La estructura interna del laberinto: El proceso de Kafka

Ilustración: Franz Kafka

Ilustración: Franz Kafka

Referirnos a El proceso de Kafka conlleva en esencia hablar de una subversión de los órdenes entre lo interno y lo externo, entre lo metafísico y lo social.

El conflicto de la modernidad se manifiesta esencialmente en la evolución –e incluso podríamos afirmar que a través de las continuas mutaciones– de los complejos sistemas de poder constituidos a la vez por estructuras institucionales. Dichos sistemas estatales se conceptualizan a partir de metáforas que implican maneras de concebir a sus integrantes, de subordinarlos a su mecanismo o a sus órganos institucionales, conformando las complejas relaciones entre el adentro y el afuera, entre lo privado y lo público.

Este determinismo, el control estatal de lo interno, provocó que la historia del hombre moderno –del idealismo al anarquismo– pudiera resumirse en la búsqueda de la posibilidad de intervenir en los sistemas que él mismo había creado, de liberarse de la coacción que las estructuras ejercían sobre él. Empero, la tensión que se generó era particularmente problemática debido a que tales sistemas surgieron a la par que se iban construyendo nuestras nociones de individuo y de libertad. Dicho conflicto formal se manifiesta de manera plena en el Contrato social: “A fin de que este pacto social no sea una vana fórmula, encierra fácilmente este compromiso: que sólo por sí puede dar fuerza a los demás, y quien quiera se niegue a obedecer a la voluntad general será obligado a ello por todo el cuerpo. Esto no significa otra cosa sino que se le obligará a ser libre”.

Esto ocurre por una aporía connatural al concepto de libertad, pues asumirse como individuo implica, a la vez, asumirse dentro de un sistema. Es así como, a través de sus contradicciones internas, las estructuras que habrían de conducir al hombre a la libertad parecen haberse revertido, volviéndose en contra de éste. En El proceso de Kafka el sistema parece haber suplantado la fatalidad del destino al cobrar la forma de una estructura independiente del acusado, la cual, sin embargo, lo determina, incidiendo contundentemente en su existencia.

La aleatoriedad de la ley es símbolo de esta suplantación del destino; la estructura cobra un carácter ominoso mediante el cual Josef K. accede a una metafísica distinta: el protagonista, incapaz de aceptar el dominio que una estructura desconocida ejerce sobre él, se enfrenta a un tribunal espectral que no está representado por rostro alguno, ya que la implementación del poder debe ser anónima y despersonalizada. Se trata de la presión de lo colectivo sobre el individuo, de la presión que ejerce el cuerpo estatal sobre el ciudadano.

Por supuesto, el de Kafka no es el sistema perfecto –organizado arquitectónicamente y esterilizado por las instituciones de saneamiento– que han planeado las distopías más modernas, sino, como ya se ha dicho, un sistema aleatorio y equívoco conformado a partir del azar y de la improvisación. El objetivo de la ley consiste en la yuxtaposición de diversos estratos textuales que se manifiestan plenamente a través las estructuras de control; pero esta suerte de bricolaje posee además otras funciones que justifican su actuar, pues en realidad no importa si Josef K. es culpable: ciega e imparcial, la ley actúa bajo la premisa de que el sistema más justo, más perfecto, es el azar.

Asimismo, la ley se fundamenta en estructuras paranoides que buscan integrar dentro de sí los elementos externos y subvertir la relación entre el interior y el exterior en su aspiración por controlar la esfera privada de los individuos. El principio paranoide de todo sistema consiste en integrar lo externo dentro de su cuerpo, de forma que todo pueda estar sujeto a su control, y este sistema no sólo convierte lo exterior en parte de sí mismo, sino que lo interno de los individuos debe formar parte de él; sólo así constituirá el sistema de control más absoluto.

Ésta es la razón de que, en la novela inconclusa de Kafka, el tribunal sea abstracto, oculto e impenetrable, pues debe cobrar el rostro de todos los que rodean a Josef K., de manera que él se sienta constantemente observado; es el sujeto atrapado dentro de un panóptico intangible, un espacio de extrañamiento interno que lo disocia de sí mismo con la finalidad de que el sistema se interiorice, pues éste demanda un sacrificio voluntario.

El problema planteado en El proceso consiste en que el sistema mismo está unido a la noción de individuo, de manera tal que todo aquel que asuma su individualidad e independencia se encontrará irremediablemente atrapado dentro del sistema; el apoderado Josef K. está integrado a las estructuras de poder, y su error consistió en creer que sus acciones podrían determinar el curso del proceso, pues “Sólo había sufrido la derrota porque había buscado la lucha”.

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Adrián Soto Briseño es poeta, ensayista y traductor; egresado de la carrera de letras alemanas por la facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, actualmente se encuentra cursando la Maestría en Literaturas Comparadas en la misma institución con el proyecto: Der tragische Transport: la destrucción de un lenguaje en la Antígona de Friedrich Hölderlin.

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