Miguel Marzana

Miguel Marzana

Consejo editorial

Nuevos autores en Chicago: Miguel Méndez y Eric Melecio

20 mayo, 2020

“Soy un idealista. No sé dónde voy  pero estoy en el camino.”

                                                                                                                               Carl Sandburg

 

En Chicago la poesía marca el ritmo de la literatura por sobre otros géneros, pero en la oscilación de la palabra que sondea con destellos, hay también un espacio que está reservado para el cuento. El diccionario define la palabra novel a lo que proviene de la inexperiencia, es por eso que al preparar esta entrega de autores más bien jóvenes de Chicago repensamos lo que las palabras novel, nuevo y joven puedan tramitar en nuestras orejas y el entendimiento. En esta entrega de voces que quieren ser escuchadas o se deben escuchar, les presentamos dos poemas y dos cuentos a cargo de Miguel Méndez y Eric Melecio.

 

Miguel Méndez

La blanquita (¿Qué barrio?)

 

Hasta la loma
se escuchaba tu nombre
dicho por las balas
del Javi, del Ratón y el Rica

Yo un morrito
desde la loma
desde la loma
yo un morrito

Me asomo al abismo
pendiente de techos de corcholata
el viento se lleva el cartón

Desde la loma
yo un morrito

El Canelo me lame el rostro
Desde la loma
no se divisa el porvenir

Los Malillas
Los Apaches
La Mica 13
no atrapan la posteridad

Se les escapa de las manos
se desliza entre sus yemas
se van en una baica
seguido no regresan

La loma nace al amanecer
oníricos los cantos
también las alegrías

Perro azul
retozando
en las gobernadoras

En la loma
yo un niño de cinco años
abrazo al Canelo

 

El hastío

“Ya estoy hasta la madre”, te dices mientras te rascas la cabeza con brusquedad. Buscas entre los papeles, “veinte pinches años de tu vida”, repites y la mirada se te pierde entre todo el papeleo desorganizado del escritorio.  “Pinches Godínez de mierda”. Se te viene a la mente lo distante; eres tú corriendo detrás de Sofía y la quieres alcanzar y ella se sonroja y te sonríe, esa sonrisa de tulipanes, y la alcanzas, y tus labios chocan con los de ellas, y sus lenguas hacen remolinos y se te para. Recuerdas que te la llevaste a tu casa y fuiste el primero. Ella fue tu primera. Pero te quedaste con Valeria.  Cuando llegas a tu casa, Valeria no te recibe con un beso, te recibe con reproches, que los niños no tienen esto, que no tienen aquello, que se portaron mal, que ya está harta, etc., etc. Te quedas callado y te consumes en tus pesares. 

“González, te busca el pelón”

             “¿Cuál pinche pelón, Gutiérrez?”  

                “Éste” se agarra la entrepierna. Y tú que pensabas que las burlas se habían terminado desde la prepa. En ese entonces, fue que dejaste de ver a Sofía; que dejaste de leer, que dejaste de escribir poesía, y de escribir tus cuentos, te alejaste de ti.  Vuelves, ves el trabajo incompleto y el Excel marca números que ya no recuerdas, que no comprendes y los papeles, los malditos papeles y el caos, de tu hogar, de tu cubículo, de tu vida.

“Oyes, te acuerdas de mí” te dijo. El otro día mientras te comías tu tamal y el champurrado estaba calientito y la mañana fresca, y ella, ella seguía igual de hermosa, más madura, pero seguía hermosa, y tú, pinche gordo, demacrado y triste.  Te dijo que te miraba bien, “miente, le doy lástima”, pensabas.  Te contó de su familia, sus hijos ya eran profesionales, tus hijos aún son pequeños. Estás seguro que no vivirás para verlos adultos; ni siquiera te los quieres imaginar. Sabes que lo más seguro serán como tú.  Te sonrió; todavía eran tulipanes, como esos de principio de marzo, te quiso abrazar, le enseñaste las manos sucias, se marchó. La última vez que verías a Sofía. 

    Te regresa el golpe del escritorio, es el jefe. Te viene a gritar como siempre.  Agachas la cabeza, y con todas las fuerzas de veinte años acumulados, te levantas y azotas las manos, lo volteas a ver, le clavas los ojos y decidido das un largo suspiro “sabe algo don Gonzalo, chingue a su puta madre”  

Un silencio en la oficina, en tu cubículo, en tu vida, en el momento y se va. Ahora estás sentado en un cuarto, y detrás de una puerta están todos los supervisores planeando qué hacer contigo. Estás rezando que te despidan. Se abre la puerta y logras verlos ahí con sus trajes, sus corbatas de diseñador chino, sus antenas, sus alas, sus cientos de ojos y un enorme pedazo de mierda en el centro de la mesa. 

Te despiden. Sales de la oficina y a tu alrededor los coprófagos se acicalan las alas, se acomodan las antenas. Te sientas en el parque y mientras que al crepúsculo se lo devora la noche, parece que comienzas a divisar la esperanza a lo lejos. 

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Miguel Méndez nació en El Paso, Texas y creció en Cd. Juárez, México. Más tarde, su familia se mudó a Chicago. Méndez asistió a Northeastern Illinois University y obtuvo una licenciatura en español con enfoque en literatura latinoamericana y una especialización en estudios latinoamericanos. Acaba de terminar una maestría en letras hispánicas en la Universidad Loyola de Chicago y su interés de investigación se centra en la escritura creativa de inmigrantes mexicanos en Chicago. Es un poeta y escritor activo y ha participado en varios eventos de poesía en la ciudad.

 

 

Eric Melecio

Mi pavo real 

 

Mi pavo real 

baila con las gallinas

enseña su tren

mil ojos se abren y cierran

Un pavo se confunde

una gallina pica el piso

 

Nadie lo pela 

 

Él sigue

baila que baila

en el gallinero 

 

Vive en el cielo

salta de techo a techo

solo aletea 

El perro lo espera abajo

nunca aterriza

nunca toca la tierra

brinca 

salta

trata de volar

 

En la tarde 

sube su torre de maíz

¡grita por una hembra!

las gallinas duermen

el búho caza

 

Nadie viene   

aun así 

canta y canta 

 

Pecho azul agua

alas pastito verde

desea el cielo

 

Un día caluroso

trata de volar al otro lado

pone todo su corazón

 

cae al suelo

donde el perro lo espera  

 

El manga 

 

Angelina era una joven prometida a un joven de familia cercana. Nunca había tenido sentimientos de amor ni le interesaba casarse. Prefería leer manga en su colchón favorito, sin tener que darle la cara a nadie, especialmente cuando había tormenta y escuchaba el chisporrotear de la chimenea. Oír los pájaros cantando el próximo día. Algunas veces venía su tía a visitar a su madre. Angelina se quedaba callada mientras las diligentes voces del chisme desaparecían de su oído, pues ella se escapaba en el mundo de su manga. Sola, acostada en el colchón, sin molestias…en otro mundo. El manga era su paraíso. 

Angelina temía que todo eso se fuera acabar cuando tuviese un marido. Pues desde que terminó la high school, su papá ya le tenía uno. Había un contrato oral con aquella familia, la de Tauro. Aunque los años habían pasado, todos miraban el contrato como una broma, pero al fin acabó siendo cierto que se iban a casar. El prometido le llevaba a Angelina casi seis años. Angelina sólo lo recordaba porque una vez, siendo muy niña, habían ido de paseo al downtown con el resto de su familia. Tauro la llevaba de la mano para que no se perdiera. Eso era lo único que recordaba del prometido. Y también cuando ya iban a subirse a la Línea Azul y Tauro, necio, quiso subirse en el último vagón, y ella atrás de él. Pero su madre y su tía fueron la voz de la cordura. 

— ¿En ese vagón? —dijo la madre—. Ni lo mande Dios.  

—Dicen que muchos se mueren en el vagón final —dijo la tía—. Conocí a una muchacha que se murió porque de repente dio el enfrenón y se pegó en la cabeza. Ahí tú verás.   

—Mejor no te subas, hija —le había dicho su mamá—. Puros gérmenes y gente loca y pobre se sube a ese vagón de la CTA.  

Por fin, nadie se subió al tren y el niño Tauro acabó dándole una patada a la tía en una pierna que todavía se le hincha hasta este día.   

En la tarde antes de la boda, Angelina se la pasó caminando en la yarda. Tenía arbolitos de fruta y unas azaleas. Pero lo que dominaba era el laberinto de hortensias, moradas, rosas, azules. Angelina las vio desde lejos y empezó a ver los colores de las hortensias, que se mezclaban unas con otras, hasta que todo se volvió una imagen borrosa de círculos fríos. Rompió ese éxtasis de colores cuando escuchó una voz detrás de ella, hablando en voz baja: 

—Hey, Angelita, ven a ver los arbustos.

Era el yardero que murmuraba mientras jalaba la yerba mala. Le llamaban el Duende, un bigotudo que tenía más de veinte años manteniendo la yarda de la casa. Angelina tenía pobre la vista por leer tanto manga, pero buenos oídos para escuchar el menor detalle desde lejos. Siempre le gustaba escuchar al Duende, precisamente cuando él pensaba que nadie estaba cerca. Cantaba canciones que apenas sabía, y algunas veces renegaba sobre sus clientes: 

—El de los calzones todavía no me ha pagado —decía—. Le voy a quitar ese jarrón que le vi por allá, para que se le quite.  

Y porque era chaparro y el jardín estaba relleno con paredes de hortensias, Angelina nunca podía verlo. Esa tarde sólo lo vio desde lejos, sus pelos parados y en varias direcciones y una cabeza de calabaza.

Sin pensar, Angelina se acercó y habló con el Duende. No le habló directamente, sólo aventó la pregunta sobre el porqué uno tiene que casarse. 

—Esta muchacha ya perdió su mente —murmuró el Duende mientras desenterraba algo con la pala—. ¿Y qué pensará hacer con su vida entonces?  

—Casarme —dijo Angelina—. Pero la vida no será igual.  

—Pues claro. ¿Crees que estoy feliz con mi esposa? La conocí de quince y ahora es como un oso, a diario me ataca con sus gritos. Así son los matrimonios y así es la vida. Dicen que todo requiere un sacrificio. Para que un árbol crezca, tiene uno que mocharle un poco para que resalte el próximo año. Pero hoy en día, mi vieja no hace que me resalte nada. Este arbolito nuestro nunca nació. 

Pero Angelina todavía tenía muchas preguntas. Continúo su entrevista con el Duende. 

—¿Y qué es el amor? —le preguntó. 

—Cuando estaba enamorado, pensaba mucho en mi señora y en el futuro. Pensaba que era una diosa. Viví más tiempo feliz con ella en mi imaginación. Pero nos casamos, y los bailes y las cenas no fueron lo mismo. Muy amargada y seca. Hoy ni quiero llegar a la casa. 

—No me has respondido.

—El amor dura dos acostadas, tal vez tres si es buena la segunda.

—¿Qué se siente cuando alguien te rechaza?

—El rechazo es algo tan bonito como el amor. Bonito en el sentido de que las dos cosas te hacen sentir como una mierda. 

—No te entiendo.

—Mi vieja primero me rechazó porque era pobre, pues no tengo nada de feo. Sentí que tenía que superarme primero. Me sentí bien después de poner este negocito de las yardas. 

El Duende empezó a toser incontroladamente. Angelina lo escuchaba toser. Tal vez era por los químicos, ese fertilizante y la tierra. Después de que se calmó su tos, Angelina siguió con sus preguntas.  

—¿Cuál es el chiste de vivir en un mundo lleno de sufrimiento entonces?

 —Quizás eso sea lo bonito del mundo. Sufrir. ¿Qué sabes tú, niña?

Angelina trató de encontrar al Duende entre las hortensias. Encontrarlo y seguir hablando con él. Quería ver a esta persona que tenía tanta experiencia. Podía escuchar su voz, pero el Duende se perdía en el laberinto y ella tropezándose con las paredes de hortensias. 

Angelina se quedó en el laberinto toda la tarde. No dijo ni pensó nada. El Duende empezó a recoger sus herramientas y partió.

Pasaron las horas y las luciérnagas prendieron sus luces. Angelina sólo reaccionó cuando los focos de atrás de la casa se encendieron automáticamente, aluzando todo el patio.       

Recibió un mensaje de texto de un número desconocido cuando ya estaba en su recamara. El mensaje decía “SEND NUDES”. Y luego recibió otro que decía “Get to know you a little more”. Los ignoró. No quiso pensar que era Tauro. Mejor pensó que había sido un borracho que jugaba con los números. 

Y mientras leía su manga sobre el colchón escuchó a su madre hablando con alguien por el teléfono.

—No, no. Ahora te casas con ella porque te casas con ella. Es virgen. Nunca salió de su casa. Nunca ha andado de loca. Ni tiene amigas ni amigos. Todo esto, por ti. Y ahora ten palabra, Tauro.

Era loca la idea de que se iba casar con Tauro. La boda ya estaba planeada. Su vestido ya lo había traído la costurera. El salón estaba listo. Los invitados seguramente planchaban sus ropas más elegantes. Angelina aceptó que tenía que pasar por esta vía de la vida como tuvo que pasar por la high school. Además, estaba muy involucrada en su manga para preocuparse.

 

En la iglesia, toda la gente hablaba. Y todo lo escuchaba Angelina.

“Ya se nos va casar la rarita”. 

“Y con el merito pley.”

“Bien niña. Bien inocente.”

Las familias celebraron el día de la boda en el jardín. Tauro y Angelina caminaban por el laberinto. A ratos él se distraía con la flora y la fauna. El olor, el color, con cada cosa. Observaba todo esto y concluyó que tenía belleza el jardín pero que el terreno necesitaba un cambio. Le dijo a Angelina:

—Vamos a quitar todas estas flores y poner un corral. Lo llenaremos con dos caballos, una vaca y un toro semental.  

—¿Qué es eso, Tauro? 

Tauro se volteó y susurró:

—Lo vas a descubrir. 

A Angelina le dio un escalofrío. No pensaba quitar nada de su jardín y se lo dijo a su nuevo marido. Pero Tauro se negó a mantener el jardín.   

En la noche de bodas, Angelina estuvo sentada en la esquina de la cama mirando el piso. Cuando Tauro quiso quitarle la ropa, ella empezó a bramar: “mmmmmm”. Tauro se alejó un poco. No sabía qué hacer y le llamó a la madre de su esposa.  

—¿Que está loquita? Nomás empezó a bramar como vaca…y qué quiere que haga, señora…está bien, está bien…buenas noches.

Tauro fue a la maleta de Angelina y sacó su manga. Se la dio y la apapachó, diciéndole que el toro se iba al otro cuarto a dormir. Y por el resto de la luna de miel, así se la pasaron, ella leyendo en un cuarto y Tauro en el otro. Y así ha sido el matrimonio de Angelina, ella lee en su colchón cada tarde mientras en la recamara matrimonial se escucha el bramido de un toro. 

La familia le pregunta a Angelina si tiene un matrimonio feliz. Ella responde que sí. 

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 Eric Melecio. Recibió los premios de ficción (2015) y poesía (2018) en el departamento de inglés de Northeastern University. En el 2018 su cuento “El manga” ganó el primer lugar en el II concurso literario de St. Xavier University. Actualmente atiende Northwestern University donde estudia una maestría en creative writing. Sus obras aparecen en la revista SEEDS.

 

 

 

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