Marco Escalante

Marco Escalante

Residuos

6 octubre, 2019

Camping Day

 

Una larga fila de noctámbulos se congrega alrededor del Best Buy de Lincoln Park. A las 12 de la noche la tienda abrirá sus puertas con el exclusivo fin de poner en el mercado el último modelo del iPhone. El rito se repite en varios establecimientos a lo largo y ancho del país, aunque el producto deseado varía. El consumo suprime, al fin, la pausa, la paciencia, la sensualidad de la espera, e impone en sus ritos un carácter perentorio y mecánico. Se siente en esta multitud una urgencia similar a la de los indigentes que formaban filas infinitas para recibir un plato de sopa tras el crash de 1929. El hambre y la necesidad se mudan al dominio de lo accesorio porque el dominio de lo esencial, aparentemente, ya está resuelto y con creces.

Lo más asombroso de esta feria nocturna de la bonanza es su similitud con los campamentos en los parques nacionales. Abundan las carpas, las bolsas de dormir, las linternas, las teteras y los termos. Como el invierno ya acecha, todos los campers visten casacas y gorras, y tienen a sus costados frazadas que usarán más tarde. Es un día en la montaña que la alquimia del consumo ha desplazado a una inmensa playa de estacionamiento.

Sin árboles, sin ríos, sin montañas, sin animales salvajes, sin dispersión anárquica de carpas y luces, la escena adquiere una dimensión absolutamente teatral e inverosímil. El horror que la visión produce proviene de un futuro desnudo en que ya se concretó la debacle ecológica. Entonces, los ritos al aire libre serán solamente una nostalgia para la cual nos entrenamos inconscientemente ahora.

El viernes negro las tiendas abren sus puertas a las cinco de la madrugada y masas de compradores ingresan en sus recintos como manadas equinas. Todo está permitido –atropellar y golpear al vecino, aplastar a los caídos, arrebatar mercancías de quien las encontró primero, etc. Las palabras “tropel” y “estampida”, antaño constreñidas al universo campestre, parecen mudar su sentido, anticipando la velocidad orgiástica del consumo y el asalto definitivo del capitalismo contra el mundo natural, del cual toma, además de los recursos, la amalgama de sus ritos y sus signos.

Wrigleyville

 

El viejo sueño aristocrático de la cerveza por fin tiene manifestación real. La experimentación infatigable de las cervecerías artesanales no sólo ha neutralizado parcialmente el monopolio de las grandes compañías cerveceras, también ha erosionado el viejo prestigio de la cerveza europea y ha instalado sus productos radicales en un dominio antaño impensable: el del gourmet. Se puede al fin “catar” una cerveza, casi como se hace con el vino, y en los restaurantes de lujo nace un oficio paralelo al del sommelier.

América quiere ser también sofisticada –internacionaliza su cocina, revoluciona su industria vitivinícola y también la de sus quesos, multiplica sus bistros con espacios al aire libre, imitando ciertos corredores gastronómicos de Europa.
Pero cuando llega la celebración de St. Patrick, la máscara de la bonanza y el refinamiento cae. Se produce un retorno orgiástico a la vulgaridad del pasado. Deja de importar la calidad del alcohol, y las formas rituales que lo legitiman en un contexto elegante se diluyen ante la necesidad de caos. Hay que acudir al centro de la debacle –Wrigleyville- para contemplar en toda su crudeza la demolición del espejismo europeizante: Jóvenes vomitando en las calles, peleas colectivas, reales y fingidas, cuerpos que caminan tambaleantes hasta que caen al suelo, idiomas diversos que se funden en un griterío que sofoca incluso el rugido de los autos y las motos.

Bien puede decirse que la cerveza obrera, aquella que se puede consumir todo el día sin afectar los bolsillos, recupera su trono. Y al modelo aristocrático del consumo exclusivo, sucede el del capitalismo rapaz, ilusoriamente democrático, encarnado en la cerveza industrial. Apenas oscurece, los anuncios de neón en los bares nos recuerdan quién manda: Miller Light, Budweiser, Michelob, Corona.

 

 

Enlightening Shelters

 

La biblioteca central Harold Washington: enorme bloque de granito, coronado por un frontispicio que parece pertenecer a un edificio más pequeño. La desproporción de sus elementos genera la sensación de que a la estructura le falta una cúpula; o la sensación más extraña todavía de que el bloque en su conjunto es un error, un exceso que impone la marcialidad incluso a la armonía clásica de las columnas. La división cromática hace más patente el desacuerdo: domina el rojo atenuado del granito, completamente separado del verde patinoso del techo. Las acroteras, a pesar de su simbología griega, le dan a la parte superior del conjunto un aire de impertinencia, tal vez porque involuntariamente evocan los rizados techos de una pagoda.

El búho, símbolo de la sabiduría y el conocimiento, sobra. La mole es demasiado grande, demasiado pública para el estudio, que reclama todavía la intimidad de la celda. Por eso esta biblioteca no tienta a los eruditos, que si algo encuentran en ella se lo llevan a su casa. La tranquilidad del recinto es ficticia porque responde a un decreto:el ruido es más evidente por tácito –mana de las multitudes que transitan por los pasadizos, que atiborran las escaleras eléctricas, los elevadores y los baños. En el primer piso, la primera señal del rechazo: una fuente de agua en cuyo fondo reposan centenares de monedas: en el templo del conocimiento nos recibe un monumento a la superstición.

La verdadera razón de ser de la biblioteca ya parece estar lejos de los anaqueles. El ejército de vagabundos y mendigos que saturan su tercer piso –huyendo de los rigores del clima- ha terminado por convertir el edificio en un arca donde los desposeídos menguan los efectos de su absoluta miseria. Se los ve disputándose los periódicos del día, las revistas de variedades o deportes, las computadoras con acceso gratuito a la red. El fenómeno recuerda que no hay conocimiento inocente ni educación que no implique privilegio. Las hordas de menesterosos han tomado por asalto no sólo la biblioteca central, sino muchas bibliotecas de Chicago y posiblemente del país. Urgidos por la necesidad, hallaron esta forma de revuelta que aprovecha las fisuras del sistema y transforma la naturaleza de la biblioteca sin que las autoridades puedan evitarlo.

Al triángulo cuyas aristas unen a la biblioteca con la escuela y la casa, se impone un nuevo triángulo trágico: puente-biblioteca-albergue. El frontis caprichoso y breve, como vértice privilegiado de la pirámide social, evoca a esa minoría educada que se refugia en el último piso para celebrar eventos artísticos o sociales –el de hoy, una muestra fotográfica de Vivian Meier. Pero la idílica atalaya ya perdió terreno. Es la muchedumbre anónima que vive en las calles la que le otorga un rostro humano al conjunto. Y por una de esas inesperadas consecuencias de la lucha de clases, hoy la biblioteca está más cerca del hospicio que de la academia.

 

Arte: Las imágenes de este y los demás artículos del Dossier son cerámicas hechas por alumnos de la secundaria Benito Juárez, bajo la dirección de Nicole Marroquín, y fotografiadas por Jacob Yeung.

 

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