Rectas y curvas:
La delgada línea amarilla de Celso García

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Las metáfora y analogías son inevitables: la vida es una carretera que tiene rectas y curvas. Por el camino, todos buscamos algo que se nos ha perdido. Las malas noticias surgen de pronto, a la vuelta de una curva. Alguien se sacrifica para que los demás sigan su vida.

Con todos estos elementos podría establecerse una narrativa cursi y predecible. O crear una historia cuya sencillez deslumbra, y cuyos elementos artísticos atrapan. Esto último es el largometraje La delgada línea amarilla, del mexicano Celso García, producida por su compatriota Guillermo del Toro, y que tuvo su premiére estadounidense en el marco del 51 Festival Internacional de Cine de Chicago.

La cinta es el primer largometraje de García (Ciudad de México, 1976). Al serlo, es notable el cuidado del guión, que también en suyo, y de la producción. Este bautismo viene apuntalado por Del Toro, y por la sólida, impecable actuación de Damián Alcázar, posiblemente el mejor actor mexicano de estos tiempos.

La anécdota es sencilla: cinco hombres son contratados para trazar la raya divisora entre los dos carriles de una carretera regional, en algún punto indeterminado de la geografía mexicana. A lo largo de los 217 kilómetros entre el punto de partida y el punto de llegada, estos hombres deben trabajar de forma coordinada para trazar una raya amarilla impecable, y para protegerse contra la imprevisibilidad de los pocos automóviles y autobuses que circulan por esa carretera.

Cada uno de sus hombres es un ser marcado por la pérdida: la pérdida de la pareja, de un hijo, de un hermano, de un trabajo, de la libertad, o inclusive de la salud. Cada uno debe excavar dentro de sí mismo para encontrarle sentido a vidas que son como carreteras sin raya divisoria.

Es a lo largo del camino, en la refriega de un trabajo monótono pero peligroso, que los hombres van contándose sus historias, ante la mirada y el silencio frecuente de su capataz Toño (Alcázar), y las penetrantes preguntas del joven Pablo (Américo Hollander).

En algún punto del recorrido, cuando la carretera aún es recta, se les une un perro que ha sufrido también su propia pérdida, la del abandono de parte de sus amos.

Es cuando llegan las lluvias, y comienzan las curvas, en que los personajes deben lograr definiciones, y en que lo imprevisible, lo accidental, se apodera de la acción. El paisaje marca el drama de la acción. La carretera amenaza y está llena de puntos ciegos. La tragedia sobreviene, y al mismo tiempo libera. Hay una pérdida final, un sacrificio de raíces casi bíblicas, que permite que los demás compañeros reanuden su búsqueda pero con un nuevo sentido de propósito, de finalidad, de esperanza.

La delgada línea amarilla sigue fielmente los trazos del road movie, donde el camino es punto de transformación, experiencia iniciática, redención, liberación o clímax.

Insisto: los elementos del road movie pueden muchas veces incitar a la cursilería, a simplificar los rasgos del personaje, a resolver la trama con trazos burdos en vez de buscar el detalle. García sabe manejar su guión, ajustar los sentimientos lo necesario para subrayar lo dramático sin caer en lo sensiblero.

La actuación de Alcázar ancla a los actores. Su personaje es capataz del grupo, pero es también el centro en torno al cual giran los otros actores en su papel. La expresividad del rostro de Alcázar marca los puntos dramáticos, determina los giros y cambios de los demás personajes, modera los contrastes.

El producto final es notable. Un debut más que promisorio para un joven director que ya cuenta con la bendición de Del Toro pero que se defiende por sí mismo con un uso honesto de la narración, y un claro sentido del tempo cinematográfico.

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Gerardo Cárdenas, escritor y periodista mexicano, es director editorial de contratiempo.

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