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Editor contratiempo

Plástico cruel

20 octubre, 2018

El calor me golpeó de lleno al salir de la terminal aunque la nostalgia fue peor y tanta que de a poco fui retornando al área de reclamo de equipaje y allí no sé ya si fueron las lágrimas, el calor o la humedad pero estaba empapado. La decisión allí era regresarme o salir así que me armé de valor y tomé un taxi.

El viaje camino a la ciudad fue por la Autopista Las Américas. Nos detuvimos por unas cervezas y el taxista no paraba de hablar. Por comentar algo hablé sobre el clima y cité una novela en donde se resalta que en ningún otro lugar del Mar Caribe el agua consigue esa combinación de tonos turquesa que tiene el área conocida como La Caleta. No por mucho tiempo, dice el taxista pidiendo dos cervezas más y regresando al vehículo. Digo que no entiendo y él explica que si las cosas siguen como van todas las playas del país van a cerrar, ya empezó mala la cosa en las playas de Guibia y sobre todo Montesinos, ya lo verá usted pronto.

El taxi va raudo por Las Américas, cae la tarde, tomamos la avenida España y antes de cruzar el puente flotante y entrar de lleno a Santo Domingo, puedo ver las oleadas de basura bamboleando serenamente sobre la superficie del mar.

 

Ilustración: @diegumberrto

 

Cuando me informaron lo de las oleadas de basura no me sorprendí originalmente porque ya conocía el caso como digo pero al llegar y experimentarlo con mis propios sentidos aquello me sacó de tiempo. No solo con el material obsceno que se meneaba sobre las aguas en un vaiven sin violencia, sino el olor y la idea de que incluso recogiendo todo los desechos, incluso reciclando todo este plástico cruel y haciendo puentes, sillas, pelotas o automóviles con lo rescatado, el agua quedaría envenenada por los químicos, y después de todo esto, qué podría nadar allí, qué otra cosa que no fuese un cadáver.

No me atreví a llegar al hotel y pedí allí mismo al taxi que me regresara al aeropuerto. Dormiría allí, allí esperaría un vuelo hacia el No sé dónde y luego contaría, en conferencias por el resto del mundo, contaría digo yo, con más vergüenza que pena, la historia de un hombre ya cansado de avanzar. Soñaré con un sueño de plástico en donde voy a la Playa de Montesinos a hacer la autopsia de mi propio cadáver, al que tengo que rescatar entre las oleadas de basura irresponsable que bajan por el río hacia un mar que por venganza lo devuelve todo. Por venganza y por vergüenza. La naturaleza es justa. Nosotros no.

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