Marco Escalante

Marco Escalante

Midwinter Festival: Pitchfork

14 febrero, 2019

Lo usual es que el espacio solemne de un museo de arte requiera, para la contemplación, del silencio. O en caso de que el acompañamiento musical sea necesario –como ocurre en los documentales sobre museos– se elige por lo general música clásica, para no quebrar la convención que exige combinaciones solo y exclusivamente al interior de la “alta cultura”. El museo de arte es, por ello, una institución susceptible al anquilosamiento, que sólo puede ser evadido con la renovación periódica de sus ritos.

Crítico de cine, al fin, no de música, traigo, para ilustrar la periódica desacralización del museo, algunos ejemplos fílmicos. En Band Apart (Jean Luc Godard, 1969), hay una escena memorable en que los tres personajes del filme cruzan corriendo los pasadizos del Louvre, quebrando con su alocada carrera el ritmo lento, y también la gravedad, que caracteriza a los espectadores comunes de ese solemne recinto. Brian de Palma, en Dressed to Kill (1981), convierte el museo de arte en un espacio de contacto erótico, llevando todavía más lejos la incursión de la cultura popular en un lugar sagrado, iniciado y saturado por Hitchcock en Blackmail (1929) y Torn Curtain (1966). El museo de arte, concebido por el cine casi como un arquetipo de la simetría y el orden, clínico en esencia y apariencia, ha sabido flexibilizar sus puntos de acceso para mantener cierta vigencia: sus salas, hoy en día, igual pueden albergar tesoros del mundo clásico, como muestras mucho más modernas cuyo lugar en un canon es aún discutible –instalaciones audiovisuales, fotografías callejeras, productos procedentes de la moda, etc.

La idea de llevar a cabo un festival de rock en el Art Institute de Chicago se inscribe en este contexto: se trata de revitalizar un espacio, de juntar experiencias aparentemente disímiles, de crear una relación simbiótica que amplíe la posibilidad existencial del museo y mude las presentaciones en vivo de su contexto normal. La idea es sencilla, pero más que interesante: mientras uno pasea por alguna de las numerosas salas del museo, por ejemplo la de los maestros flamencos, se ve sorprendido por la aparición de un cantante o un grupo que inicia en el acto un concierto. Avanzas hacia otra sala y ocurre lo mismo, durante tres días consecutivos. Eso, por supuesto, no es todo: hay conciertos que no son sorpresas y que tienen auditorio y hora fijos, estaciones móviles de comida gourmet, bares improvisados con vino y cerveza, transmisiones radiales espontáneas y, por supuesto y sobre todo, la colección admirable del Art Institute, sometida por primera vez, creo yo, a esa mescolanza vital de ruido y caos propios de la feria y la bohemia.

 

 

 

Que esta sea una oportunidad para recomendar paraderos obligatorios de viaje: White Crucifixion, de Marc Chagall; The Door, el mejor cuadro de Ivan Albright, sin duda; Girl with Cat, del gran Balthus; y la sala entera de un pintor que venero por razones personales: Robert Hubert –llena de cuadros que de monumentales ya tocan el suelo y el techo, todos igualmente maravillosos, adecuados para aquellos que adolecen de una sensibilidad anacrónica y aun disfrutan imaginando ruinas y jardines infinitos y perfectos.

En cuanto a música: un secreto todavía bien guardado. Hace un par de semanas, en un lugarcito medio peligroso de Chicago, en los intestinos de la calle Elston, sobre la misma Wabansia, vi y escuché a Haley Fhor, el cerebro tras Circuit Des Yeux, banda extraordinaria que merece, como pocas, el adjetivo mindblowing. No exagero si declaro que fue uno de mis mejores conciertos –y en mi medio siglo de existencia, he ido a muchos, de veras. Como ignoro todo lo concerniente a las descripciones genéricas, me cuesta creer que algunos taxonomistas coloquen los experimentos sonoros de Fohr dentro del género Folk. Todo lo que puedo acometer, en esta breve página, es una opinión impresionista: cuando la escucho, pienso en las posibilidades insólitas de la voz, en la voz como instrumento, al margen de todo significado idiomático. En dos palabras: su voz petrifica, pone en estado de trance, cante lo que cante. El concierto del Hideout fue tan redondo, tan complejo y memorable, que debiera repetirse en el Art Institute durante los festivales que vengan.

 

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Marco Escalante
es escritor y radica en Chicago. Es el autor de Malabarismos del Tedio, publicado por la editorial Sietevientos.

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