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Editor contratiempo

Deux jours, une nuit

8 agosto, 2018

Es curioso, pero la más reciente película de los hermanos Dardenne, Deux jours, une nuit, parece una inversión contemporánea de un viejo poema atribuido, erróneamente, a Brecht: “Primero se llevaron a los comunistas”. En ese poema, es la última víctima de la represión política quien ofrece su testimonio de los hechos, advirtiendo al lector de los peligros de la indiferencia ya tarde, cuando la policía viene tocando su puerta.

En Deux jours, une nuit, es la primera víctima de una purga laboral la que recorre los tugurios de una ciudad belga, explicando a sus colegas de planta una tragedia social que ellos solamente pueden percibir como personal y ajena. Como en el poema mencionado, el personaje central de Deux jours, une nuit, Sandra, repite una y otra vez el mismo discurso, sólo que ante diferentes personas, como si el guión de la película se valiera en su estructura de estribillos: “Sé que te ha llamado el capataz para amendrentarte, lo sé porque ha llamado a los otros. Sin tu apoyo, perderé mi empleo”. Y la respuesta de sus interlocutores es también repetitiva: “Si te apoyo, pierdo mis bonos. Necesito esos mil euros”.

 

 

 

Debido a esta particularidad que permite memorizar fácilmente las líneas y a improvisar un tanto con ellas, como lo hacían los juglares de la antigüedad con los poemas homéricos, el guión de Deux jours, une nuit parece una rapsodia clásica, y este rasgo de naturaleza literaria convierte los ires y venires de Sandra en una pequeña Odisea, un relato homérico donde el heroísmo ya no es de la aristocracia, sino de la clase obrera, y donde la meta del retorno épico no es una mítica Ítaca, sino un bastión industrial.

En ese bastión, sin embargo, el trabajo de Sandra es enteramente mecánico, un medio de supervivencia que no exige creatividad alguna, sino sólo rendimiento. Acude entonces, como un recurso que eleva a la categoría de tragedia una historia cotidiana, el mito de Sísifo –como símbolo del trabajo ineficiente que por falta de motivación nunca alcanza las metas señaladas por el capital, desde el punto de vista de la empresa; como una condena al trabajo repetitivo y la consecuente esterilización del espíritu, desde el punto de vista de Sandra. Volvamos al título: Deux jours, une nuit es también un filme sobre la muerte del tiempo libre, sobre la extinción de los fines de semana, cuyo precario dominio ya fue invadido hace mucho por las demandas y conflictos laborales que el neoliberalismo propaga.

Sin tiempo libre, sin distracciones que enriquezcan el intelecto de la masa obrera, la vida se transforma en un apéndice del trabajo. Deux Jours, une nuit es por eso una película extremadamente física: Sandra, sudorosa y febril, nunca deja de moverse, como si su tiempo libre fuera una prolongación de la línea de ensamblaje, y su vida, en su totalidad, reflejara solamente el ritmo de la producción en la fábrica. En el desolado paisaje urbano en que transcurre su vida, ya no cabe la contemplación ni el pensamiento: el arte y las ideas son lujos. De allí también la austeridad brutal del estilo de los hermanos Dardenne –plagado de close-ups nerviosos, de escenas trepidantes que concluyen bruscamente, de imágenes y diálogos desnudos. La trama incluso carece de ese humor solidario (e italiano) que amortigua las dramáticas viscisitudes de los personajes de Ken Loach en, por ejemplo, Riff Raff.

 

 

Dos libros, quizá, articulan el sentido político de la película: El peso del mundo, de Pierre Bordieu; y Trabajo y desgaste mental, de Philippe Dejours. Del primero parece tomar no solamente el testimonio real que inspiró la película, sino también la idea de la erosión de la solidaridad de clase, como consecuencia de la desaparición o el debilitamiento de la organización política y sindical –situación que la película expresa incidiendo en el carácter solitario y marginal de la batalla de Sandra.

Del segundo, la idea del vínculo de la situación laboral contemporánea con la agudización de las enfermedades mentales: Sandra sufre de ansiedad y depresión, y en cierto punto de la película intenta incluso matarse. El capitalismo actual, como lo ha explicado Dejours con ejemplos concretos, no sólo ha desencadenado una epidemia de enfermedades nerviosas, también ha fomentado un uso estratégico de las mismas, puesto que en determinados espacios laborales un trabajador ansioso es mucho más eficaz que uno sano.

El intento de suicidio de Sandra me lleva, para terminar, a un filme en apariencia disímil: Cast Away, de Robert Zemeckis, cuyo personaje central, Chuck Noland, también intenta matarse. Que la película de los Dardenne sea experimental y marxista, a diferencia de la de Zemeckis, que es clásica y humanista, no impide la coincidencia de las perspectivas: en ambas la realidad aparece como isla –como isla metafórica en Deus Jours, une nuit, donde cada obrero, a pesar del trabajo colectivo se halla totalmente solo; como isla literal y existencial en Cast Away, donde Nolan se ve forzado a lidiar, por primavera vez en su vida, con el problema de la ausencia del “otro”.

En ambos casos el aislamiento radical conduce al colapso emocional y psíquico, incluso al suicidio; de allí que ambos personajes coincidan en una misma odisea: la búsqueda desesperada del “otro” –el amigo, el vecino, la comunidad laboral, la sociedad, el mundo. Esta aventura homérica del espíritu lleva, tarde o temprano, a la solidaridad –el momento más grave de Cast Away es aquel en que Noland, tras su retorno, muestra la nobleza de su espíritu por medio de la solidaridad expresada a un colega: “Siento mucho no haber estado junto a ti cuando murió tu mujer”; y el momento decisivo de Deus jours, une nuit, ocurre cuando un joven negro, inmigrante, le ofrece su solidaridad a Sandra, colocando, al modo marxista, la noción de clase por encima de la noción de género y raza. Solidaridad humanista en un caso, solidaridad marxista en el otro; no importa, las dos cuestionan con severidad un mismo mundo. Porque si algo engrandece estos filmes, desde un punto de vista moral y político, es su constante insistencia en la necesidad del conjunto, su denuncia del individualismo pragmático, dogma del darwinismo social imperante. Si es posible una utopía en estos tiempos, humanista o marxista, tiene que ser colectiva…

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