Nilton Santiago

Nilton Santiago

Cuatro poemas de Nilton Santiago

27 octubre, 2020

Con mucho gusto les presentamos cuatro poemas del poeta Nilton Santiago, en los que la contemplación se esparce como polen en el aire, posibilitando la germinación de sentimientos e ideas que como árboles y flores o animales se puedan encontrar en esta lectura.

Nilton Santiago nació en Lima, Perú, aunque reside en Barcelona hace varios años. En poesía ha publicado El libro de los espejos (II Premio Copé de la XI Bienal de Poesía, Lima 2003), La oscuridad de los gatos era nuestra oscuridad (Premio Internacional de Poesía Joven Fundación Centro de Poesía José Hierro, Madrid 2012), El equipaje del ángel (XXVII Premio Tiflos de Poesía, Visor Libros 2014), Las musas se han ido de copas (XV Premio Casa de América de Poesía Americana, Visor Libros 2015) y, finalmente, Historia universal del etcétera, con el que ha obtenido el Premio Internacional de Poesía Vicente Huidobro (Valparaíso Editores 2019).

 

 

De: EL SUEÑO DE LOS RUISEÑORES

 

EL SUEÑO DE LOS RUISEÑORES 

Acaban de encontrar a otro niño inmigrante caminando sobre el mar. Minutos antes su padre, otro inmigrante, fue hallado dentro de una gran lágrima después de salir de una casa de empeños sin el viejo reloj de plata que le regaló su abuelo, un mago persa. Esa misma mañana, el hermano del mago persa fue detenido por dos policías que lo han apaleado hasta borrarle las huellas dactilares. Y todo para robarle los pocos centavos que había ganado vendiendo chatarra. Parte de las buenas prácticas policiales consiste en arrojar el pasaporte de estos dos hombres al retrete y arrestar a cualquier colibrí que se les cruce por el camino para evitar que éstos vayan a recoger la sonrisa de Aylan, un nuevo niño inmigrante que ha sido encontrado caminando sobre el agua. Los pájaros saben perfectamente que los peces pueden padecer de sed así que le han llevado al pequeño Aylan un pañuelo lleno de los besos de su madre. Por su parte Galip, el hermano mayor de Aylan, yace en el fondo del agua porque ha oído que hay bichos en las profundidades que generan su propia luz y que el único animal visible desde el espacio son los corales. Galip juega con hipocampos mientras que Aylan sueña, con su último aliento de vida, que está partiendo al espacio en una nave hecha con piezas de Lego. La madre de Aylan acaba de vender el anillo de oro que forjó su abuelo para intentar conseguir los mil euros que le piden los traficantes. Mientras tanto, las televisiones anuncian la enésima reunión de alto nivel entre varios lagartos de traje y corbata para intentar solucionar una guerra que ellos mismos han originado con nuestras propinas. A esa misma hora, la abuela de Aylan le pone más agua a la sopa mientras que su marido, un herrero con una pata de palo, le ayuda a limpiar el moho de las patatas que unos europeos progresistas y de buen corazón les han regalado. Anochece, pero no les dejan soñar. A los nuevos inmigrantes de este día les han prohibido hasta enamorarse de las cooperantes ya que el amor no vende tickets para la función de esta noche. Entonces, cuando el sol abre su casa de apuestas y los telediarios han abierto ya su telón, todos suben a la barca que los llevará al fondo del mar. Esta mañana un nuevo inmigrante ha sido encontrado etc. etc. etc. y por fin Galip ha empezado a generar su propia luz bajo el agua para que Aylan lo vea brillar desde el espacio, mientras conduce, entre las estrellas, su nave de Lego.

 

SOBRE EL PORQUÉ ALGUNOS PANDILLEROS SECUESTRAN BALLENAS 

 

Es hora del desayuno y Balam Rodrigo y yo

compartimos una gota de lluvia que alguien ha partido a martillazos.

 

No deja de llover

y un perro zapoteca nos trae en el hocico un tren lleno de salvadoreños.

No hablamos.

El silencio sacude sus ramas, como si fuese un árbol

que acaba de ser tiroteado al intentar cruzar una valla de equinoccios.

Al sacudirse, el árbol nos ha mojado de rocío

y ha hecho que varios peces caigan a nuestros cafés humeantes.

Me acerco a él para pedirle fuego, aunque sé que él no fuma.

Balam sonríe y saca de su bolsillo una estrella de mar

que migra cada día de un bolsillo a otro, de un corazón a otro (por reparar).

Su padre se la regaló hace varias vidas pasadas,

cuando los quetzales sabían hablar y lloraban.

Balam me pone la estrella sobre las manos

y un nuevo tren lleno de salvadoreños cruza esta mañana fría.

 

Balam dice que jugaba al fútbol vestido de monje franciscano

y que, en Chiapas, los pandilleros secuestran a las ballenas

para enseñarles a pasar las fronteras con el estómago lleno de crack.

No muy lejos de nosotros,

la Mara Salvatrucha acaba de secuestrar a otra ballena centroamericana.

Lo sabemos por la forma en la que lloran los peces –asustados–

en nuestros vasos descartables de café.

 

Dos policías que nos oyen hablar nos dicen que los migrantes

nacieron de la costilla de un perro zapoteca

y no de las lágrimas de las ballenas.

 

Balam les sonríe porque cree que los países

no son más que pájaros en migración desde la creación del mundo.

Balam cree que yo me río de los pájaros migrantes

y que no me creo eso de que algunas ballenas duerman de pie.

 

Entonces se acerca a mí y me pide que cierre los ojos.

En ese mismo instante aparecemos en Tecún Umán, Guatemala.

intentando cruzar el río Suchiate.

 

Mi corazón es una estrella de mar que flota lejos de mí.

 

Nado para cogerla y, sin darme cuenta, llegamos al otro lado de la frontera.

Una ballena jorobada que me ve cree que soy un pez que llora.

No lloro, no, pero quizás sea verdad que soy un pez.

Cuando alcanzo la orilla alguien me apunta con su chimba y dispara

porque no llevo dólares americanos.

Balam coge la bala en el aire

y ésta se convierte en un quetzal de terciopelo.

Cuando me lo enseña abro los ojos.

Entonces veo que Balam Rodrigo está a lo lejos, mirando el vacío que nos separa.

Aún no hemos acabado de desayunar

ni hemos intercambiado palabra alguna.

No sabe quién soy (ni yo tampoco).

Sin embargo, hace siglos que ambos estamos muriendo

porque siguen matando a los perros vagabundos con veneno para estrellas.

 

LA ESCRITURA DE DIOS

 

Fu Xi, el primer emperador chino, era mitad serpiente, mitad humano y mitad enigma.
Cuentan que su madre lo concibió al pisar la huella de un gigante,
tan grande como la lágrima de un pez.
Fu Xi nació de un huevo
así que desayunaba mariposas para aprender el arte del vuelo.
Pero le resultó inútil: las nubes dormían sobre el suelo
para no empañar las gafas de Dios.
Una leyenda, citada por Wang Jia, cuenta cómo Fu Xi descubrió
ocho trigramas sobre el caparazón de una tortuga que no paraba de llorar.
Se cree que de esos diagramas oraculares surgió la escritura.

 

La escritura de la pobreza migra descalza en la mirada de un guatemalteco.
La escritura de Wang Wei era el manantial de donde brotaba el rocío.
¿Pero cuál era la escritura de Dios?
Mi padre me contó que en su pueblo los panaderos no sabían escribir
pero cada mañana horneaban una nueva biblia de harina.
Tampoco mi abuela podría haberse carteado con Fu Xi
y mucho menos haber leído un tratado de melancolía,
ya que la pobre apenas sabía deletrear su nombre.

 

Mi abuelo sí que escribía, con una pluma de su espalda,
discursos para taxistas solitarios
(cuando dirigía el sindicato de chóferes)
pero eso no cuenta.
Fu Xi se volvería a morir
si se enterara que acaban de arrestar por “vandalismo”
a una niña de 11 años
por escribir su nombre en el cemento fresco de una acera.

 

Si estuviera viva mi abuela diría:
“Ahí lo tienes: esa es la escritura de Dios”.

 

UN LUNES CUALQUIERA EN LA ESTACIÓN DE UNIVERSITAT, TRAS EL ÚLTIMO EQUINOCCIO DE PRIMAVERA

 

Despiertas,

los árboles aún arrastran pájaros en sus largas caminatas nocturnas

y tú tienes que correr a la ducha para darle cuerda a un nuevo día.

Sales a la calle y vas a buscar un café latte,

la sonrisa de la dependienta te recuerda

que los ángeles no son de fiar

porque son los burócratas del cielo.

Pagas, por error, con una moneda extranjera.

Las llevas encima porque son como postales de países que ya no existen.

Te disculpas y sales del bar con un puñado de pájaros en la garganta.

Llueve, pero no quieres abrir el paraguas

porque sabes que cuando llueve es porque Dios se ducha

según una vez te dijo una tipa muy borracha en un bar.

Cuando entras a la estación,

te das cuenta de que las alas de la gente chocan unas contra otras,

pero tú no tienes alas

sino un café latte que se incendia sobre tus labios.

Tres minutos y treinta segundos para el siguiente tren

y en la prensa gratuita del metro lees

que “Facilitar el despido creará más trabajo”

según un político humorista.

Ahora son treinta segundos, ahora el metro se aproxima,

como se aproxima el pasado para decirte al oído

que las lágrimas no tienen memoria.

Al subir, ves a tres músicos que hablan en un dialecto que no entiendes.

Te imaginas entonces que, como tú, son peces

y que, como tales, dejan sus escamas esparcidas por el aire

mientras tocan sus acordeones

(que en realidad son grandes caracolas de mar).

De pronto descubres que una parte de ti

nunca subió al tren

y que la que se ha quedado contigo permanece asustada

entre las páginas del libro en llamas que llevas bajo el brazo.

 

Llegas al trabajo,

enciendes el ordenador y abres el paraguas

porque te persigue una nube como un presagio

de que pasarás años pagando tu corazón a plazos.

Miras hacia la ventana,

dos gaviotas comparten un trozo de pizza que se le ha caído a un niño

(que eres tú en un país que ya no existe).

Segundos después, las gaviotas alzan el vuelo

en direcciones opuestas.

Sonríes,

porque sabes bien

que ningún pájaro vive recluido en la soledad de otro pájaro.

 

Así son las paradojas de los lunes,

como ser dos que únicamente son posibles cuando se alejan.

 

Healing Odyssey/Dibujo de Diana Solís