Play: El agudo sarcasmo de Luis Alejandro Ordóñez

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El sarcasmo es el arma más letal del inteligente, y el único recurso de quien mira desde afuera. Carlyle lo definió como el lenguaje del diablo pero el diablo siempre juega con ventaja; quien usa el sarcasmo suele jugar con desventaja. La rapidez mental y agudeza mental le viene como al tenista que acorralado contra su línea de base logra meter una dejadita en tierra de nadie.

En Play (Ars Communis Editorial/Colección Ríolago, Chicago, 2015), el escritor venezolano Luis Alejandro Ordóñez (Boston, 1973) plantea cinco narraciones, de ritmo vertiginoso donde el sarcasmo impera. Este elemento es central especialmente en las primeras cuatro narraciones donde la narración es en primera persona: el narrador ve el mundo de una cierta manera, y la observación o comentario sarcástico suele revelar su visión de las cosas.

Los protagonistas de los cuatro primeros relatos –“Chavela”, “La Nacha”, “Vitalicio” y “Érika Garú”—son outsiders. Miran el mundo desde el otro lado de un aparador y, cuando participan en él, son golpeados por la virulencia de los hechos. Observan y entienden pero no pueden incidir en el mundo y, cuando lo hacen, especialmente en un relato como “Chavela”, desatan tormentas de las cuales son las primeras víctimas. El sarcasmo es su refugio, la observación irónica del mundo su única alternativa.

Ordóñez sabe llevar de la mano al lector por esos vericuetos: hechos aparentemente anodinos que se van encadenando para formar una avalancha; o nudos que se desatan en la confusión y la ambigüedad.

Por debajo de esto, en relatos como “Chavela”, “Vitalicio” y “Érika Garú” subyace una advertencia del autor que el lector inteligente o sarcástico sabrá apreciar: el imperio de los medios electrónicos y las redes sociales que envuelven a las personas en sus propias dinámicas, y les quitan autonomía y libre albedrío.

No en vano Ordóñez titula el volumen Play. Al pulsar el botón de play en cualquier plataforma mediática, se desarrolla muchas veces un drama: reputaciones destruidas, ridículos universales repetidos una, y otra, y otra vez. La generalización e individuación de los medios, así como por un lado pueden alentar una creatividad sin límites, por el otro, en su lado oscuro, quitan a la persona toda posibilidad de controlar su narrativa. El play muestra realidades en su mejor o peor ejecución, pero retira frecuentemente el contexto que pasa a no importar más.

El planteamiento del autor es que la ironía, el sarcasmo, y la distancia son los únicos remedios para la epidemia del play. Pero no son remedios inmediatos, requieren de un prolongado alejamiento de la escena pública; y no son totales. La redención tras la destrucción provocada por el play es siempre parcial y limitada. Al personaje, a nosotros, no nos queda otro remedio que la distancia, el posicionamiento perenne del otro lado del mostrador, tras la vitrina, y de ser posible a la sombra.

Dice el protagonista de “Chavela”:

“Si gugleas mi nombre, el retrato que obtendrás de mí sigue siendo el mismo. El video en YouTube encabeza los resultados y condiciona el resto. A pocas personas les interesa que yo existiera antes de que el video fuese colgado. La grabación borró para siempre cualquier rastro previo de mi vida…”.

Dice el protagonista de “Vitalicio”:

“Mi plan era sencillo: hacer la del avestruz. No tengo recursos para desaparecer, entonces lo mejor es mostrar mi cara por un tiempo a ver si se olvidan del asunto antes de que vengan a buscarme en el sitio donde siempre he estado”.

Actos y consecuencias públicos, destrucción, desastre, y el vano intento por desaparecer. Jugando con los sentidos de la palabra en inglés, play nunca es juego, sino ejecución, acción irreversible.

Cierra Ordóñez su volumen con una diversión: el play adopta otra versión de sí mismo que es la musical, y lo hace para enmarcar un cuento ubicado en el terreno del absurdo, el de una operación de cirugía estética llevada al extremo de lo imposible y del desquiciamiento. Si bien el contraste es fuerte con los cuatro relatos previos, el autor no pierde sus señas de identidad: la ironía y el sarcasmo marcan el camino, y al tiempo constituyen el refugio.

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Gerardo Cárdenas, escritor y periodista mexicano, es director editorial de contratiempo.

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