UTOPIAS AGÓNICAS DEL LIBERALISMO:
Felicidad infinita

Fotografía cortesía: The Infinite Happiness

Fotografía cortesía: The Infinite Happiness

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Imagina un edificio enorme de diez pisos, con cerca de 500 apartamentos y un paseo exterior, más o menos inclinado, que los une, de modo tal que puedes prescindir del elevador y llegar a casa, según quieras, caminando o montando bicicleta. Imagina además que en ese paseo exterior la gente se encuentra a cada instante, conversa, establece lazos amicales y comunitarios que luego se materializan en sesiones conjuntas de “pilates”, “tai chi” o yoga, para las cuales el conjunto habitacional dispone de espacios vacíos, libres para quien quiera darles cualquier uso creativo.

No es eso todo. El lugar ha desterrado el auto, y apenas cuenta con un estacionamiento minimalista a una distancia considerable de la fortaleza, para el reducido 6% que todavía tiene uno. Los otros se mueven a pie o en bicicleta –y hasta hay un inventor descocado que utiliza un monociclo.

Lo olvidaba. El rasgo más interesante es el complicado interior de la bestia, codificado por un sistema numérico de incontables dígitos, tan impráctico, tan lejano del dictado vertical del sentido común, que el chico que hace el delivery de las pizzas, y también el cartero, a menudo se pierden. El laberinto, que es en realidad la plasmación arquitectónica del juego, admite los caprichos de la flexibilidad y el accidente; en contraste con los muñequeros que abundan en los Estados Unidos –colosos erguidos en honor del hacinamiento y el tedio.

Todo esto y más es el Edificio 8, ubicado exactamente a 12 minutos del centro de la capital danesa, por tren, en un espacio todavía bucólico, gracias a la presencia de un río y a los pastores de cabras y vacas. La mole ha tomado como apodo un guarismo gracias a la vista aérea –desde el cielo, parece un 8 enorme de concreto, aunque el mismo descocado prefiere imaginarla como una mujer tendida en los verdores del campo. Sus gestores, que han terminado por aceptar el símil popular del 8, hubieran tal vez preferido el corbatín, propia de la indumentaria del dandy y el mago. Porque en el Edificio 8, o más bien el Edificio Corbatín, se materializa, por medio de la magia o la alquimia, un sueño futurista: la ciudad burbuja, el punto utópico en que convergen todas las obsesiones que oponen la ilusión al apocalipsis –la vida comunitaria como respuesta al individualismo creciente de la Unión Europea, la bicicleta y el tren eléctrico como alternativas al combustible, la pausa del campo como fuerza temporal que desacelera el vértigo de las ciudades, el contacto directo con la energía natural –principalmente la del sol y el viento- como terapia que mengua los embates psicosomáticos del nuevo milenio: la ansiedad, la depresión, el stress.

Fotografía cortesía: The Infinite Happiness

Fotografía cortesía: The Infinite Happiness

Muestra flotante del preciso punto medio del modelo nórdico, el Edificio 8 se eleva como alternativa humanitaria a la arquitectura vertical, prepotente y monetarizada del capitalismo duro, cuya cede principal es New York, y como la antítesis de esa arquitectura taciturna que el stalinismo impuso en los países del Europa del Este, casi como reafirmando la contiguidad del hogar y la prisión. En este sentido, es necesario ubicar al Edificio 8 en un contexto social y político y entenderlo como un producto arquitectónico de la social-democracia, inseparable de los privilegios que han convertido a Dinamarca en modelo –el seguro médico universal, la fortaleza de los sindicatos, sólidos beneficios de desempleo y un salario mínimo inverosímil que no baja de los 20 dólares por hora. Los diseñadores del Edificio 8 manifiestan que su creación reafirma las aspiraciones de la clase media –¿Cuál clase media? En Dinamarca, la pobreza prácticamente no existe.

Ahora bien, he enfatizado el carácter utópico del proyecto por una razón sencilla: ningún lugar en el mundo puede gozar de una felicidad impune. No existen las islas. Las naciones modelo, en cierto punto de su historia, comienzan a atisbar en el horizonte la llegada de los bárbaros, y entonces su espíritu jovial, universalista y tolerante, mengua. Europa, acosada por los fantasmas del colonialismo, de pronto los ve llegar encarnados en los inmigrantes, y el pánico alcanza al norte. En esos modelos ejemplares de la socialdemocracia –Suecia, Noruega, Dinamarca, Finlandia- hoy se expanden fuerzas de extrema derecha que pretenden incluso reducir los beneficios sociales que por décadas han garantizado la neutralización sustancial de la lucha de clases.

Hay un clamor universal del liberalismo humanista –ese que todavía cree en la combinación armónica del interés social con los intereses del mercado- por un retorno a esa utopía centrista, erosionada por la globalización y el capital financiero. Aunque el modelo se plasmó sólo en unos cuantos países, y con diferencias sustanciales, su crisis repercute mundialmente, puesto que es el último reducto en que la democracia liberal halla reafirmados sus valores. La razón primordial por la cual los liberales humanistas de nuestros días niegan una filiación conservadora reposa en la hibridez de sus principios básicos, que conciben al mercado libre como piedra angular de la democracia siempre y cuando el capital no olvide su responsabilidad cívica. Su clamor, sin embargo, tiene ya el sabor de la nostalgia, en un mundo en que cada día se erosionan más los valores éticos del humanismo y se consolidan las leyes aparentemente naturales de la selva. Así lo pone Berardi: “Como resultado de una serie de desarrollos progresivos, la modernidad culminó con la creación de una forma de civilización social, una civilización en la cual las necesidades sociales prevalecían sobre los intereses de los individuos. Esta civilización social fue forjada con la intención de prevenir las interminables guerras entre cada hombre y su vecino. Sin embargo, durante los últimos treinta años, la civilización social se ha ido desmoronando, a causa de los golpes propinados por la filosofía del Darwinismo Social, que ha actuado como precursor ideológico de la consolidación de las políticas neoliberales a escala global”.

En este sentido, el Edificio 8 posiblemente sea una expresión arquitectónica de un declive. Una forma más en que el capitalismo se remoza, asumiendo las formas de la rebelión como suyas. La utopía de la ciudad burbuja y futurista –consciente de su misión ecológica-, ya es quizás otro medio sofisticado de lucro. El lucro inscrito en la ilusión progresista de las bicicletas, los autos eléctricos, los alimentos orgánicos, la salud de hierro.

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“The Infinite Happiness” –el documental sobre el Edificio 8 que es parte del programa del Festival Internacional de Cine de Chicago- elude calculadamente el análisis político y deja que el objeto de su fascinación hable por sí mismo. Lo que más sorprende de esta pieza arquitectónica es su metamorfosis, su capacidad de adaptación a los diversos requerimientos de quienes la habitan: aparece, en varias ocasiones, como una comuna moderna en que los niños crecen como parte de una sola familia; en otras como encarnación arquitectónica del sueño clasemediero del destierro suburbano; en otras, menos frecuentes, como un arca de espiritualismo donde meditación y silencio se confunden. La solemnidad de estas variantes halla su compensación en la ruptura humorística, casi siempre protagonizada por animales –un gato con el poder destructivo de un saurio, un perro que insiste en sus proposiciones amicales, cabras que balan a coro, disolviendo el torpe intento comunicativo entre dos sujetos que hablan idiomas diferentes.

El modelo formal posiblemente sea 32 Short Films About Glenn Gould, la excelente película experimental de Francois Giroud que elige como método de exposición el mosaico. En “Infinite Happiness”, cada viñeta ilustra sintéticamente los aconteceres de un día, pero el procedimiento, digno reflejo del carácter laberíntico del edificio, suprime el orden cronológico y el propósito definido: busca la improvisación en el desorden. Se puede por tanto saltar del día 20 al día 10, y de la entrevista más o menos predecible con uno de los vecinos a una vista aérea del lugar o a una pequeña sinfonía de luces que remiten a Stars Wars. La película tiene, por cierto, un subtítulo: “21 días al interior del Edificio 8- Un diario”; que casi parece una respuesta optimista al apocalíptico augurio de “28 días más tarde” –la película de Danny Boyle en que la arquitectura europea aparece como realidad distópica.

Inevitable, al ver esta película, recordar The Strange Little Cat, ese filme alemán donde un complejo habitacional berlinés aparece como espacio de constantes colisiones; o Prefab People, la gran película de Bela Tarr que muestra la arquitectura del socialismo bajo el régimen soviético como expresión brutal de la alienación y el aburrimiento. El contraste es notorio: el Edificio 8 registra poquísimos choques e inconveniencias, y la disposición de sus formas en el espacio remiten a menudo al espectáculo. Puede ser una impresión personal, pero siento que el valor de la película aflora en cierto escepticismo subterráneo que incluso puede darle al título cierto carácter irónico: hay en las imágenes de “Infinite Happiness” cierta gelidez, cierta artificialidad, cierto rigor metódico en el ordenamiento de la existencia, que solo puede ser producto de una felicidad aparente: la de la bonanza. Por más que los habitantes del recinto lo comparen a menudo con una villa italiana, no hay modo de encontrarle a este monumento extraordinariamente frío su mediterráneo. Como que el carácter clínico del futuro ha tomado forma, e incluso las prácticas más dignas de la vida comunitaria –como la solidaridad- comienzan a parecer actos reflejos, robótica expresión de un sistema, más que emanación de una vivencia interior.

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Marco Escalante es escritor peruano y reside en el área de Chicago.

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