Leon Leiva Gallardo

Leon Leiva Gallardo

Welcome to Bexar County

23 febrero, 2019

A nadie le cuento lo que me sucedió en McAllen y mucho menos lo que me sucedió en Carson. Nadie me lo creería. Cuando me preguntan algo les contesto lo mismo que he aprendido a decir desde que llegué a este pueblo. Me vine a Bexar County a buscar trabajo. A ver qué me pasa en este pueblo fantasma. La mayoría de la gente se me queda viendo raro, pero no me hacen ningún comentario. Seguramente mi frente se arruga bien feo porque en el mismo momento en que les contesto dejan de hablar conmigo. Esa es la única plática que me sale. Al que le toque hablar conmigo pronto se aburre. De todos modos, aunque quisiera, yo no hablo mucho inglés y aquí nadie habla español, ni los más mexicanotes hablan cristiano. Pero me tiene sin cuidado. La verdad es que no vine a buscar amistades. Me vine a Bexar a buscar trabajo.

Aquí en Bexar tuve el tino de encontrar el edificio donde me estoy quedando. No hay otra manera de decirlo, y no quiero explicarlo. En ese edificio simplemente me estoy quedando. El edificio no tiene ni dirección y todos los que vivimos ahí parece que fuimos escogidos por una agencia de buscar personas que no hablan ni piensan. Nadie le habla a nadie y estoy seguro que tampoco nadie piensa. Lo comprobé la otra noche cuando oí clarito que alguien del tercer piso soltó un quejido de esos que no se repiten. Fue un quejido que le salió del buche a alguien, mezclado con un soplo de aire. Luego oí que arrastraban algo, un bulto, después que abrieron hasta el tope una ventana, que forcejearon, y por último un golpe como de panza llena y dura que pegó contra la acera.

Al día siguiente, iba saliendo cuando por casualidad me encontré con el vecino del departamento de enfrente. Nos quedamos viendo un tantito nada más y luego pronto los dos desviamos la mirada. Fue cuando comprobé que en este edificio nadie piensa. Por más que me hurgaba la curiosidad no me atreví a ir atrás, al callejoncito donde se tira la basura. ¿Para qué?, pensé. Me convencí de que si seguía viviendo aquí por más tiempo iba a terminar sin pensamiento como mi vecino del primer piso, o lamina- do como el Panzas que creo ultimaron. Pero aquí estoy todavía. Ese mismo día me había levantado más temprano para irme a la agencia de trabajo. Para llegar a las oficinas de jornaleros tenía que tomar tres camiones.

Así es en Bexar County, un pueblo sin trenes y sin taxis, para ir a cualquier parte uno tiene que tomar tres camiones a la fuerza. Lo único bueno que puedo decir de esos tres camiones es que no van tan llenos como los de otras ciudades. Hubo varias ocasiones en que el único pasajero era yo. Eso fue lo que me sucedió esa mañana. Me senté en un asiento de en- frente para ir viendo las intersecciones, para reconocer las calles ya que todavía me perdía. Como íbamos los dos solamente creí que el conductor me iba a hacer conversación, pero no. Parece que cuando me senté cerca, él más bien fijó la mirada en el carril por el que conducía.

Lo mismo me pasó en el segundo camión. En el tercero, me senté en la parte de atrás. Ahora mi mirada se perdía viendo el sinfín de llanteras de Bexar County. Nunca en mi vida había visto tantas llanteras, pintadas todas con colores chillones y marcadas con inmensos rótulos de letra de molde negra. Había dos colores que dominaban: el amarillo y el naranja. Ese día creí haber aprendido algo muy importante. Los colores oficiales de los talleres de mecánica automotriz son el amarillo y el naranja.

Cinco minutos antes de llegar a la agencia de empleo, el camión dio vuelta hacia la izquierda y entró en una calle con una ringlera de puestos de comida. En esos días no desayunaba. Para qué, mejor me guardaba el hambre hasta el almuerzo. Ya cuando el almuerzo se acercaba, también empezaba a ponerle mentirillas al asunto y me convencía de que era mejor esperar la cena. Mi pobre estómago pasaba resentido. Pero cuando se enojaba más era cuando iba al Burguer King, bien sabía que sólo café le iba a zampar. En los días en que no conseguía trabajo me iba al Burger King o al White Castle. Pero algo cambió la rutina esa mañana.

Esperé dos horas en la agencia de empleos y nada. Ahí conocí a dos hondureños que andaban en las mismas, pero para ellos era más difícil porque no tenían papeles. Los primeros latinos que hablaban español.

—Ah, usted sí que va a conseguir jale rápido —me dijo el más hablantín de los dos—. Con esa mica uno se salva.

Yo no le respondí nada.

—¿De dónde es usted, compa? —me preguntó el mayor y el menos insolente.

—Soy de San Marcos —le dije con el mismo temor que siempre me daba al hablar de mi pueblo—, de San Marcos de…

—Ah, usted es hondureño —dijo el hablantín como si hubiera descubierto un tesoro.

—Sí, nacido y criado allá —les mentí. Adiviné que ellos pensaron en otro San Marcos. No me dieron tiempo de decirles que yo era de San Marcos, pero del estado de Yucatán.

A partir de ese momento los dos comenzaron a acosarme con pasadas de cuates, casi a gritos, sin dejarme responderles, sin dejarme explicarles que no era de su país, hasta que minutos después se cansaron y terminaron reprochándome.

—Usted no parece hondureño —se atrevió a decirme el más hablantín—. Los hondureños somos bien campechanos.

—Ya déjalo, déjalo… —le aconsejó el mayor.

Se aburrieron conmigo y salieron de la oficina. Como dos mapachines metidos en una casa, habían dejado todo en desorden. La muchacha encargada de la oficina abrió la ventanilla y creo que me dijo que tenía que aguantarlos todos los días. Eso fue lo poco que le entendí. En los días que no hallaba trabajo sentía que mi inglés iba empeorando. Cada día entendía menos.
Estaba por irme cuando vi que los hondureños pasaron frente a la agencia de nuevo, como mapachines que no hallaban qué otro lugar invadir. Esperé a que despejaran la acera. La secretaria de la agencia se puso a reír y salió de su casilla para ir a curiosear. Era una chicana espigada con ojos de gata. La juventud le ayudaba a ser atractiva y el aburrimiento de la oficina le daba pretexto para ser simpática, por lo menos conmigo. Una vez pasadas las horas de ajetreo, entre las siete y ocho de la mañana, el lugar permanecía quieto como uno de esos sitios donde solamente se venden timbres y papel sellado.

—Bueno, muchas gracias por todo —le dije en español. Siempre le insistía en español. —Un día de estos se va a decidir a hablar en español —le dije como regañándola moviendo el dedo índice.
Ella muy simpática alzó la mano y también con el índice me dijo:

—No, no, no…

¿Por qué le insistía? Ella era oriunda de estas partes, vaya a saber por cuántas generaciones, no tenía por qué hablar español. Yo en cambio, llevaba casi cinco años en un país de habla inglesa y no hablaba bien el inglés. Decidí no volver a molestarla con eso. Que cada quien se comunicara como mejor pudiera.

La rutina de la agencia laboral por las mañanas se estaba prolongando. El sólo pensar en regresar a casa me decepcionaba. No había de otra. A tomar los tres camiones de vuelta. El trayecto de regreso es mejor solamente por una razón: a una cuadra de la última parada está El Monkey. Abre a las diez de la mañana. En ese sector de la ciudad, si se le puede llamar ciudad a esto, muy distanciado del centro, solamente se distinguen dos cosas muy urbanas: El Monkey, la cantina más muerta del mundo, y un enorme y altísimo tanque de agua en forma de hongo, pintado de blanco, con letras negras y grandes que rezan “Welcome to Bexar County”. Al fondo de esa postal del Southwest no hay nada, ni una sola lomita, ni una sola nube, solamente el cielo de un color celeste gastado por el sol y el vapor de la tierra. El calor es tal que no se tiene de otra más que buscar refugio en el primer enjambre con sombra que uno halle. Eso es El Monkey, un enjambre oscuro, sin reina, donde los machos tomamos cerveza tibia que sabe a jarabe de hemoglobina.

Decía que la rutina de la agencia a la casa se estaba prolongando, y nada. En un par de ocasiones me contrataron unos teja- nos de adeveras, de esos que tienen el cuello colorado. Eran dueños de una compañía de construcción. Me negrearon hasta darse gusto. Les arreglé baños y cocinas. También les empedré un patio, eso fue fácil. Nadie como yo para enlosar pisos e instalar azulejos de baños. Pero también nadie como yo para ser torcido. Los teja- nos de la constructora se fueron a Dallas a hacer todo un complejo de condominios. El mismo día que fueron a buscar jornaleros para llevarnos a Dallas —nos iban a pagar un lugar donde que- darnos y todo— fue que perdí el camión de las cinco. Hay algo aquí en Bexar. Si uno pierde un camión, ya no hay de otra, se queda uno varado por lo menos una hora hasta que pase otro. Ese día llegué una hora tarde. La chicanita estaba hasta con lágrimas en los ojos porque supo la lipidia en que yo me encontraba. Me quiso dar unos dólares para que me rebuscara por una semana, pero no se los acepté. Me dio mucha vergüenza que una muchachita de veinte años me tuviera que dar dinero a mí, que ya iba a cumplir los treinta y cinco.

Lo que sí le acepté fue que me llevara a una feria que estaban celebrando en Culebra. Así son los nombres en Bexar County. Según ella, en esa feria podía conseguir trabajo. Llegamos y nos acomodamos cerca de un puesto de comida y cerveza. Pasé casi todo el día con ella. De verdad que la estaba pasando muy bien, pero como ya es de esperarse, siempre tiene que suceder algo para estropearlo. Como andaba ya con un par de cervezas encima, traté de besarla y ella se enojó. Se fue y me quedé sin ride y con tres dólares en el bolsillo. No era para tanto, pensé yo. Sólo quise darle un beso. Pero bueno, así sucedió.

Esa misma tarde, esa misma noche, mis días iban a cambiar por completo. Caminé por el parque, que era muy grande, y me perdí ya cuando oscureció. Casi todo mundo se había ido. Solamente quedaban unas cuantas camionetas en el estacionamiento. Fui hacia unos árboles tupidos para orinar las cervezas, y de lo oscuro salió un tipo inmenso con un sombrero vaquero. Se dio cuenta de que me había asustado y se puso a reír.

—No se me asuste, compadre —me dijo con la sonrisa de oreja a oreja—, mire que se puede hacer en los pantalones.

No tuve tiempo de hacerle ningún comentario. Me metí entre los arbustos y me deshice de todas las cervezas. Terminé lo más pronto que pude porque se me ocurrió que él podía llevarme de regreso a Bexar, que quedaba a más de una hora de distancia. Salí corriendo y me dirigí al estacionamiento. Por suerte el tipo estaba ahí todavía, acabándose lo que le quedaba de una botella de tequila. Arrojó el envase vacío al césped y me sonrió de nuevo.

—¿Quiúbole, compadre? ¿Lo dejaron?

Era obvio, ya todo mundo se marchaba y yo me le quedaba viendo como can perdido.

—¿Me puede llevar a Bexar? —le pregunté sin rodeos.

—Mire —me dijo con mucha parsimonia—, yo lo puedo llevar pero si me promete que me va a ayudar con alguito.

—Usted sólo diga —le respondí para seguirle el ánimo—.

¿En qué puedo ayudarlo?

—Mire, llevo dos días de andar pistiando y me da miedo manejar de noche porque los policías de por aquí son bien perros. Si maneja usted, lo llevo a donde sea y luego nos arreglamos.

—Hecho —le dije, y me trepé.

Tenía la camioneta más grande que había visto en mi vida, para subir casi se necesitaba una escalerilla. La cabina trasera de pasajeros era muy cómoda y tenía el aspecto de no ser usada mucho. Obviamente no era una camioneta de trabajo.

Manejé a poca velocidad. El tipo cerraba los ojos pero no iba durmiendo, de reojo se fijaba en las calles.

—Mire —me dijo—, usted sólo maneje y cuando vea el tanque que dice Welcome to Bexar County, doble a la derecha. Ahí mismito vivo.

Entonces me empezó a dar miedo. Era demasiada coincidencia. Cuando llegamos al edificio me dio a pasar. Me dijo:

—Pase que usted es mi invitado esta noche.

Estuve a punto de decirle que yo también vivía ahí, pero me calló con la mirada. Al entrar al departamento sentí un tufo y un escalofrío que me hicieron sudar. El tipo tiró el sombrero a un rincón, sacó otra botella de tequila de abajo del cojín de un sofá, la destapó y se la metió en la boca y, de un solo salto, se echó al sillón. El tufo iba empeorando.

De un cuarto al fondo se oían ruidos. Luego me dio más miedo cuando vi que quien salía del cuarto era la chicanita de la agencia de viajes. Se había bañado y cambiado de ropa. El tipo obviamente notó que yo estaba confundido y me dijo:

—¿Sabe qué compa?, usted solamente vaya al baño y me limpia la tina. Y a ese chancho que está ahí, lo tira por la ventana. No diga nada, que dos pinches paisanos lo están esperando abajo.
En la tina estaba un viejo desnucado. No me dio tiempo ni de pensarlo y ni de dudarlo, ya era muy tarde, seguí las instrucciones.

—Está bien pesado —dije, y como pude arrastré al viejo hasta la ventana. No quise ver cuando cayera al concreto. Sólo oí como si un chancho hubiera caído de panza.

—Welcome to Bexar County —me dijo el tipo. Me pasó la botella de tequila y se puso reír. —De ahora en adelante usted trabaja para mí.

Abajo me esperaban los dos hondureños y la muchacha.

—Apúrese compa —me dijo el más hablantín—, que nosotros no tenemos licencia.

La chicanita se puso a reír. De la paila de la troca se venía el tufo y los dos hondureños no dejaban de hablar en la cabina trasera. La chicana sacó algo de su bolso y se me acercó con cariño. Me tomó de la cara y me dio un beso en la boca. Luego me puso mentol en la nariz.

—Aquí vienen a saldar las cuentas los deudores —me susurró al oído, en perfecto español.

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León Leiva Gallardo es un escritor hondureño. Estudió psicología y letras en la Universidad de Northeastern Illinois. Su primera novela, Guadalajara de noche, fue reconocida por la crítica como una «de las mejores novelas escritas en español al menos en una década, rica en invención, recursos, emociones».  Sus cuentos y poemas han sido publicados en las antologías Voces en el viento, Astillas de luz, En el ojo del viento; y en varias revistas literarias.

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