Carlos Azar Manzur

Carlos Azar Manzur

Porque somos en los otros

6 octubre, 2019

Era común encontrar a Francisco Toledo sentado en una banqueta esperando que quien lo había citado en un restaurante llegara. Lo esperaba en la banqueta porque los del restaurante habían decidido que mejor se ajustaban a sus prejuicios y, a pesar de los letreros que decían: “en este local no se discrimina a nadie”, preferían no dejar entrar a ese barbón con huaraches y morral. La escena giraba hacia lo cómico, esa risa que se convierte en rictus de dolor, cuando el otro comensal llegaba, de saco y corbata claro está, y se encontraba con el maestro en la banqueta. Esta escena, de tanto repetirse, logra representar el mecanismo por el que tanto luchó Francisco Toledo, “extranjero en todas partes”, como lo calificara Angélica Abelleyra, la reportera que nos ayudó a entender mejor al artista en Se busca un alma, ese libro notable que valdría la pena reeditar.

Pintor, promotor cultural, social, enamorado de la congruencia y de la capacidad del arte para generar nuevas formas de relación social, Francisco Toledo nació en la Ciudad de México, “accidentalmente” confesaría él mismo, pero su imaginería y su obra se alimentarían de haber vivido años en Minatitlán y en Juchitán. Veracruz y Oaxaca, Rufino Tamayo y Octavio Paz, el vuelo y la risa, la certeza de un muro y la posibilidad de brincarlo con una pirueta, las tostadas de maíz criollo con quesillo y chapulines y el espagueti con camarones, dualidad cósmica que logró definir su trayectoria artística y que se convirtió en manera de vivir. Con un pie en México y otro en el mundo, Toledo entendió que el trabajo del artista no podía mantenerse lejos de los demás ni de sí mismo, como dijo Albert Camus en “Jonás o el artista en el trabajo”, el artista no puede dejar de ser solitario y solidario a la vez, o en palabras de la poeta Zyanya Mariana, “Toledo fue aquel que entendió que somos con los otros y a través de los otros”.

Hay ciudades que dependen del amor de sus habitantes para no perderse. El problema no es que el desarrollo citadino se nos vaya de las manos, sino del corazón. Así como Zacatecas tuvo el fervor enamorado de Federico Sescosse, Oaxaca contó con la pasión de Alfredo Harp y de Francisco Toledo. La recuperación de espacios públicos para la gente es parte de la obra notable del pintor y tenemos la obligación de mantenerlos así. Su muerte no puede significar la preocupación por el abandono de esos espacios, debe recordarnos que cuidar la casa debe ser el mecanismo para promover la permanencia y la comunicación de las personas. Cuando “la casa se convierte en la boca de un tiburón”, como diría la poeta somalí Warsan Shire, expulsa a las personas y las pierde.

 

 

 

A diferencia de tantos funcionarios en México, Francisco Toledo sabía que no hay mejor forma de luchar contra la ruptura del tejido social, ésa que ha generado la violencia, el individualismo, la necesidad de borrar la existencia del otro, la corrupción y la impunidad, que la que ofrece la cultura. Más cerca de la percepción antropológica, la cultura se sustenta en la manera de vivir, en la cohesión social y en la posibilidad de establecer comunicación con el otro. La cultura siempre ha sido la base de la fundación de nuevos paradigmas civilizatorios. Los gobiernos que, en situaciones de crisis, deciden ahorrar en el fomento a la cultura, olvidan que la historia nos ha demostrado que ese error sólo abre más la grieta en el tejido de la sociedad. Toledo, por su parte, creía que la fundación de un nuevo paradigma civilizatorio no podía dejar de lado ni la cultura ni el fundamento social en el que se ha instalado. Por eso, luchaba tanto para fundar instituciones que favorecieran el desarrollo social por medio del arte y que esa tradición sirviera de punto de partida para su propia producción artística.

Su muerte llega en un momento en el que debemos preguntarnos qué país queremos, qué ciudades pretendemos crear, cómo nos gustaría plantear un nuevo paradigma civilizatorio. En esa discusión que se acerca, que nos pide entrar en ella, no debemos perder de vista el camino recorrido por Francisco Toledo y su afCarlos Azar Manzur, como escritor, maestro, editor, siempre ha sido un gran defensa central. Fanático de la memoria, ama el cine, la música y la cocina de Puebla, el último reducto español en manos de los árabes.án por generar un mundo mejor.

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