om ulloa

om ulloa

callAs:y:fuMABA

14 febrero, 2019

Yo tenía un tío bruto que adoraba a Pedro Vargas. todos los días venía a mi casa matancera por las tardes, a recoger la cantina de comida que mi madre le mandaba a mis abuelos, y a oír un programa de música mexicana que se cogía por onda corta… pon la chorgüev, llegaba diciendo a mi hermano, experto en agarrar las ondas de la voz del as américas y estaciones de rock mayamenses. en la penumbra del atardecer de la tensión creciente de aquellos mis años 60 cubanos —NosVamosVámoNosPeroCuándo— mi tío bruto se tiraba en el piso a escuchar la radio con cara de ángel, con callos en las manos y los ojos cerrados. Y yo lo miraba desde detrás de la areca del patio y dejaba de matar hormigas para oír música mexicana con él. Toña la Negra. Infante. Elvira Ríos. Negrete. Vargas… todo aquel Mágico Susurro del Drama.

Violines galopantes. aquellos guitarrones del acabose en amoríos por desastrosa vereda tropical… dicen, en los documentales de su vida-tragedia-griega que a la diva Callas le gustaba también esa música maravillosa… Ah Le Mexique… tan exotique. que la Diva cantaba rancheras en bata de casa y sin maquillaje operático. Y tal vez con el totogriego a la vista, mullido me lo imagino yo, tupido de arias al por mayor apresadas… profundo y negro como mi suerte… voy, por la vereda tropical… lo que quiero es que vuelva… la que se fue… divinamente normal la Divina, merodeando por su casa. huyéndole a la peste de la tragedie… abol(l)erada…

Cerca de mi casa matancera, un amigo de mi padre tenía una vieja máquina de escribir que a mí me fascinaba. Smith-Corona decía… no, lo gritaba aquel rótulo de metal. era un señor culto que pronunciaba bien las erres en medio de aquella infantil matanzas lujuriosa de eles sueltas por doquier, libidinosas, laterales ululadas por eulelios pLanchando sus eulogías al laberinto lulú… de una niña de seis años como yo, que ya se escondía detrás de la areca a matar hormigas mientras arrastraba las letras con lengüita turbia de interminables palabrerías narradas a sotto-voce… por eso, ver una Smith-Corona brillante, radiante y grafiletradas sus teclas en medio de un escritorio asfixiado por papeles y rodeada la máquina de sobres de cartas parAvion —que ya el éxodo llevaba años en marcha, y Guerrero había ya escrito miles de cartas en nombre de todos, que estampadas con sellos cubanos flotaban en limbos varios meses hacia destinos inciertos a apenas 90 millas.

 

Y a cambio, a veces, nos llegaban raquíticas unas pocas, desviadas por terceros y cuartos países, siempre olorosas a chicle, peligrosas con cuchillitas de afeitar dentro… todas aromáticas de otro tipo de realidad, su papel de china del más fino —para que ni pesaran— y esas cosas inolvidables para mis ojos huecos, que para los demás humo, neblina, escape. sí, fue un precipitado orgasmo visual entre teclas y ojitos bizcos ver la Smith-Corona, desearla sin entender por qué, como otras veces después, casi mujer… el deseo oscuro de una mentira clara, transparente… there: a feeling… dijo Celan…

Y el día que la Callas entró a mis oídos fue como un resoplido de chicharras en vías de extinción, apresurado, extraño, la aguja arañando el desgastado disco. vinilo, le dicen hoy. entonces grooveINgrooveOUT. de la enorme mano de mi padre crucé el patio —después de entrar por el portón de la casa de Guerrero, su viejo amigo y escribidor de cartas ajenas. un patio húmedo que olía a tierra. Y de pronto la voz, de lejos. las chicharras de la memoria, siempre. al vernos Guerrero bajó el volumen. no quitó el disco, y agradecida le estoy. mientras él y mi padre se saludaban dándose esas repetidas palmadas en la espalda que se dan los “hombres”, Guerrero me miró sonriendo y me dio permiso para poner una hoja en blanco en la Smith-Corona… pero ten cuidado, dijo, que ya casi no se encuentran cintas… aahhh, el deseo, el temblor, la ansiedad, las ganas…

Y de fondo, la voz, el chicharreo, cantando lo que muchos años después reconocería como O mio babbino caro… aquella cacofonía incierta entre agudos griticos y la tristeza devastadora para toda la vida mia. no entendía nada pero qué triste, aquella voz, y mis ojos bizcos con espejuelitos se aguaron… se encharcaron con lagrimitas de cocodrilo infantil revolcado en su fango tropical, a punto de despegar en desacertado vuelo para no volver, no regresar, jamás. Y empecé a teclear con mucho cuidado, temblequeando… tr i st tri stona triste cita mlania est á triste porque é ella canta triste… hasta casi llenar la hoja, Guerrero mirándome nervioso…

Y con cada tecleo un placer indescifrable cada vez que la voz se alzaba y surgía entre las matas de mango y aguacate del patio, yo sentada en el escritorio del hombre culto, el escribidor de todas nuestras penas a punto de esfumarnos de una vida para entrar en otra, aspirando la humedad de aquel patio, los sobres parAvion por doquier, la ausencia que quiere decir olvido, jamás… cuando ya nos íbamos le pregunté a Guerrero, con vocecita bitonga, que quién era la señora, la cantante. Ah, dijo y se quitó los espejuelos y alzó los brazos y le vi los pelos del sobaco, sudados, porque andaba en camiseta, porque como siempre era una cuba húmeda y ya se decapitaban los botones de las camisas, sin repuesto… y había que cuidarlas, las guayaberas, la ropa, las medias… mirándome, dijo… Esa es la Divina… La única… La diva de todas las divas… ¡María Callas! Y al decirlo su exclamación flotó en el aire, se me acercó al rostro y rebotó.

Y se enderezó jadeante. le dio otra palmada de despedida a la amplia espalda de mi padre cuando cruzamos el portón y salimos de nuevo a cuba, matanzas bajo el sol (su majestad, el sol)… que la persigue y el viento que la rechaza… el sol que nos rompió la crisma, en grietas… y en cada surco, la Callas quedó semilla que germina, que germina… pocos años después, todos los jueves por la tarde yo y mis once-pa’doce-añitos, corríamos al kiosco de revistas, novelitas y chocolatinas en la esquina de condeDEpeñalver y ayala a comprar revistas con el escaso dinerito semanal.

 

 

Ya el viejo verde me veía llegar, y me saludaba con aquello que me sonaba tan raro de hala, mirad a la iberoamericana, con sus “ojicos” tiesos en mis recientes tetas adolescentes. me había cansado de corregirle que yo era cubana, porque hasta tal vez ya se me quería olvidar, eso, tal vez. me daba mis revistas, o mi chocolatina, o mi novelita de vaqueros o diminutos poemarios de bécquer… y el tipejo me despedía con hala, a leer… que te va’ quedar ciega… lo soportaba porque el viejo me daba crédito cuando no me alcanzaban las pesetas, y pesado se sonreía… a ve si no te va pa’cuba sin pagarme, maja… y llegando al cuarto piso de ayala 77-madrid 7, abría yo mi Lecturas, Semana, Mundo Joven… cualquiera de aquellos folletines, y un día… sin recordarla ya, La Callas Divina me saltó de la foto en medio de su gran escándalo romántico. leí su nombre y olí la tierra húmeda del patio y vi los pelos del sobaco de Guerrero, y la oí, tan triste… en medio del estupor del chicharreo del disco casi rayado.

Era esta, entonces, me dije mirándola, inmersa en sus ojazos, su triste sonrisa, su abrigo de pieles, ella tan triste… Callas. Y rocé su rostro con mis dedos y leí todos los pies de fotos, el artículo y me enteré de todo el imbroglio… y de que había nacido un día antes que yo, apenas gemelas… o casta diva, novelera tú, que ni habanera yo…

Y así, casi todas las semanas después, la Callas Divina, yo viviendo su tragedia griega en las revistas de chismes… yo bebiéndomela en sus poses de playa, de yates, de escenarios, de paparazzi, la diva entre mis dedos temblorosos y ansiosos de fuertes emociones… there: a feeling… dijo Celan…

Y entonces… años después, de una cabina de audio de Rose Records, aquella magnífica tienda de discos de la Wabash, caminando entre los pasillos de jazz y clásicas, flotaba… algo.

Y la oí de nuevo, con apenas unos 17 años… en aquellas escapadas a la gran ciudad a comprar discos, a oler suciedad urbana, a ver negros, a ver arte, a ver, a ver, a ver… chicago la fría, la única, la gran diva urbe de la mia vita… Y allí retumbaba la misma Callas Divina, lontano, lontano y me quedé mirando a la mujer sentada en la cabina, audífonos puestos, con los ojos cerrados y el rostro ido, ido fugit. cuando salió, con el disco en la mano, miré la foto y se lo pedí para escucharlo yo. me lo dio sonriendo, orgullosa de compartir cultura. me senté en la cabina, la ansiedad comiéndome, y la puse, temblándome la mano, la aguja arañando el disco, aquel sonido impactante que me trajo de nuevo el patio de Guerrero, la humedad, mi padre tan joven, su mano enorme tan segura, la Smith-Corona, aquella niñata gordita y triste, los sobres de cartas parAvion… Y me senté a escuchar Ebben! Ne andro lontana… Y empecé a llorar. triste. triste… mlania está triste… a moco tendido lloré esos lagrimones calientes y salados de los adolescentes que duelen ya por todo lo que va a venir, pero aún no lo saben. y no les importa, porque es un placer particular, grandioso, espectacular… ese tierno doler joven sin saber del dolor mayor que nos espera. que nos acosa. que nos llega y nos destroza. saber del dolor y no importarnos por el placer, el goce. de la carne. del arte. el goce por el amor al arte del placer. la Callas lo sabía. lo supo siempre. Y por eso, encima de ser divina, fumaba.

 

___________________________________________________________________________________________
om ulloa nació en Matanzas, Cuba. Ha publicado cuentos y “prosemas” en diversas antologías (En el ojo del viento: Ficción latina del Heartland, Roosevelt University, 2004; Cuatro cuentistas de Chicago, Ed. Vocesueltas, 2007), blogs y revistas (Contratiempo; Mandorla; generaciónMeX; VocesCubanas; After-Hours; TriQuarterly, Northwestern University, entre otros). Se desempeña como escritora, traductora y correctora.

Comentarios

Comentarios