¿Puede un presidente que niega el cambio climático acabar con los empleos ecológicos?

Ilustración de Alynn Guerra

Donald Trump fue elegido en noviembre pasado sobre una plataforma que incluía la negación al cambio climático y la promesa de traer trabajo a las comunidades del llamado Rust Belt (o “cinturón del óxido” por ser una zona de EEUU donde prevalecen las fábricas); comunidades que han sufrido mucho por la desindustrialización. En los meses siguientes, su estrategia para crear traba-jos se vuelve cada vez más clara: aumentar incentivos fiscales y avergonzar a compañías que mueven sus operaciones fuera del país.

Tomemos el caso de Carrier, una planta manufacturera en Indianápolis que produce aires acondicionados. En principio, Trump amenazó con imponer aranceles a las importaciones de Carrier, tras de que la compañía hubiese anunciado que movería una de sus plantas a México. Después supuestamente, llamó a Greg Hayes, el CEO de la compañía madre, United Technologies, quien accedió a mantener la planta en los Estados Unidos a cambio de $7 millones de dólares en incentivos fiscales. (Carrier después admitió que solo una porción de los empleos de su planta, permanecerían en el país.)

La decisión de la compañía de mantener empleos en los Estados Unidos fue declarada por la maquinaria de relaciones públicas de Trump como una victoria, pero no queda claro que ésta sea capaz de traer a la larga cambios sustanciales en el acceso a trabajos. Hayes, anunciando que estos incentivos permitirían inversión adicional en la planta, admitió que ese dinero se invertiría en automatización. Y ya sabemos que con la au-tomatización, lo que se presenta eventualmente es: menos trabajos.

“La automatización significa menos gente”, dijo Hayes a CNN. “Creo que tendremos una reducción de la fuerza de trabajo en algún mo-mento, una vez que la automatización empiece a funcionar”.

Al contrario de los trabajos regulares en producción y manufactura, los trabajos ecológicos en la industria de la “energía limpia” o clean energy, se han mantenido a la alta constantemente. Esta primavera pasada, por ejemplo, los empleos en energía solar rebasaron a aquellos en petróleo y gas natural, mientras que un estudio realizado por Asesores del Cambio Climático de la Fundación Rockefeller y Deutsche Bank, descubrió que la modernización energética de edificios en Estados Unidos, podría crear más de 3 millones de “años empleo”.

La administración de Obama fue fuerte partidaria, por la mayor parte, de la tecnología limpia. En 2008 peleó por darle créditos fiscales a negocios que invirtieran en energía solar y de viento, créditos que fueron extendidos en 2015, hasta el 2020. Tan solo el sector de energía solar vio un crecimiento enorme; 17 veces más rápido que el de la economía de 2016 en general, de cuerdo con el National Solar Jobs Census, alentado principalmente por fondos de estímu-lo en 2009, que invirtieron en energía solar.

Trump, mientras tanto, ha prometido poner su inversión en la industria del petróleo y el carbón, así como también desmantelar el Clean Power Plan (o Plan de Energía Limpia), que pretendía imponer un límite a la contaminación de dióxido de carbono. Ha declarado también una guerra total a las regulaciones que incluyen reglas específicas destinadas a promover energía eficiente, un paso visto por muchos como el primer rechazo a la guerra contra el empleo ecológico.

Es un panorama sombrío, pero según expertos, esto no puede detener el crecimiento de empleos en el sector de energía limpia ni los esfuerzos de sus sindicatos por organizar a sus trabajadores.

Joe Uehlein, presidente fundador del Labor Network for Sustainability (Red Laboral de Sustentabilidad), que busca zanjar la brecha entre los trabajadores y el movimiento climático, afirma que Trump no puede por sí mismo detener el movimiento hacia las energías de viento, solar y geotermal. “Ese tren dejó la estación hace 10 o 15 años, y está tomando cada vez más velocidad”, dice Uehlein.

Una razón clave del optimismo de Uehlein y otros analistas es que el crecimiento de la energía verde ocurre a nivel de estado. Un estudio del Brookings Institute en diciembre de 2016 concluyó que con poco o nada de apoyo del gobierno federal, estados y otras localidades serán cada vez más esenciales para empujar la economía hacia trabajos ecológicos.

Uehlein dijo que él ya ha visto el éxito de esto a nivel estatal, además de la aparición de buenos empleos sindicalizados. En particular, se refirió al parque eólico más grande del país, aprobado en 2017, y que ayudará al estado de Nueva York a obtener el 50 por ciento de su energía a través de fuentes renovables para el año 2030.

Esa realidad puede complicarse en estados rojos (republicanos) cuya ideología desvía sus inversiones lejos de políticas positivas hacia el medio ambiente. Tomemos por ejemplo a Indiana, el estado natal del vicepresidente Mike Pence, donde en 2015 se intentó añadir cargos a las cuentas de luz de personas que usaban energía solar. O Tennessee, cuyo brillante sol no ha podido ser convertido en energía solar, en gran parte porque el estado no cuenta con un estándar para portafolio de renovables, un mandato que estimula a las empresas de servicios públicos a usar fuentes verdes o alternativas, del cual otros estados que sí la utilizan se han visto beneficiados. Mientras tanto, Florida prohibió el uso del término “climate change” (cambio climático) en comunicaciones gubernamentales, correos electrónicos o reportes oficiales.

Pero eso no cambia el hecho de que el interés en empleos verdes es predominante-mente bipartisano. Varias encuestas a votantes republicanos, muchos de ellos simpatizantes de Trump, realizadas en los últimos seis meses, han reportado apoyo hacia la energía renovable. El Doctor Daniel Kammen, director del Renewable and Appropriate Energy Laboratory (laboratorio de energía adecuada y renovable) de la universidad de Berkley, creó el modelo laboral ecológico para Estados Unidos a fin de entender el futuro de la energía verde de aquí hasta el año 2030. Dicho estudio concluye que la energía renovable puede crear millones de empleos.

 


Yana Kunichoff es periodista de investigación y pro-ductora, radicada en Chicago. Ha cubierto desde el alzamiento de la Primavera Árabe en Bahrain, hasta la rápida desaparición de viviendas de interés social en Chicago. Ganadora del premio Sidney Hillman por su investigación sobre cómo ha afectado a la narrativa del sindicato de policías la frecuencia de las balaceras en que se ven implicados. Ha publicado en The Guardian, Al Jazeera y Chicago Magazine, entre otros. El presente trabajo lo escribió con el apoyo del Social Justice News Nexus de Medill School of Journalism en Northwestern University. Traducción de contratiempo.

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