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Editor contratiempo

La diversidad teatral en Chicago: ¿Realidad o fantasía?

8 agosto, 2018

El teatro debe reflejar a su sociedad. La nuestra, al ser una de inmigrantes que venimos de distintas partes del mundo, debería representarse de manera equitativa en la escena. Si nos diéramos la imposible tarea de acudir a todas las puestas en escena que suceden en un mes en nuestra ciudad, nos daríamos cuenta del esfuerzo que hacen todas las compañías teatrales en encontrar un elenco étnicamente diverso. La mayoría de ellas especifican, al abrir audiciones, que los actores “de color” (en otra ocasión hablaremos de la ridiculez de este término) son fuertemente alentados a audicionar. Y es que nadie quiere ver en escena a un elenco puramente blanco cuando se vive en una ciudad tan multicultural como la nuestra.

Pues bien, las compañías teatrales están haciendo su tarea para que sus temporadas tengan elencos “coloridos”. Algunas un tanto a regañadientes y algunas otras felices de poder ser parte de fomentar la equidad en la ciudad. Pero, ¿qué hay detrás de estas decisiones? ¿Qué hay detrás de la obligación que se tiene por mostrar elencos diversos?

En los últimos años he empezado a escuchar a actores blancos quejándose de no tener las mismas oportunidades durante los procesos de audición debido a su color de piel. Varios me han dicho que, por ser mexicano, puedo encontrar trabajo más fácilmente, que han tenido experiencias en las que han sido rechazados no por su talento sino por su etnia y que, en varias ocasiones, los actores que se han quedado con el papel no tienen las mismas capacidades actorales que ellos. El meollo del asunto radica en los personajes que pueden ser interpretados por cualquier actor. ¿Cuáles son estos personajes? He aquí el dilema.

La sociedad permite que personajes blancos sean interpretados por latinos, afroamericanos, asiáticos o cualquier otra etnia, pero lejos quedó ya la posibilidad de un Laurence Olivier interpretando a Otelo. Si montamos una obra de Carballido o Juan Ruiz de Alarcón, veo muy difícil que aceptemos ver a un actor blanco estadounidense en estos montajes. ¿Podríamos decir entonces que mis colegas blancos tienen razón? ¿Que ahora hay una discriminación racial hacia ellos? ¿Porqué alguien de otro color puede interpretar a personajes de mi etnia pero yo no puedo interpretar personajes de otras etnias? Esto, lejos de ser discriminación, es un balance a la equidad. Se llama historia. Se llama reivindicación.

Me encantaría poder vivir en un mundo en el que fuésemos tan iguales que cualquier persona pudiera interpretar cualquier papel. Un mundo realmente color blind o ciego a los “colores”. Pero ese tiempo está muy lejos de ser. Ahora es tiempo de mover la balanza al centro. Y si para mover esa balanza algunos tienen que cambiarse de platillos, que así sea. Los actores blancos siguen siendo la mayoría. Siguen siendo quienes están en el poder. Es hora de que la equidad llegue también al tablado.

¿Se sacrificará la calidad artística al escoger a alguien por su etnia más que por su talento? Tal vez. Pero, ¿deberíamos de abogar por la calidad artística ante todo? O, tal vez el arte, como cualquier otra manifestación humana, debe de ser sacrificado y puesto en segundo lugar en la lucha por la igualdad y la equidad. La pregunta que debemos tener siempre presente es: ¿Hasta qué punto debe ser sacrificado?
Hablemos ahora de la diversidad en otras áreas del teatro chicaguense.

Primero: ¿Se puede decir que nuestra escena es diversa cuando la mayoría de los textos que se montan están escritos por estadounidenses blancos? Chicago ha sido desde hace ya muchos años una ciudad cuna para dramaturgos contemporáneos. En muchas ocasiones, la ciudad ha sido su trampolín para ser reconocidos a nivel internacional. La contraparte de esto es que se fueron olvidando a los dramaturgos de otras latitudes y culturas. Es casi imposible encontrar montajes de dramaturgos extranjeros. Hay diversidad en los colores que vemos en escena, pero no tanto en sus escritores. Este es un muy lamentable ejemplo del “America first”.

Otra pregunta que me parece fundamental es: ¿Quién es el público teatral de Chicago? Claro que cada teatro tiene su propio público, pero si pensamos en los teatros más reconocidos e importantes de Chicago como el Goodman, Lookingglass o Steppenwolf y volteamos a ver a nuestro alrededor durante una función, nos daremos cuenta que la gran mayoría de los espectadores son adultos blancos. Y es que, después de todo, ¿quien tiene 50 dólares para gastar en una función teatral? ¡Y no hablemos de los precios de la Ópera por amor de Dionisio!… ¿Qué tan accesible es nuestro teatro? ¿Cuántas personas del sur o del oeste se trasladan al centro o al norte para llegar a estas grandes casas? ¿Quiénes son los que patrocinan y donan dinero para las temporadas? Creo que todos nos podemos imaginar las respuestas. La gran desigualdad en la distribución de la riqueza en Chicago (que está completamente ligada con sus etnias) permea en todo el arte.

Viéndolo de esta manera, la diversidad en nuestro teatro se reduce al color de piel de los actores. Nos sentimos bien y nos damos unas palmaditas en la espalda porque ponemos enfrente de nosotros una venda multicolor que nos hace ver un teatro progresista e incluyente. Hay que tener cuidado pues podríamos estar dañando al arte por engañarnos a nosotros mismos con una falsa realidad

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