Silvia Goldman

Silvia Goldman

Consejo editorial

Cada poema es una mano: una aproximación a la escritura de Nadia Escalante

30 mayo, 2020

Hacer del poema un recuerdo y del recuerdo un poema que va hacia las cosas para tocarlas, llevarlas a la boca y dejarlas reposar allí para que sepamos, tanto de saber como de sabor, lo que se ha querido registrar en esa inmediata vibración. Aquí dos poemas de Nadia Escalante que vibran y anteponen el deseo del roce a cualquier estrépito, a cualquier rudeza, tal vez porque “hay algo de árbol ahí que permanece” y que el verso va y planta. Parece que cuando el poema recuerda, lo hace trayendo el escenario entero y posible de una intimidad, de un vínculo entrañable del que nos volvemos cómplices en la lectura. Parece que el poema no separa los objetos de los seres, que cuando describe y observa a los seres lo hace con la misma sensorial memoria con la que se acerca a los objetos (“Cualquier nube se enredaba en tus ojos negros / y ese patio en que la lluvia descubría el calor de la tierra / se fue oscureciendo como tu rostro”), tal vez para que sintamos el roce de una mano, el fresco de unas uñas en el cerco de los dientes, o cómo se siente llevar el tiempo de alguien en nuestras bocas. Se trata de una poética del roce, como si fuera tanteando a ciegas el tacto que les sobresale a los seres y a los objetos. Parece que el poema es una mano, que cada poema es una mano,  y se extiende.

 

 

 

 

 

 

 

Lluvia oscura de verano

 

 

¿Recuerdas el sonido de las tejas cuando caía la lluvia?

Estábamos juntas. Comíamos sandía sin escucharnos masticar,

el agua de la fruta manchaba de rojo nuestras manos.

Te dije que saliéramos al patio

a enjuagar de nuestras uñas los restos de sandía.

Vibraba la rudeza de la lluvia por las cornisas y las plantas,

ningún sonido ajeno quebrantaba su estrépito.

 

Cualquier nube se enredaba en tus ojos negros,

y ese patio en que la lluvia descubría el calor de la tierra

se fue oscureciendo como tu rostro.

Te lavaste las manos como una matarife después de su hazaña,

sin decir nada;

sólo el agua repetía tu vaivén

y el rojo desteñido desaparecía lentamente sobre el piso.

 

Me limpiaste el rostro con las manos húmedas,

yo masticaba todavía una semilla negra.

Sentí el fresco de tus uñas entre el cerco de mis dientes.

Quitaste la semilla de mi lengua

con la cautelosa violencia con que se desgrana la fruta.

El roce de tus manos guiaba mis mejillas, y tus labios, mi aliento,

llevabas mi tiempo en la boca

como se pierde el agua dentro del agua

 

 

 

Desvelo

 

I

Cubre la mesa con el mantel y la hendidura permanece.

Debajo del encaje que estira sobre la madera,

se intuye el pequeño vacío entre las tablas.

El frío talla grietas en el tacto,

reseca la flexibilidad de los objetos;

la casa se parece más al polvo, a nublarse.

El resabio del los días húmedos se arrincona

en una gotera solitaria que a veces suena, impredecible, en la cocina.

La muchacha gira dos pulseras por la mesa,

busca cercar en circunferencias confiables algo en su respiración que quiere surgir,

escaparse, abrir una grieta del entrecejo al estómago,

de una puerta a otras puertas,

de la tierra que tiembla al tejado que resiste la inmovilidad paralela de la paredes.

 

II

Alisa las arrugas del mantel como certezas de ángulos deformes;

las líneas se obstinan en su voluntad de surco,

de contraída superficie que intenta replegarse en una irregular sensación de estancamiento.

En algunos tramos el encaje se descose tras segundos, terceros remiendos;

hay huellas más pequeñas, cicatrices de manchas antiguas en los hilos más delgados.

No hay un centro en esta mesa, no se encuentra; no hay un centro en esta casa,

las grietas por donde el frío visita la materia se bifurcan en líneas que unas a otras se repelen.

 

III

Bajo la luz nebulosa de la lámpara la muchacha abraza la mesa de cedro.

Hay algo de árbol ahí que permanece, de crecimiento humilde,

de tronco fiel a los círculos del tiempo,

de raíz que busca un camino entre las piedras.

 

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Nadia Escalante Andrade nació en Mérida, Yucatán. Ha vivido en su ciudad natal, Xalapa y la Ciudad de México. Estudió la licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad Veracruzana y la maestría en Cultura y Literatura contemporáneas de Hispanoamérica en la Universidad Modelo. Adentro no se abre el silencio, su primer libro, fue publicado en la colección La Ceibita de la revista Tierra Adentro en 2010. Le siguió Octubre. Hay un cielo que baja y es el cielo (Textofilia, 2014) que fue merecedor del Premio Internacional de Poesía Ciudad de Mérida 2013. Sopa de tortuga falsa (Montea, 2019) es su libro más reciente.

 

Silvia Goldman es miembro del consejo editorial de la revista contratiempo.