Por el camino de Piglia

 

Hay un puñado de artistas que con el tiempo funcionan como detonadores de nuestra creación. Otros fungen como el jengibre en el sushi, de esos quizá hablemos otro día. Ahora pensemos en los primeros, Bellatín, Bolaño, Shake speare, Boris Vian y Piglia forman parte de aquellos que, en un modo u otro, me rebullen las neuronas hasta hacerlas temblar y tener que escribir o crear en cualquier modo. En el caso particular de Piglia me ha hecho embarcar en iniciativas esclavistas. Bloom tiene toda su teoría sobre las influenc ias y la convulsa relación entre un artista y su predecesor hasta “asesinar al padre”. Creo que pecó de ingenuo al obviar cómo algunas influencias convierten a los autores en esclavos, los llevan por meandros de la creación a penas inferiores a la necesidad misma de crear.
Cuando leí Respiración Artificial de Piglia, cada tanto me acosaban punzadas o corrientazos que hacían tamborilear mis dedos. Es la forma que adopta en mí la necesidad. De ahí nació el cuento “Como se sacan las manos de los sueños”. Pero la relación con Renzii comenzó antes, en 2011, a raíz de una conversación en la clase Teoría de Estado y Políticas Públicas. Le mostré un cuento al profesor, quien tuvo la desatinada cortesía de decir que ahí había un escritor, pero que el cuento no servía. A continuación me dijo, Busca el ensayo “La tesis doble sobre el cuento”, de Piglia.
En este texto el escritor argentino plantea que todo cuento contiene en sí mismo dos historias, una la que todos leemos y otra oculta bajo la capa narrativa. Por decirlo de otro modo, una historia es la fachada y otra la que se esconde bajo el relativismo de los hechos aleatorios. Creo que leí aquel ensayo cuatro o cinco veces sin alcanzar a comprenderlo del todo. Y a pesar de ello, quedé obsesionado con la idea de contar una historia bajo el aliento de otra. Aún recuerdo de memoria el ejemplo que Ricardo refiere sobre las ideas acerca del cuento estipuladas por Chejov. Luego una amiga me obsequió Respiración Artificial. Me lo leí de una sentada y quedé preso del veneno que destila su lengua y su prosa. Podría definir como “parálisis” la sensación que dejan los continuos mecanismos técnicos y reflexivos que utilizan los narradores de los distintos Piglias. La máquina de relatos que emula la auto-poyesis de Maturana tiene las mismas claves funcionales que la línea de pensamiento que elevó a niveles terroristas las ideas de Toreau. Más aún, el Renzi que parte a buscar al tío, entendiendo a éste como idea de horizonte o absurdo tangible, es el mismo que se acuesta con la antigua cantante mientras va al levantamiento del cuerpo de su padre suicida. Del mismo modo que es el agente que se encierra en el psiquiátrico para determinar un crimen. Todos los mecanismos, tecnológicos y psíquicos en Piglia conforman una sola unidad, traducida en el signo abierto de interrogación.
Cierta vez le escribí para hacerle una entrevista. Ana María Shua me dio su dirección electrónica. Contestó el siete de agosto de 2014: “Qué tal José, me alegra que te interese mi trabajo. En estos días estoy un poco embromado de salud y he suspendido todos mis compromisos. Quizá en el futuro podamos retomar el contacto y ver la posibilidad de un reportaje. Saludos cordiales, Ricardo Piglia”. Uno o dos meses más tarde supe de la Esclerosis Lateral amiotrófica (ELA), supe cómo se lo tomó, supe qué significa ficcionarse a sí mismo para ser un poco más real. Uno de esos retruécanos que nos sirven de Lazarillo luego de alguna discapacidad.
El año pasado pensé mucho, escribirle, visitarle si iba a Buenos Aires, hacer un ensayo sobre su obra. Y como me sucede últimamente soñé una historia en la que lo encontraba en un ruinoso prostíbulo. Ahí nació aquella novela que espero nunca publicar, pero de la que llevo avanzado los capítulos en los que se conforma su figura fosilizándose en torno a las paredes agujereadas. Previo a ese intento está Auto Inmune, la novelle en la que plagio a Schrhodinger a partir de una idea de Dr. House y de las tantas entrevistas de Piglia. Entonces es cuando llegan sus diarios y cada página se convierte, por enésima vez, en una excusa para calafatear, otra vez es la necesidad y resistirse a la manipulación, para caer estrepitosamente. Ahí nació entonces el cuento “2016”, que es una suerte de coda a la vida propiamente dicha (perdón por el patetismo), o bien un recorrido por las percepciones que generaron en mí la lectura de los diarios. El cuento es, a la vez, la manera de consignar el dolor y la promiscuidad; un modo de comentar las relaciones que en los setenta sostenía Emilio Renzi con Julia y sus otras tantas.
De los diarios, lo más impactante quizás, son los tiempos. Piglia indistintamente transita entre un presente narrativo y los múltiples pasados que construye en los modos de presentar los hechos consignados. Esto sucede sobre todo en el primero de los diarios. De pronto es él con su secretaria en el apartamento de Buenos Aires, un segundo más tarde cuenta de sus días en la universidad o cómo iba el ambiente político de Argentina. Para alguien que admiraba como él a Borges, el tiempo necesitaba tener una vida propia, ser otro personaje, encadenado a la causalidad de la gente que convivió en su mismo plano espacial.
Cuando el determinismo se encarna en el hombre, con acciones concretas, cuando la posesión pasa del plano etéreo al biológico, ¿qué le queda al poseso? El tiempo en los diarios, el afán de apresurar la mente en una carrera enloquecida en torno a los cuentos policiales que escribía y la contradicción al Bolaño que dejaba inéditos escondidos por todas partes o al Pessoa que dejó un arcón infinito, ¿no es construir en cierto modo las bases para la máquina de relatos que años atrás aguijoneó la auto-poyesis de Humberto Maturana? Cualquier pregunta a continuación cae en el plano de la literatura especulativa, hasta cierto punto otra de las columnas de lo policial. Ojalá poder atrapar al asesino para que la historia de Renzi no pase al grupo de los crímenes sin resolver. Pero éste es solo un deseo de la biología y la medicina. Hay un puñado de artistas que con el tiempo funcionan como detonadores de nuestra creación.

José Beltrán es un escritor dominicano. Tiene un gran libro de relatos titulado Pardavelito.

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