Andrea Ojeda

Andrea Ojeda

Consejo editorial

Arde Latinoamérica

17 febrero, 2020

En los últimos meses hemos visto en distintos medios noticiosos, estallidos de protesta sucedidos en diversos puntos del continente. Si pudiéramos verlos desde un satélite, podrían ser fuegos artificiales que van sucediendo a distintas horas de la noche. Estos estallidos varían sin embargo en su orígen, proviniendo de distintos signos ideológicos y distintos desempeños socioeconómicos. Estalla el descontento en países con gobiernos de izquierda (Nicaragua, Bolivia) por corrupción y las intenciones de perpetuidad de sus gobernantes, y estalla en países con gobiernos neoliberales (Chile, Colombia) por instaurar medidas drásticas de austeridad. Como quiera que sea, el denominador común emana de malestares más concretos, principalmente del hecho de que en latinoamérica, el 10% de la población concentra el 71% de la riqueza, y de que nuestros gobernantes han mostrado una terrible falta de sensibilidad ante las necesidades de sus ciudadanos.

Del norte al sur del continente, y pasando por el Caribe, se siente en estas demostraciones el descontento y sentido de injusticia generalizados, de poblaciones que llevan décadas sufriendo escasa o nula movilidad social. En algunas partes los movimientos han sido pacíficos, pero en otras, se han tornado violentos, con intervenciones de la policía y el ejército que dan palo sin importar quién lo recibe, resultando en algunas muertes y varios heridos. Como muchas cosas que suceden en nuestros países, la llama crece y después se apaga (llamarada de petate lo llaman en México), pero en casos como Chile continúa firme y decidida a arder por el tiempo que les tome modificar su misma constitución.

      Ilustración: Gran OM & Kloer

 

 

Recibimos una nueva década inquietos e intranquilos con la amenaza de que estas brasas puedan volverse a encender, y con la amenaza de cuatro años más de trumpismo en los Estados Unidos. El mundo se polariza ideológica y económicamente, la brecha crece entre ricos y pobres y la gente se ciega a reconocer y aceptar al “otro” como amigo, resultando esto en pugnas más fuertes entre ciudadanos y en tendencias más autoritarias de sus líderes. La exacerbación del individualismo y su búsqueda por su propio enriquecimiento, ha desquiciado al sentimiento comunitario de nuestras sociedades. Es quizás la hora de replantearnos qué queremos y qué necesitamos como humanidad. Un poco de humildad y bondad pueden ser un buen comienzo.