Andrea Ojeda

Andrea Ojeda

Consejo editorial

¿Para qué sirven los monumentos?

6 octubre, 2019

 

En la ciudad de México existe un monumento muy alto y muy grande. Se trata de una columna de 36 metros asentada sobre un basamento cuadrado que está rodeado de cuatro figuras en bronce que simbolizan la ley, la justicia, la guerra y la paz. Al frente existe una placa de mármol blanco donde se lee: “La Nación a los Héroes de la Independencia” y delante de esta inscripción un león gigante en bronce conducido por un niño que simboliza fuerte en la guerra y dócil en la paz. También en la base hay un grupo escultórico con figuras de algunos de los héroes de la guerra de independencia. Hasta arriba de la columna, coronándolo todo con sus siete toneladas de peso en bronce y recubrimiento de oro, se encuentra la Victoria Alada, quien en una mano sostiene la corona de laurel símbolo de la victoria y en la otra una cadena con eslabones rotos, símbolo de la terminación de la esclavitud impuesta durante 3 siglos de dominio español. El monumento se acabó de construir en 1910.

El Ángel es un símbolo nacional, de esos que se supone nos hacen sentir muy orgullosos de nuestra historia y nuestra bandera. El monumento está plagado de otros símbolos: el águila, el nopal, la serpiente, héroes y más héroes (porque aparentemente, en México somos re buenos para producir héroes, no importa si los mismos tuvieron carreras dudosas, fueron increíblemente crueles con sus enemigos o en el fondo solo tenían sus intereses de por medio a la hora de hacer alianzas y pactos), y hasta arriba una figura que no se puede ver a menos que pases en helicóptero (o estés arriba del piso 30 de cualquier edificio vecino). Pero no importa si los ciudadanos no nos sabemos cada pieza o dato histórico del bendito Ángel; lo que importa es que el Ángel nos une a todos. Nos une cuando gana nuestra selección nacional de futbol. Nos une cuando protestamos contra el gobierno en turno. Nos une cuando repudiamos a nuestros vecinos del norte por cualquier motivo (la embajada de EEUU está a tan solo una cuadra), nos une cuando celebramos desfiles y fiestas. Nos une cuando la ciudad está herida por los terremotos y nos juntamos ahí instintivamente para ayudar.

Cada ciudad del mundo tiene un monumento así, que cumple con estas mismas funciones: un lugar para acudir cuando sentimos el fuerte llamado de nuestra identidad. Finalmente, el nombre de tal estructura o los motivos para crearla, pasan siempre a un segundo plano, o se olvidan por completo. En mi opinión, el monumento solo cobra relevancia y se le adjudica un valor diferente cada vez que se usa para diversos propósitos.

El 16 de agosto pasado, diversas organizaciones feministas y colectivos de mujeres llamaron a una marcha contra la violencia policial en la ciudad de México, en respuesta a la inacción por parte del gobierno capitalino (y nacional, para tal caso) ante casos de abuso y violencia sexual contra mujeres por parte de oficiales de la policía. Así es, querido lector, en México no solo superamos al resto de las naciones en índice de violaciones y abuso sexual contra mujeres, sino que además cualquier mujer puede temer ser ultrajada por los propios elementos encargados de ejercer orden, protección y justicia.

He aquí algunos datos. En México mueren asesinadas 9 mujeres cada día. En los últimos cuatro años han habido alrededor de 3,200 feminicidios en el país, y solo de enero a junio de este año en la ciudad capital, han habido 18 mujeres asesinadas y 292 víctimas de abuso sexual. Estas son cifras oficiales, es decir, datos de personas y familiares que han tenido que ir y levantar un acta tras haber sufrido el crimen. Nunca sabremos a ciencia cierta cuántas personas más han tenido miedo de ir a la policía y por lo tanto han callado. ¿Que por qué no van a la policía? se preguntaría cualquier persona sensata. Pues bien, preguntémosle a una jovencita de 17 años que en la madrugada del 3 de agosto de este año fue dejada a una cuadra de su casa por un amigo después de ir a una fiesta; una patrulla con cuatro policías la vio, la detuvieron, la subieron al auto, le quitaron la ropa y la violaron.

Al día siguiente, la chica acompañada de su abuela, fue a denunciarlos. El juez en turno no cumplió con el protocolo, no se le hicieron pruebas ni los análisis correspondientes a este tipo de acusaciones. Le dijeron que esperara a que se realizaran las investigaciones. Días pasaron sin respuesta ¿y los policías?, seguían laborando. Hartas de tanta indiferencia y negligencia, varias personas, en su mayoría mujeres que habían estado siguiendo el caso de la joven, exigieron justicia afuera de la Secretaría de Seguridad Ciudadana y de la Procuraduría capitalina. Bajo la consigna #NoMeCuidanMeViolan, y con un gesto más poético que rabioso, tiraron brillantina rosa al secretario de seguridad ciudadana cuando salía de su oficina. La alcaldía las llamó provocadoras y los ataques a las manifestantes no se hicieron esperar en los periódicos y las redes sociales; “¡no son maneras!”, clamaba la prensa ofendida, en tremendos desplantes decimonónicos.

¿Qué se hace, pues, cuando la rabia y la impotencia te azotan con tal fuerza que lo único que puedes hacer es gritar y golpear hasta cansarte? ¿Desde dónde puedes gritar para que tu voz se levante hasta lo más alto y llegue hasta lo más profundo, para que te escuchen finalmente? ¿Desde dónde puedes gritar para que el mundo se entere de que en México si eres mujer te pueden atacar, violar, asesinar, y los hombres que lo hacen pueden salir impunes, tus testimonios invalidados, tu integridad pisoteada? ¿Con qué tinta podemos escribir lo que nos pasa para que la ciudadanía lea la verdad aunque les duela?

En agosto 16, las mujeres no callaron más; salieron a la calle y gritaron, rompieron vidrios, prendieron fuegos y reclamaron al Ángel de la Independencia como su manta por la causa. Ahí donde están los restos de los héroes patrios, a los pies de la paz y la justicia, en el pedestal de la Victoria Alada, una mujer desnuda y dorada, liberada de sus grilletes opresores y con alas que la suben más y más alto, más libre que todo lo que la rodea, se improvisó el mejor lienzo para el mensaje más apropiado: con nosotras no se juega, la patria mata, estado feminicida, amigas se va a caer, cerdos violadores, no es arte es estado, nunca más tendrán la comodidad de nuestro silencio, muerte al macho, no me cuidan me violan, violicía, pelea como niña, ni una menos, vivir en México es un asesinato, ponte bien, autodefensa ya, vivir sí es arte.

Por supuesto que los medios siguieron atacándolas, llamándolas violentas, destructoras, irrespetuosas, y un sin fin de otras cosas impronunciables aquí por su calidad soez y misógina. Pero esa tarde, en su monumento y por los días que tome limpiarlo todo, la ciudadanía pudo finalmente testificar por qué luchaban.

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