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Editor contratiempo

Los sonidos del cruce

8 agosto, 2018

I

Aquí—a lo largo de las estrechas vías y abruptos bordes de las ciudades en Texas y Mississippi—es donde viven estos lugareños. No es ni campo ni suburbio, y está lejos y cerca a la vez. ¿En las afueras? En las afueras te tiras a la autopista para escaparte de la ciudad, ves pasar volando los complejos de oficinas, polígonos de tiro y tiendas para cazadores, outlets y grandes cines.

Sigues conduciendo.

Empiezas a ver subdivisiones y mega iglesias. Ya casi llegas.

Y desde ese centro, si miras más allá de los monumentos al comercio, en la distancia, y atraviesas las marquesinas, los patios desordenados, las salas de estar y las cocinas, llegas a la intimidad del diario vivir del migrante. Y si escuchas, en estas casas (o en los salones de baile y rodeos) donde se congregan, escucharás los únicos sonidos e historias que cuentan…

III
Las historias han sido fundamentales para mi trabajo de investigador y artista. En ambos roles me he dedicado a traducir experiencias; es decir, cuento historias que conectan y conmueven…

Como estudiante e intérprete del folclor mexicano por casi dos décadas, he creado música con mis interlocutores, cambiando mis propias experiencias con una perspectiva única que ha moldeado mi comprensión del cruce de fronteras. Este enfoque fue fundamental para mi libro Sounds of Crossing: Music, Migration, and the Aural Poetics of Huapango Arribeño (Duke 2017). Pasé una década estudiando la improvisación musical en ambos lados de la frontera México-Estados Unidos, experiencia crucial para transmitir cómo los migrantes mexicanos construyen importantes comunidades en medio de una política nacional de inmigración a menudo mordaz.

Entonces, comparto un último atisbo en este mundo de historias y poesía; del huapango arribeño donde estuve y sigo sumido como músico; mundo a menudo ignorado o (intencionalmente) malentendido; un mundo del que nuestra política nacional nos intenta separar; un mundo íntimo donde abundan las historias y las personas y experiencias fluyen entre las fronteras físicas y culturales, interrumpiéndolas, afirmando lazos sociales que de otra forma se niegan…

 

Te montas y manejas un poco más.

Las cafeterías estilo Tex-Mex y comedores de barbacoa, parques de caravanas y tiendas de conveniencia salpican las intersecciones de calle que te llevan a otras carreteras e intersecciones, y así sucesivamente. Este laberinto eventualmente vuelve a la carretera, al bullicioso mar de hormigón y la prisa del comercio.

 

II

Hay también un paisaje humano que considerar. Los que cocinan la comida en los restaurantes y en los centros comerciales, los que limpian los complejos de oficinas y las cadenas de tiendas, los que construyen las casas en la subdivisión, son migrantes mexicanos. Viven aquí también —rodeados de las estructuras que construyen, pero alienados de las economías que sustentan. Están en el centro de un país que prospera gracias a su mano de obra.

 

 

Y desde ese centro, si miras más allá de los monumentos al comercio, en la distancia, y atraviesas las marquesinas, los patios desordenados, las salas de estar y las cocinas, llegas a la intimidad del diario vivir del migrante. Y si escuchas, en estas casas (o en los salones de baile y rodeos) donde se congregan, escucharás los únicos sonidos e historias que cuentan…

 

III

Las historias han sido fundamentales para mi trabajo de investigador y artista. En ambos roles me he dedicado a traducir experiencias; es decir, cuento historias que conectan y conmueven…

Como estudiante e intérprete del folclor mexicano por casi dos décadas, he creado música con mis interlocutores, cambiando mis propias experiencias con una perspectiva única que ha moldeado mi comprensión del cruce de fronteras. Este enfoque fue fundamental para mi libro Sounds of Crossing: Music, Migration, and the Aural Poetics of Huapango Arribeño (Duke 2017). Pasé una década estudiando la improvisación musical en ambos lados de la frontera México-Estados Unidos, experiencia crucial para transmitir cómo los migrantes mexicanos construyen importantes comunidades en medio de una política nacional de inmigración a menudo mordaz.

Entonces, comparto un último atisbo en este mundo de historias y poesía; del huapango arribeño donde estuve y sigo sumido como músico; mundo a menudo ignorado o (intencionalmente) malentendido; un mundo del que nuestra política nacional nos intenta separar; un mundo íntimo donde abundan las historias y las personas y experiencias fluyen entre las fronteras físicas y culturales, interrumpiéndolas, afirmando lazos sociales que de otra forma se niegan…

 

Fotos: Alex E. Chávez

 

 

IV

Doña Rosa tiene cerveza en la nevera para tardes como ésta. La gente llega y empieza fácilmente a conversar, como en huapango arribeño. Senovio, su marido, dejó de beber hace tiempo. Diabetes. Pero Doña Rosa mantiene la nevera surtida para poder ofrecerte hoy una congelada lata.

Entras y le pasas de lado a la montaña de botas y sombreros de vaquero del grupo de compañeros de trabajo que se ha reunido en la casa, con la cadencia motorizada del aire acondicionado que trata de enfriar el espacio.

La puerta se cierra y después de adaptar tus ojos a la oscuridad —gruesas cortinas granate bloquean el sol, con el único resplandor de la televisión y de bombillas fluorescentes que apenas iluminan la cocina.

Te las arreglas para pasar entre el apretado grupo, apretando las manos callosas de los músicos, hasta sentarte en el sofá forrado de plástico, cerveza en manvo, y entras en conversación, risas, y el afinar de los instrumentos.

Oyes a Doña Rosa que dice: “¡Todavía, cuando se casó la hija de mi tío, eran las ocho de la mañana y la gente bailando!”

 

Fotos: Alex E. Chávez

 

Hay un vaivén de charla y silencio, y como sucede a menudo en una reunión de músicos como ésta, los cuentos son de algún huapango arribeño memorable, y la admiración por ciertos músicos, sus personalidades y bailes inolvidables.
Doña Rosa y su marido, Senovio, conversan sobre algún músico veterano; que ya no toca hasta el amanecer por la edad. Ella menciona que otros sí, y bien. Recuerda una actuación cerca de su rancho en México. Fue en una boda:

¡A las diez sirviendo el desayuno a toda la gente— menudo y todo— y los músicos tocando! Esa boda fue en Álamos. . . . Ahí se hacen las bodas y se acostumbra que en la mañana se les da desayunar a la gente—el menudo y barbacoa que sobró, lo que haiga.

Los cuentos de las grandes fiestas y celebraciones desencadenan recuerdos de su gran familia, ahora dispersa por todos los Estados Unidos. Ella dice, orgullosa, “Dondequiera que escuches ese apellido —Ibarre — es de la misma familia (la mía)”. Senovio sigue su pauta y extiende estos lazos de parentesco nombrando lugares específicos en los Estados Unidos.

Juntos siguen listando ciudades y pueblos, trazando cuidadosamente un mapa de todas las personas a las que están conectados. Se ríen, los escuchas, y también te ríes. Y sigues sintiendo el huapango en el horizonte…

Traducción de contratiempo.

 

 

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