Carlos Azar Manzur

Carlos Azar Manzur

Yo también hablo de los migrantes

23 febrero, 2019

Me llamo Carlos porque mis dos abuelos se llamaron Carlos. “Todo será posible menos llamarse Carlos”, sentenció el poeta admirado. En realidad, ninguno se llamaba Carlos, así los bautizaron los guardias migratorios de Veracruz cuando llegaron como migrantes al puerto. Católicos maronitas, salieron expulsados del Líbano perseguidos por los turcos. No se quedaron en Francia como muchos otros y, ante el impedimento judicial de entrar a Nueva York, escogieron Veracruz. Otros eligieron puertos de Sudamérica. Me llamo Carlos porque así bautizaron a mis abuelos cuando llegaron a México. La puerta abierta que representaba México en el Porfiriato significó la llegada de mi familia. Ahora, la comunidad libanesa aporta 8% del PIB en México (aunque 7% depende de una sola persona).

Treinta años después, los republicanos españoles llegaron al país gracias a la ayuda de Gilberto Bosques, cónsul general de México en París en el gobierno de Lázaro Cárdenas. A pesar de cierta resistencia de algunos periodistas que los acusaban de venir como espías de Stalin, los españoles llegaron y encontraron en el país una posible casa. Ahora, el Colegio Madrid, el Instituto Luis Vives, el Colegio de México, la obra de Félix Candela, de José Gaos, las esculturas de Julián Martínez o las películas de Luis Buñuel combaten con sencillez la discusión ociosa acerca de la aportación migrante al país. Como bien dicen Ricardo Cayuela y Juan Villoro, ser migrante español es otra forma de ser mexicano.

Así es, lo mismo ha pasado con la migración armenia, la francesa de Barcelonette y la sudamericana de los setenta. México fue una puerta abierta para pueblos que sufrían y haber entendido que somos consecuencia de migraciones constantes fue un punto de desarrollo y de riqueza cultural. Aunque varias voces de entonces, como las de ahora, se lamentaban de recibir a la gente que llegaba de fuera, no nos atrevíamos a poner en duda los derechos de los migrantes a migrar. Además, los gobiernos mexicanos, más allá de opiniones de cada uno, tenían una postura definida al respecto. En consecuencia, la historia nos terminó por demostrar que la convivencia con el otro —con el diferente, con el similar—, es un paso enriquecedor.

Pero es necesario decir que lo que no estaba puesto en duda era el elemento humano y, por lo tanto, el legal de los que llegaban. Ese sí es un aspecto nuevo que aporta la discusión actual. Lo advierte muy bien Hannah Arendt en Los orígenes del Totalitarismo, al decir que los gobiernos totalitarios cumplen con su objetivo a partir de varios pasos, pero el primero es matar a la persona jurídica. Si algunos seres se encuentran fuera del resguardo de la ley, las sociedades no totalitarias se ven obligadas a aceptar la ilegalidad. Si la persona jurídica queda destruida, se asesina a la persona moral y se procede a terminar con la individualidad.

“Nadie abandona su hogar a menos que / el hogar sea la boca de un tiburón / sólo corres hacia la frontera /cuando ves a toda la ciudad corriendo también”, escribió la poeta somalí Warsan Shire en su poema “Hogar”. No debemos perder de vista las situaciones que provocan que alguien decida salir de su casa ni soslayar el vía crucis que implica cruzar México y llegar a la Jaula de oro estadounidense. Nadie deja de lado las implicaciones económicas, políticas y sociales que acarrean las migraciones, pero la discusión tiene que partir de otro lugar. Los derechos humanos no se discuten ni se vota su validación. Cuando lo legal rompe su relación con lo ético muchas veces genera dolor.

En esa conferencia TED que ya se ha vuelto mítica, Chimamanda Ngozi Adichie pone el dedo en la herida al pedirnos que dejemos de creer en la historia única de los demás. En “El peligro de la historia única” nos pregunta qué pasaría si estuviéramos dispuestos a oír la historia desde la voz del otro, “y los otros somos todos”, dijo Jean Paul Sartre. Arcadi Espada pidió hace unos años que tuviéramos la voluntad de nombrar a todos los muertos de la guerra contra el narco. Si tuvieran nombre y quisiéramos oír la voz de su historia, tal vez no caeríamos en la trampa de la legalidad, tal vez.

 

 

Yvette Mayorga

 

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Como escritor, maestro, editor, Carlos Azar Manzur siempre ha sido un gran defensa central. Fanático de la memoria, ama el cine, la música y la cocina de Puebla, el último reducto español en manos de los árabes.

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