Miguel Marzana

Miguel Marzana

Consejo editorial

Nuevos autores en Chicago: Crystal Vance Guerra y Fabio Andrés Duque

8 junio, 2020

“La poesía es vida destilada”

                                                                                                                            Gwendolyn Brooks

 

En Chicago la poesía marca el ritmo de la literatura por sobre otros géneros, pero en la oscilación de la palabra que sondea con destellos, hay también un espacio que está reservado para el cuento. En la búsqueda de una palabra que pueda significar y que pueda acoger a esta generación de nuevos escritores pensamos en distintos términos; por ejemplo, el diccionario define la palabra novel a lo que proviene de la inexperiencia, es por eso que al preparar esta entrega de autores más bien jóvenes de Chicago repensamos lo que las palabras novel, nuevo y joven puedan tramitar en nuestras orejas y el entendimiento. En esta entrega de voces nuevas que quieren ser escuchadas o se deben escuchar, les presentamos tres poemas por Crystal Vance Guerra, además de un cuento y dos poemas a cargo de Fabio Andrés Duque.

 

Crystal Vance Guerra

 

Roatan, Honduras

(El Caribe)

 

demasiada blanca por la playa

demasiadas blancas por la playa

demasiada blanca y blancas

y biancas y britanies

y mike y john y steve

playas blancas dicen

pero siempre se tiñen

 

demasiados sueños color tierra por la playa

demasiados sueños y noches sin sueño

pesa el día y las pesadillas

trabajo de cuerpo

cómo trabaja la mente

cada momento de pausa una pausa

y las palabras y las palmas resuenan

las olas las marea con recuerdos a veces ni malos, sólo

siempre ya perversos

por la historia

por el presente

 

las blancas y los blancos por la playa

no ganan su dinero con su sexo

pero cómo gastan buscándolo

buscándola

la negrita

la india

la chela

la caracola

y su blanquita

cambio y venta

dolor y dólares

¿el sueño americano gringo?

quemarse, coger, cocos y coca

livin’ la vida loca

más loca poco puede más

hamburguesas de diez dólares y las mujeres igual

carne

carne y ‘caine

sangre y zombie

han olvidado vivir sin querer comérselo todo

 

las playas se llenan de ceniza

las palmas susurran

el cuento no cambia

 

Chicago

 

arrójame a los vientos de otoño

donde las hojas se incendien sin quemar la madera

dejando los árboles color carbón apagado

 

aquí los muros crecen y las casas decaen

aquí las palabras indígenas carecen de todo sentido

sin origen las fantasmas que habitan estos lares

 

camino y trazo

las ruinas del progreso

de las luchas de miles por producir acero

 

sangre sacrificada para que solo se tumbaran las fábricas

que al final siempre nos terminaban matando

la dialéctica de la libertad: justicia dentro de lo desigual

 

paradoja queriendo ser navaja

más pierde su filo de acero cada hilo que quiere cortar

lo más difícil: seguir siendo creativo

 

busco motivo para seguir pintando con colores

y no perderme en el plano cartesiano de una ciudad que se quemó y renació

bajo la condena de ser perfecta

 

los mitos de aquí no son tan antiguos

casi todos empiezan así: el destino manifiesta que esta tierra es nuestra

no se sabe de los dioses de la llanura ni de por qué luego rugen los tornados

 

en el D.F. dónde todo se tiñe de smog

todavía siguen vivos los cuentos y los colibríes

y aquí donde se ve verde y se ve azul

 

se siente todo zombi

 

Bebé Temblor

 

 

Bebé temblor,

la ciudad decae

a treinta años desde el último.

La tercera siempre es la vencida.

Edificios tlaquepaque,

la tierra sigue en rebelión.

Que se caigan las torres y las catedrales

que nunca la supieron acurrucar.

 

Bebé temblor,

camino y trazo

las calles que apenas son.

Veo mi departamento antiguo:

grietas, polvo, vacuo.

La ventana por la cual tanto soñaba estrellada,

pienso en la paciencia y cómo practicarla.

 

Bebé temblor,

tu existencia tambalea mi balance.

Mujer volcán de madre,

envuelvo mis manos con vendas antes de pisar el tatami.

Me hinco, respiro, me levanto

lista para pelear

porque así es el mundo

y así soy yo.

 

Bebé temblor,

me persigno ante el lago y nado hasta

que me espanto y regreso.

No me dan miedo las alturas

solo las distancias

y desde aquí

ya no veo el smog de mi ciudad.

Respiro aire, aire, aire,

y de vez en cuando humo. Sudo.

¿Serás otro reflejo

de lo que pudiera haber hecho mejor?

 

Bebé temblor,

ciudad quebrada y sólo anticipo

tus ondas oscilatorias,

de vez en cuando trepidatorias.

Ombligos del universo

México y tú bebé

vibran en mi vientre

 

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Crystal Vance Guerra es historiadora, periodista y poeta. Escribe lo que vive. Llama casa a Chicago, Ciudad Nezahualcóyotl “Neza” y las Islas de la Bahía, Honduras. Además de lo literario, coordina proyectos de protección ecológica e imparte clases de defensa personal para mujeres.

 

 

 

 

 

Fabio Andrés Duque

Collage

 

 

De la silueta  que todavía de ti conservo,

a diario recorto con mis tijeras

hilos de sangre de tu memoria

de tu carne,

de tus ramas secas.

La flor conservo aplanada entre mis libros,

todavía mis ansias tientan

la costura de tus jeans,

que serpentea en el suelo abandonada.

La caravana de enanos en la cual me convertía

todavía grita sus hazañas,

hace fogatas en mis sueños

y se regodea borracha

en las inmensas catacumbas

horadadas por nuestras aguas

lúdicas, blasfemas y telúricas.

En los caminos más abandonados

veo tu pubis de giganta

las curvas continuas,

los árboles deslucidos del invierno

semejan  esa frondosidad hirsuta.

Pero las tijeras se afilan a diario para el collage

y una caterva beoda de hormigas solícitas

acude ávida a lo que queda de tus despojos

y tu cadáver seco

ya descansa,

con las piernas displicentes e imprecisas,

en mi juicio.

 

Pan

 

Tal vez el reconcomio

la decadencia

la dejadez.

Que nos atrapen en estos hechos

devenir de gusanos

conminados a rumiar letras

sorber café

y comer mierda

bodrio suntuoso

y que venga la mano

y nos comande

y nos decida

y no decidamos

y nada cambie.

Tal vez el concurrir

el laberinto

la certeza

que trascendamos a la ceniza

feria de idiotas.

copular ebrios

legar los cuerpos

romper Las venas

vender las almas

auras podridas

o que venga el barranco

y nos espante

y nos tape

y no gritemos

y todo acabe.

 

Espectro

 

Una sombra inerte proyectada en la blancura musgosa era él, petrificado como en un cristal de ámbar donde no existía un solo movimiento. Súbitamente, del abandono inmóvil, la punta de sus dedos acariciaron un alga, una vibración repentina de todos sus sentidos lo estremeció y sintió la entraña de la laguna adentro de sus propias entrañas. Fue entonces que sus manos débiles se clavaron en el lodo y sus dos garras de nutria disecada se sacudieron convulsas.  Su cabeza abandonó el sonido sordo del agua y la atmósfera de letargo cambió bruscamente a una exhalación rabiosa. La tos angustiada de ternero recién nacido estalló, y la muerte, ya casi presente en todas las partículas de su cuerpo, lo abandonó.

Un calor palpitante hecho luz de sol lo despertó en un charco de sangre y barro. Horacio empezó a descubrir que tenía un nuevo y tortuoso día. Un sabor de alga salía todavía  de su boca y confirmó que no estaba muerto. Lo estremecía la noche entre el dolor, el cansancio y la incertidumbre de seguir vivo y tener que hacerlo unas cuantas horas más. El caparazón petrificado de lodo y hojas que creció en su espalda de los tumbos que había dado saliendo de la laguna le brindaba la sensación protectora de seguir pegado al suelo y sentir que de cierta manera ya estaba muerto y enterrado. Horacio durmió el quieto cansancio de la noche escuchando los insectos y demás alimañas que taladraban sus oídos, confundidos de sueños estertóreos, fugaces y vagos.

El miedo entumecido continuaba contundente a la mañana, cuando sintió que alguien arrancaba su rostro del barro. Afanoso, estallaba en sus oídos un ruido inefable y se entregó resignado. Fue arrastrado sobre la hierba mientras sus fuerzas eran tan solo el movimiento de sus ojos, daba manotazos al suelo por no sentir el insistente y doloroso roce de las ramas y el suelo. Su cuerpo  atravesó un templo quieto y apacible de espesura, un recinto fresco donde cúspides de árboles enormes convergían creando una cúpula cerrada y un suelo de arbustos húmedos en donde flotó impregnado de paz. Horacio sintió súbitamente la descarga de todo el peso de su cuerpo en un costal de fique, y durmió un sueño delirante  y turbado de montones de tierra y barrancos  que se derrumbaban y lo cubrían, entre treguas y respiros breves y sosegados de trinos y risas de niños.

Despertó una tarde calurosa. Sus huesos húmedos recobraron algún movimiento y observó por las fisuras de la madera una cálida y húmeda luz. Giró levemente y con dolor la nuca, y a su lado sentado sobre un tronco, brotaron las palabras  de una boca, y dos ojos anhelantes y cansados en un rostro rugoso, hirsuto  y apesadumbrado lo miraban:

− Mijo, ¿qué le pasó?

Horacio  miró al viejo con ojos taciturnos. Entreabrió su boca como si fuera a articular una voz y de nuevo se sumergió en el sopor. Ésas fueron las últimas palabras pronunciadas en todo el día selva adentro.

Pasaron dos días y el frío de la madrugada, junto con el susurro cansado de los grillos, sacaron del letargo su cuerpo abatido y descaminado al muchacho. Abrió los ojos y una luz azulosa y tenue penetraba la casucha, montada sobre pilares de chonta, atravesados por todas las paredes con travesaños de guadua por donde penetraba la luz. Las sombras confusas y aquel sonido de sorber pausado del viejo tomando aguapanela, lo levitaron dulce e inconscientemente hasta la puerta. Su rostro al fin se asomó por el resquicio. El viejo, sin mirar siquiera, estiró una de sus manos, sumergiendo un pocillo plástico en la olla humeante y dando la vuelta  lentamente lo puso en la abertura por donde Horacio se asomaba a gatas.

Las tejas de zinc vibraban como un enjambre de moscas metálicas. Una llovizna insulsa entrapaba todo y el horizonte que dejaba ver algunos arbustos que aparecieron entre la niebla y la oscuridad. Un perro famélico empapado emergió entre la hierba, pasó al frente de Horacio y erizó  los pelos del espinazo, cruzó una mirada displicente y se zarandeó el agua rociando al muchacho que ya se hallaba sentado en una piedra del pequeño corredor de la casucha. El sorber pausado de los dos miserables semejaba una letanía extraña y vaga.

−Allá no dejaron ni el nido de la perra, mijo –.  Comentó el viejo casi susurrando y con el pocillo todavía cerca de  los labios. El vapor brotaba de su boca al tiempo que  hablaba. Horacio bajó la mirada y estiró la mano para acariciar al perro que gruñía nervioso mientras de lado mostraba uno de sus colmillos. El perro alzó una pata enseñando su panza destemplada, y displicente se entregó a la caricia.

−El divino eccehomo mijo, así se ve usted; ¡Qué hijueputas! − Hubo un silencio breve −.Acá vienen de vez en cuando. Si no vieran que me da lo mismo si me matan, que no les sirvo ni pa machetiar.

El viejo sacó un chicote de cigarrillo de un hueco en la pared, lo prendió con un leño humeante de la estufa y prosiguió:

−Como me miran los miro y no me les escondo. Me hacen chistes pendejos y me les sonrío, se van después de dejarme la olla seca.

El viejo se levantó encorvando la espalda y estirando los brazos se desperezó. Asemejaba un gallo apaleado, enjuto y alámbrico,  mostrando una  osamenta pétrea  pegada más a la  piel que a los músculos. Después de estirar trémulo todo su cuerpo, tomó un machete gastado que se colgó en la cintura.

−Alístese pa irse mijo. Más tarde vengo y le regalo pa que se vaya. Por ahora escóndase ahí con Káiser. Ese sabe cuándo andan por ahí y no ladra, tan sólo se para con la cola entre las patas y gruñe como reverbero.

Descolgó también una mochila tejida de hilo, mugrosa y remendada de donde sacó un pequeño radio-transistor. Lo acercó a su oído y manipulándolo se fue buscando con sus dedos, entre la estática cacofónica, silbidos y tartamudeos producidos por la cajita. Dando brincos, bajando por un sendero angosto e irregular, el viejo  desapareció entre la manigua.

Un rugido abigarrado fue colmando el mutismo nativo de la selva a lo lejos. El canto rítmico de los pájaros y el sonido de roce de las ramas con el viento se desvanecían con esta alteración extraña y creciente. El viejo apareció empujando una piedra enenre que se derrumbaba a veces y enredaba entre los líquenes y helechos hasta aterrizar en uno de sus lados o en alguna oquedad del camino, en donde el anciano, con todas sus venas exaltadas hacía emprender otra vez su rodar tortuoso. Finalmente y no con poco esfuerzo, dejó la roca en el filo de la casucha después de sortear la última pendiente.

El rumor somnoliento en la choza se extinguió cuando los goznes de la puerta oxidada chillaron ahogados. Horacio ya se había incorporado y el viejo apenas lo distinguió entre el polvo fragmentado flotando que reflejaba la luz adentro de la casa. El resuello de mula que traía se fue apaciguando mientras se descolgaba la mochila atosigada de la que sacó un envoltorio de papel periódico que tiró a los pies del muchacho. Horacio lo observó indiferente y se recostó con los ojos bien abiertos. Del paquete, el viejo sustrajo una guayabera amarillenta en donde las huellas de sudor se hacían evidentes en las axilas y el cuello; asimilaban manchas de  óxido, un pantalón de terlenka de un naranja ridículo para unos pantalones y unos zapatos sin uso de los cuales se observaba el paso del tiempo sobre la elasticidad del cuero. Del papel periódico dio cuenta envolviendo varios aguacates enormes y brillantes que sacó solemne  de un rincón oscuro del piso de tierra.

El viejo prendió un montoncillo de hilachos de leña que sacó de un lado del fogón. Con soplos insistentes logró agrandar una candelada de la cual elevó su cara satisfecha y anhelante. Se incorporó del suelo de  donde  sonrió apartándose. Puso una olla irregular y negra en donde tiró una masa disforme de grasa que se derritió sin obstinación. Asentó con reverencia dos trozos de carne que hicieron saltar la humareda hasta tocar el techo de la choza. El aroma a carne sacudió el anhelo de los tres seres que observaban embelesados el fuego. Unas arepas acartonadas de maíz pilado sirvieron para acompañar los trozos de carne de la que dejaban caer algunas veces de sus manos engrasadas los nervios y cartílagos más duros, que el perro engullía del piso casi sin masticar.

De una tinaja plástica enorme, Horacio sacaba el agua que se echaba con un totumo,  costras de tierra y sangre caían de todo su cuerpo. Temblaba con insistencia mientras se arrancaba las pústulas más sucias. Sus dedos aparentaban flores moradas a punto de abrir y los surcos en carne viva de su espalda lucían una membrana pálida y húmeda. Al cabo de unos minutos se acercó a un claro de la choza en donde la luz del sol golpeaba serena. Se agachó sobre un morro de tierra y allí se quedó tiritando, arropado por un precario paño alcanzado por el viejo.

Horacio partió dos días después al cabo de mirar insistentemente las paredes de aquella casucha. Ya el viejo había partido sin siquiera avisar su ausencia. El muchacho estaba solo ante sus pobres y precarias circunstancias. Se instaló en los zapatos enormes y caminó decidido adentro de la casucha, haciendo y deshaciendo sus pasos en el piso polvoriento. Luego se terció la misma bolsa sucia y decrépita dejada por el viejo. En la bolsa esculcó y encontró  dos mil pesos enrollados entre papel celofán,  cuatro mangos verdes, una totuma con agua y un poncho de un blanco impecable con líneas grises.

El vómito amarillo y lechoso que se quedó lamiendo el perro fue el último  signo de ansiedad dejado displicentemente por Horacio. Emprendió el camino receloso y extrañado de la ausencia del viejo. Ya caídas las horas más oscuras de la tarde, tomó un sendero fangoso marcado de herraduras resquebrajadas por donde encontró el portal del cementerio. Dos puertas metálicas de barras gruesas, oxidadas, retorcidas y a medio abrir. Horacio irrumpió solemne en un suelo rucio de bruma espectral que invadía toda la inmediación de las tumbas, de las cuales algunas evidenciaban huesos desperdigados hasta el punto de ya estar enrevesados con otros ajenos. Ya jadeante, Horacio subió hasta el límite más alto de la montaña hecho de árboles de matarraton abrazados por alambres de púas. Caminó fatigado mientras observaba el surco oscuro y gélido del sendero, mientras el eco del berrido lejano en el motor un jeep Willys se oía adentrándose en la montaña.

 

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Fabio Andrés Duque. Nació en Cartago Valle Colombia en 1974. Luego de vivir 20 años en Bogotá, emigró a Chicago, donde se ha dedicado a la literatura  y a la creación de algunos textos en prosa, poemas y asistir a talleres de creación literaria. Actualmente estudia Lenguas y Culturas Latinoamericanas en la Universidad de Northeastern en Chicago.