Efrén Candelaria

Efrén Candelaria

De la importancia capital, la validación y el reconocimiento… soy artista y productor social

29 abril, 2021

Importancia capital

 

Bourdieu define capital social como el conjunto de recursos actuales o potenciales relacionados con la posesión de una red durable de relaciones más o menos institucionalizadas de entre-conocimiento o entre-reconocimiento; o, en otros términos, con la adhesión a un grupo. (Bourdieu, 1985) 

 

Bajo la cobija de esta definición estableceré mi respuesta a la pregunta “¿Tendrá el arte importancia capital en tiempos de pandemia y fake news?”. El arte como mercado o estructura mercantil de desarrollo, junto al artista como agente de dicha cadena son indudablemente esenciales para un desarrollo integral de nuestras estructuras y redes sociales.

 

La estructura de las redes sociales importa. Esta estructura puede generar capital social y dicho capital social puede producir tanto beneficios públicos como privados por medio del potencial informativo que fluye por estas redes. Las redes sociales y el capital social que generamos desde sí eventualmente nos protegen de diversas patologías sociales como la pobreza, la delincuencia, el oportunismo político, y muchos otros.  (Burt, 1992; 2005; García-Valdecasas, 2011)

 

Si partimos de las proposiciones de Bourdieu, Burt y García-Valdecasas con respecto al capital social y las redes sociales; la relevancia de las mismas en el desarrollo social y cívico tanto de los individuos como de los grupos en que nos desarrollamos, podemos así entender que el arte es categóricamente necesario para el bienestar y crecimiento cabal de nuestras sociedades. El arte es fuente cultural que define nuestro devenir como pueblos e individuos y también es producto bruto y cuantificable para el desarrollo socioeconómico tanto personal como social. Es fuente de identidad y poder.

 

En este momento histórico [la pandemia] en que nos encontramos globalmente, cuando los caducos paradigmas de nuestros padres se han derrumbado frente a nuestros ojos sin dejarnos opciones prácticas, sustentables y que a largo plazo nos encaminen como sociedad hacia un nuevo sistema más empático e incluyente, el artista con sus procesos creativos nos ofrece un sistema para recrear nuevos cimientos sociales. El arte ahora y siempre, es y será el contrapeso social a los sistemas de producción mercantil impuestos por grandes intereses. 

 

Como Gilles Deleuze (francés, 1925 -1995) afirma en su conferencia de 1987 en La Femis (Escuela Secundaria de Imagen y Sonido de París), el control social se realiza por medio de la comunicación al difundir información que el sistema estima necesaria para la normalización social. Según el filósofo francés, el arte continuamente debería ser ajeno a dicho tipo de comunicación sistémica. Deleuze establece que en respuesta, el arte debe ser vehículo de contra-información: un acto de resistencia en donde la palabra (o forma) se difundan en el aire mientras el objeto en sí pase desapercibido. Un acto que sea inalcanzable para el sistema de poder; un gesto irreductible, una forma mutante, la idea. (Merino, 2015)

 

 

Crisis y desinformación

 

En marzo me fui al encierro (como muchos), pero con idea de trabajar en proyectos en el hogar y en una nueva serie de dibujos a pequeño formato en acuarelas y “collage”. Desde la casa. La ciudad de Chicago y el estado de Illinois habían activado una orden ejecutiva sin precedentes con miras a contrarrestar y parar el vertiginoso incremento de casos de COVID-19. Poco a poco, el encierro me arrebató todo tipo de certeza y preconcepto de lo que era ser un individuo social, insertado en procesos cívicos y mercantiles como reflejo de sanidad y normalización. A medida que los días pasaban, el encierro continuaba y los casos a nivel global crecían exponencialmente, al tiempo que crecía mi incertidumbre y desespero. Sabía que no era el único experimentando ese mismo sentimiento. A pesar de vivir en una casa con otras tres personas me vi solo e incapaz. 

 

Mis días se llenaban de reuniones interminables en línea con colegas del SAIC (School of the Art Institute of Chicago) donde trabajo hace 5 años. Entre planificar y concebir nuevas formas de estructurar nuestro campus para recibir a nuestra comunidad en persona de una manera segura; y repensar el modo de impartir conocimiento adaptando así el método por el cual compartir nuestras experiencias de los procesos creativos con nuestros estudiantes y comunidad utilizando nacientes plataformas como Zoom o Google Chat, abril se había convertido en un brumoso y distante recuerdo de impotencia, disimulo y actuación. Todo este proceso se desarrolló frente a una comunidad físicamente distante pero inevitablemente constante y presente a diario.

 

A mediados de mayo, y luego de haber comenzado nuevamente a ir al SAIC incrementalmente, me aventuré a retomar mi práctica de estudio. La desinformación e incertidumbre eran la única certeza constante que despotricaban las cabezas parlanchinas en nuestros televisores. Recuerdo el primer día que entré al estudio desde la activación de la orden ejecutiva a finales de marzo. Mi estudio queda a cinco minutos en auto desde mi casa. El silencio de ese espacio fue ensordecedor y por primera vez en casi siete semanas me escuché. Me senté y observé todos los trabajos que había dejado en el aire desde principios de febrero. Todo el ruido e incertidumbre se habían acallado con tan solo cerrar la puerta. Sentado en mi butaca negra me di cuenta de lo mucho que necesitaba ese espacio, esas superficies, pigmentos, pero sobre todo la soledad y el silencio. Desde el silencio y la soledad, entendí la certeza y confianza que me da el acto de pintar y después de varios meses, me revestí de energía e intención.

 

Es en este silencio y soledad (en mi caso es muy literal, pero no es así para todos) que el artista logra concebir sus ideas, esas formas que Deleuze evoca y exhorta, la fuente de contra-información, el germen de nuevos paradigmas y formas sociales. Ese silencio y lo que se gesta desde sí (el arte) es tanto escudo como propuesta. Es certeza e invitación a nuestras redes sociales para vernos reflejados. Nos invitan a entendernos como parte de una totalidad altamente definida por constructos sociales. 

 

Nuestros miedos, impotencias, nuestros logros y soluciones que luego se insertan dentro de los modelos de producción e incluso a veces se convierten en formas de normalización y globalización, son siempre reflejo de nuestro más íntimo espacio y realidad que nos une, nuestra humanidad.

 

 

Validación y Reconocimiento

 

Como artista y eslabón dentro de una cadena de producción tanto mercantil como social, reconozco que a pesar de tener un proceso creativo intensamente solitario, todo lo que me ayudó a llegar hasta aquí, está directamente definido  por un sin número de estructuras sociales. La  familia, el hogar, la escuela, la academia y el gobierno; todas esas instituciones han determinado cada etapa de mi crecimiento y a todas ellas, les debo todo. Es por ello que veo el acto creativo y de producción cultural y social, al cual me rindo cada día, con el más profundo grado de responsabilidad y compromiso. 

 

Como artista y educador entiendo mi deber al compartir mis experiencias, conocimiento y visión del mundo siempre con empatía, responsabilidad y sobre todo compromiso para con mi comunidad, cultura, familia y colegas.

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Efrén Candelaria es un artista nativo de San Juan Puerto Rico. Hace 20 años vive en EEUU. Candelaria tiene más de 15 años de experiencia en la industria del arte como instalador, transportista, técnico de museo y consultor. En 2012 fundó el proyecto culinario social Sobremesa Chicago en el barrio de Pilsen en Chicago. Desde 2015 trabaja en SAIC (School of the Art Institute of Chicago) como Subdirector de Instalaciones / Profesor. Efrén tiene su estudio de pintura en Mana Contemporary. 

Email: ecandela@gmail.com /  IG : @ecandela