Maria Ximena

Maria Ximena

Las otras voces de La Traviata

5 julio, 2019

Según casi todos los cánones culturales, la ópera hoy en día es un espectáculo culto, dirigido a una audiencia reducida que sabe muy bien qué esperar en las casi tres horas que, en promedio, dura su puesta en escena.

Hace unos años se consideró un género destinado a morir por su reducida audiencia y lo cara que sale su producción; sin embargo, hoy en día la gente sigue yendo a la ópera.

En los siglos XVIII y XIX, la ópera fue una forma de espectáculo muy popular y de talante masivo, con estrellas aduladas por el público de la misma manera en que la gente hoy idolatra a los ídolos de Hollywood.

Lo anterior, aunque asombroso, no lo es tanto como el hecho de que una obra escrita en 1853 todavía siga llenando teatros. Estoy hablando de la conocida ópera escrita por Giuseppe Verdi inspirada en la obra La Dama de las Camelias de Alexandre Dumas, hijo; que está presentándose en el teatro Lyric Opera de Chicago.

Apenas el viernes 22 de marzo se llenó el Lyric Opera con fans de Verdi de todas las edades. Fans que pagaron un no muy económico boleto y estuvieron hasta el final del tercer y último acto, con muy poca deserción durante los intervalos. Todo pareció normal dentro de la di- námica de cualquier espectáculo teatral pero los elementos de la ópera son bastante distintos a los del teatro y hasta a los de la misma zarzuela. La ópera es cantada. No tiene diálogos y la coreografía de las escenas puede llegar a ser confusa.

Era mi primera vez en la ópera y, tengo que confesar, no tenía nin- guna pretensión de entender todo; primero porque no hablo italiano y, segundo, porque entender lo que cantan los sopranos, tenores y ba- rítonos es muy difícil. Por supuesto que tenía muy claro que no me iba  a conmover hasta las lágrimas como Julia Roberts se conmovió cuando Richard Gere la llevó a verla en Pretty Woman.

 

 

Quizás yo venía predispuesta y con más información que con la que contaba Julia Roberts, o quizás mi miopía y la amplia distancia que había entre mi lugar y el escenario impidieron que llegara a entender la totalidad del guión. Sin embargo, disfruté la música, me metí en la historia atrapando palabras italianas que ni siquiera un italiano podría entender.

La historia de La Traviata es la de cualquiera de aquellas heroínas románticas de la novela francesa que murieron de tuberculosis y al filo de la muerte sacrificaron su amor. Violetta, la protagonista, interpretada por la soprano rusa Albina Shaigimuratova, se recupera de una enfermedad muy seria cuando conoce a Alfredo, interpretado por el tenor italiano Giorgio Berrugi, quien se enamora perdidamente de ella. Ella deja a su prometido para irse a vivir con Alfredo los momentos de salud y amor más inolvidables de su vida. Hasta que viene la tragedia, Alfredo se entera de que Violetta ha estado vendiendo sus joyas para costear sus gastos y Alfredo viaja a Paris para solucionar su situación económica.

Mientras está lejos, el padre de Alfredo se encuentra con Violetta y le pide que lo deje, pues piensa que ella está con él solamente por  el interés que tiene en el dinero de la familia. Violetta decide dejar a Alfredo persuadida por su padre y se deja morir. Al final, Alfredo descubre el sacrificio de su amada y ella se muere en su brazos víctima de tuberculosis.

Esta pequeña sinopsis se registra en el progra- ma que describe cada acto pero, en realidad, es muy difícil seguir el hilo de la historia sin haber leído el programa de mano con anterioridad. El teatro tiene una pantalla donde se proyectan las líneas de la ópera, es decir, el libreto de los acto- res. Yo que no llevé las gafas no lo pude seguir.

Sin embargo, me concentré en seguir las imágenes proyectadas en el telón que realmente creaban efectos en la puesta en escena. En las dos grandes fiestas que ocurren en el acto uno y el acto dos, hay varios acto- res en el escenario y se llevan a cabo distintas coreografías. Me pareció curioso que las transiciones entre escenas, cuando había mucha gente,   se basaban en el telón donde se proyectaban imágenes en movimiento, gente corriendo, hasta caballos galopando; dando la sensación de multi- tudes, de algarabía, de acción cinematográfica.

Arruinar la experiencia de un espectador en La Traviata por contarle  el final es más bien un chiste. Por supuesto que sabía el final desde el mismo día en que dije que iba a ir a la ópera. Yo no lloré a Violetta, debo ser honesta. Quizás fue por predisposición, como lo mencioné antes, debida a la cantidad de información que ya tenía sobre la obra; quizás fue mi ceguera o la falta de sensibilidad en mí, esa misma que le sobraba a Julia Roberts cuando Richard Gere la llevó a ver la famosa ópera de Verdi.

Mi reacción como público no fue conducida casi nunca por el hilo dramático. Fueron mas bien los otros sentidos los que me condujeron   por la obra, la música, las voces, los telones, las sombras, el movimien- to. Es como si hubiera logrado la capacidad de atender uno a uno cada sentido en distintos momentos; como cuando un ingeniero de sonido logra capturar en un solo canal la voz, en el otro la guitarra, en el otro el piano, y así sucesivamente.

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