izquierda, que no ha sabido/podido entender las necesidades y demandas de estos grupos. También uno se puede preguntar cómo el partido de la ley y el orden (como se autoproclama) ha terminado atrayendo a esta gente que no respeta ni lo uno ni lo otro. 

Una última reflexión. Estuvimos muy cerca de sufrir un golpe de estado. Miles de personas llegaron desde todas partes del país para intentar revertir (sin ningún fundamento) los resultados de una elección democrática. Entre los Republicanos, las encuestas marcan que un 45% apoyó el asalto. Hubiese bastado el soporte de más congresistas, o alguna fracción del ejército, y hoy no nos estaríamos burlando del tipo semidesnudo con cuernitos o de quien se robó el atrio. Hay una muy delgada línea entre la farsa grotesca y la tragedia. Esta vez, por suerte, no la cruzamos. En un país profundamente democrático prevalecieron las instituciones. Pero como bien dicen los Beatles, tomorrow never knows.

Pablo Fleiss, Doctor en Economía, nació en Uruguay en 1974. Vivió su infancia en Lima, Perú, y regresó a Uruguay en 1988. Licenciado en Economía por la Universidad de la República de Uruguay y Doctor en Economía por la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona, España. Desde 2007 trabaja en diverersos organismos internacionales incluyendo el BID, la OIT y el Banco Mundial. Actualmente vive en el área metropolitana de Washington, DC con su esposa y sus dos hijas. 


Foto destacada: S. Davis