SOBRE EL PROCESO DE KAFKA Y BARTLEBY,
EL ESCRIBIENTE DE MELVILLE:
La crisis de la individualidad

¿Dónde estaba el juez que no había visto nunca?

¿Dónde estaba el alto tribunal al que nunca había llegado?

Franz Kafka

Ilustración: Franz Kafka

Ilustración: Franz Kafka

Tanto Kafka como Melville construyeron personajes que son casi espejos de la condición humana: recordatorios de la nulidad y la insignificancia de los esfuerzos del hombre por llegar a ser. Con Bartleby, y luego con Joseph K., los escritores afirman la irremediable futilidad de la voluntad del hombre frente a una colectividad desintegrada, una masa sin un horizonte definido desprovisto de un sentido que la justifique.

Sin embargo, es precisamente con la muerte de dichos personajes que, mediante la experiencia estética de la lectura, los autores apuntalan la necesidad intrínseca de buscar salidas frente a esa realidad que no es otra sino la nuestra, y que tanto en El proceso como en Bartleby, el escribiente aparecen reflejadas. He de declarar que comparto la idea de Ernesto Sábato acerca de la literatura que surge en el siglo XX: “Dada la reivindicación del individuo, de su experiencia concreta e intransferible, es lógico que los representantes de la revuelta contemporánea hayan recurrido a la literatura para expresarse, ya que sólo en la novela y en el drama puede darse esa realidad viviente. Pero no a esa literatura que se solazaba en la descripción del paisaje externo o de las costumbres burguesas, sino a la literatura de lo único, de lo personal”.

Es ésta la razón por la que en obras literarias como la de Melville o la de Kafka, encaminadas a problematizar la existencia, hallamos un desplazamiento hacia el mundo interior que desembocó en la preeminencia del yo en la literatura, que luego cultivarían grandes autores como Sartre, Camus, Carpentier o el mismo Sábato. Cabe aclarar que, desde mi perspectiva, a la literatura no le concierne solucionar los problemas humanos ni retratar una realidad sin sentido con el único objetivo de dar constancia de ello: por lo contrario, su campo de acción reside en señalar aquellos aspectos vitales que, consciente o inconscientemente, buscamos acallar, y lo logramos en una suerte de “ilusión” que desaparece aquellos resquicios de inseguridad, de soledad y hasta de maldad mediante la comedia humana del ir, venir, hacer, trabajar, avanzar y, en el discurso seudoprogresista de nuestras sociedades posmodernas que enarbolan el éxito personal y el confort, ser alguien en la vida.

En este sentido, Bartleby representa el espejo de los horrores de ser, por lo que en su desencanto con la vida “prefiere no hacer”, puesto que no es aquello que no hace. Este hombre impersonal busca voluntariamente trabajar para el narrador de la historia como copista y, curiosamente, al círculo al que va a dar es el aletargante y uniforme ambiente de oficina; igual que Joseph K. se desenvuelve en sus labores burocráticas bancarias.

En un naciente siglo XX, siglo de guerras, siglo de la despersonalización, siglo de las masas y siglo de la nada manifiesta en una cantidad avasallante de opciones, Kafka parece expresar mediante ese ámbito alienante que es la burocracia una posibilidad para evidenciar un problema mucho más profundo y complejo: el problema metafísico de la despersonalización del individuo y su consecuente vacío, así como la carencia de destinos que justifiquen el dolor y la incomunicación. Esto ya lo presentía Herman Melville y lo plasmó en su obra Bartleby, el escribiente.

Quizá la definición que mejor se ajusta a la historia de Bartleby es la de parábola, pues este cadavérico copista resulta una suerte de materialidad de la falta de sentido del que adolecerá todo el siglo XX, oculto tras su doble discurso de “progreso” y “bienestar”. Asimismo, Joseph K. es la manifestación de la carencia de salidas de una opresión cuyos orígenes no son claros, pero cuya asfixia presentimos todos, en menor o mayor grado según nuestras sensibilidades.

Podemos decir que mientras en Bartleby es evidente la ausencia de un mundo interior, lo que hay en Joseph K. es una lastimosa desconexión del mundo interior con la realidad que lo cerca y que lo cosifica; una realidad que lo sujeta al absurdo como a nosotros nos someten a su arbitrio entidades “evanescentes”, pero poderosas como los sistemas –ya sean capitalistas o comunistas– en los cuales no hay cabida para la individualidad y para los que todos no somos más que números en medio de un inacabable juego en el cual se disputa el poder. Es ahí donde constatamos que la preocupación expuesta en las narraciones de Melville y de Kafka articula la problematización de la individualidad de sus personajes con el conflicto de la condición humana en general.

En estos autores se da un desplazamiento hacia el yo que rebasa el intimismo y desemboca en la búsqueda de respuestas acerca de qué es lo que nos define como individuos en una realidad que no tiene cabida para la subjetividad ni para la personalidad. Ante esto, somos testigos del irremediable fracaso: Kafka y Melville parecen afirmar que no hay un asidero existencial que dé sentido al enfrentamiento entre un mundo interior y esa dimensión en la que la única solución aparente es devenir en hombre-masa.

En las dos obras es notable la carencia de algo que podamos llamar propósito para ambos personajes. En Bartleby el ejemplo es terrible, pues sabemos por la última noticia del narrador que se trata de un hombre que tuvo que trabajar con cartas muertas, es decir, con la desesperanza de cientos de personas. Probablemente esto es algo que no cruza por nuestra mente debido a la ilusión de la cotidianidad y su inmediatez, pero se vuelve una angustia mayúscula si nos ponemos en situación e imaginamos diariamente ver pasar por nuestras manos todo lo que no fue, lo que no significó: “perdón para quien muere descorazonado; esperanza para quienes mueren desesperados; buenas noticias para los que murieron ahogados por calamidades irremediables”.  De igual manera la vulnerabilidad de K. en El proceso radica en no saber nada acerca del proceso, y ésa es su sentencia: hallarse inmerso en una trampa sin saber que se encuentra en ella. El destino de Bartleby y de Joseph K. es trágico, pues ante la imposibilidad de resolver cuestiones que atañen a la existencia lo único que les queda es la muerte.

****

Martín Peralta Castillo es estudiante de Posgrado en Letras, cursó la carrera de Letras Hispánicas en la facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, su tema de tesis se centra en la recepción de la obra de la escritora tabasqueña Josefina Vicens. Se interesa por la literatura universal, particularmente la literatura mexicana –el Barroco y el Medio Siglo–, así como la teoría de la literatura y los vínculos de la filosofía con la literatura.

¿Te gustó? Por favor, compártelo:

Deja tus comentarios

*