Jochy Herrera

Jochy Herrera

­¿Agoniza el abrazo?

27 abril, 2020

Me desprendo del abrazo, salgo a la calle.

En el cielo, ya clareando, se dibuja, finita, la luna.

La luna tiene dos noches de edad. Yo, una.

Galeano

 

Fue un pediatra eslovaco, en 1918, el primero en alertar a la ciencia sobre la importancia de los reflejos en el examen del recién nacido minutos luego de este haber arribado al mundo tras abandonar el útero materno. Se trataba de Ernst Moro, quien observó cómo gracias a los movimientos de abducción y aducción los neonatos son capaces de alzar las extremidades superiores en intento de abrazo luego de ser levantados y dejados caer levemente sobre una superficie plana por médicos o enfermeras, o, por igual, posterior al ruido producido por una palmada en su cabecera. Reacciones involuntarias dicen los psicoanalistas; instintos que facilitarían su protección acogidos en el regazo materno.

Durante casi un siglo, la observación de aquel astuto galeno se ha conocido en el argot médico como “reflejo del sobresalto”, “reflejo del abrazo” o simplemente reflejo de Moro; los neonatólogos utilizan esta sencilla maniobra en el día a día a fin de confirmar el normal funcionamiento del sistema nervioso central del niño. Para quien suscribe, ella ha motivado la reflexión hacia la que este texto pretende aproximarnos: cuan íntimamente humano es el acto de abrazar y cuan inconcebible es la amenaza que sobre él ejerce el distanciamiento social en estos tiempos de pandemia.

A través de las civilizaciones, el lenguaje corporal y las expresiones de contacto físico como el abrazarse, asumieron variadas representaciones dentro de las culturas de Oriente y Occidente: acto de celebración caballeresca durante el Medioevo; revelación divina entre los místicos; símbolo de reconciliación durante los conflictos bélicos, e incluso, felizmente, espejo del rechazo a la homofobia en la contemporaneidad, como han sugerido algunos sociólogos.

En una de sus más importantes obras, “Zoon politikón”, Aristóteles expresó lo siguiente: “(…) es evidente que la ciudad es una de las cosas naturales, y que el hombre es por naturaleza, un animal social, y que el insocial por naturaleza y no por azar es un ser inferior o un ser superior”. Dicho de otro modo: ente cívico, político (de polis), a diferencia del resto de los seres vivos, el Hombre porta en sí mismo la capacidad de organizar la vida en grupo, de crear espacios que le faciliten su relacionarse en público y en privado. Contrario a las bestias y los dioses, sólo puede lograr aquello en comunidad. Somos, en suma, individuos intrínseca y decididamente sociales. Necesitados, los unos a los otros para ser y existir como un Uno y como un Todo.

La (apropiada) frase de moda que encomia la protección contra el malvado bicho que nos azota, la peyorativa y contradictoria “urgencia de distanciamiento social”, porta en sí misma entonces un potencial desafío a cada una de las ya mencionadas expresiones físicas comunes entre los humanos. Desde el mismo abrazo, el apretón de manos, el beso íntimo o social hasta el baile en pareja; se trata de actos que empiezan a parecer cosas de un pasado remoto al que distópicamente recurrimos aferrados a una extraña nostalgia de lo que hemos sido y tememos no ser jamás.

Tal como establece el diccionario de la RAE al definir el abrazo, este equivaldría a un acto inexistente de no ser por las acciones de carácter ajeno que lo identifican; ajenas porque como condición sine qua non él requiere de plural(es). De otro(s): Abrazar: ceñir, rodear, estrechar, incluir… Sin intención de conformar una escatología del intercambio físico-sentimental, son muchos los tipos de abrazos que pudiésemos enunciar aquí: el clásico y el visual; el abrazo de baile, el alejado, el asimétrico y el lateral. Sea a los cuatro vientos o en la intimidad, todos exteriorizan nuestros sentimientos, los de índole amorosa, filial o familiar. Existe, por ejemplo, el que justamente en “El libro de los abrazos” describe Eduardo Galeano en el epígrafe: aquel abrazo en el cual el sujeto abandona el lecho y parte tras las huellas del tiempo en busca de la inmensidad del existir simbolizada en los astros del firmamento. Conocemos incluso el abrazo sin brazos, como el del joven argentino Víctor Dell’ Aquila.

Este último trata del gesto de un emocionado hincha quien, ante el triunfo de su equipo frente a Holanda en la copa mundial de fútbol 1978, se lanza a la cancha a fin de abrazar al arquero a pesar de ser físicamente incapaz de hacerlo resultado de una discapacidad: Dell’ Aquila había perdido accidentalmente ambos brazos cuando apenas era un pibe. Gracias al pullover que vestía, parecía tener unos brazos largos y lánguidos nacidos desde los hombros pero que el viento claramente revelaba estaban “hechos” de tela. La imagen de aquel incidente recorrió el mundo gracias al lente de la fotografía, fijando para la eternidad el acto de un hombre que a pesar de no tener brazos, quiso abrazar.

Hay acaso por ahí además abrazos traidores, hipócritas, como el ósculo de Judas y como el de la alevosa puñalada que, para ser mortal, requiere la cercanía. Pero esa es otra historia. Históricos, eso sí, han sido algunos otros que en la contemporaneidad sacudieron estipulaciones y normas: el atrevido abrazo de Michelle Obama a la intocable reina Isabel II durante el protocolo de la reunión del G20 aquel 2009; o, los que, en la rambla barcelonesa, dispuesto a darlo todo en contra la islamofobia, repartió un hombre a decenas de transeúntes hace un par de años. Ante los despechados ataques de la Yihad, este anónimo encomió a peatones de todo género y edades a que acogiesen sus ruegos plasmados en el cartel que orgullosamente mostraba: “Soy musulmán, no terrorista; reparto abrazos de amor y paz”.

Están por supuesto los abrazos furtivos que compartidos en la pira de la pasión, transforman tal acto en armagedón de los cuerpos, como narró Cortázar una vez: “…porque nada creía que pudiera apenarte en esa maravilla de caricias que nos volvía ovillo blanco y negro, lenta danza en que el uno pesaba sobre el otro para luego dejarse invadir por la presión liviana de unos muslos, de unos brazos, rotando blandamente y desligándose hasta otra vez ovillarse y repetir las caídas desde lo alto o lo hondo, jinete o potro, arquero o gacela, hipogrifos afrontados, delfines en mitad del salto”.

Aunque la actual crisis provocada por la peste nos obligue a la lejanía física, no quepa duda: jamás desaparecerá el abrazo. Está inserto en las raíces neuronales que conducen nuestros instintos; en ese reflejo del recién nacido a través del cual sus células aprenden a secretar serotonina y neurotransmisores, combustible emocional que el contacto físico materno les induce y que llegada la adultez modulará sus expresiones corporales. Ya lo dijo con acostumbrada elegancia Antonio Gala: Que ningún juez declare mi inocencia,/ porque, en este proceso a largo plazo/ buscaré solamente la sentencia a cadena perpetua de tu abrazo.  

 

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Jochy Herrera es cardiólogo y ensayista, autor de Estrictamente corpóreo (Ediciones del Banco Central de la República Dominicana, 2018). Miembro del comité editorial de la revista Plenamar.do.

Foto:  Mónika Despradel y Raúl Valdez, cortesía de la producción de “X Mandamientos”

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