El abogado y Josef K.

Ilustración: Franz Kafka

Ilustración: Franz Kafka

Kafka, al inicio de El proceso, nos dice que el protagonista de su narración “siempre solía tomarse las cosas del mejor modo posible, sin creer en lo peor más que cuando lo peor se producía, y sin adoptar precauciones para el futuro aunque todo le pareciera amenazador”. Desde las primeras páginas nos anuncia que el optimismo se cierne sobre su personaje como una sombra que no lo abandonará. Por su parte, el famoso cuento de Herman Melville, Bartleby, el escribiente, también nos ofrece un personaje similar; no se trata del escribiente, sino del abogado que orquesta la narración en primera persona: “Soy, en primer lugar, un hombre que desde la juventud ha sentido profundamente que la vida más fácil es la mejor”. Se podrá objetar que no es lo mismo tomarse las cosas del mejor modo posible que preferir el camino más sencillo; sin embargo, considero que ambas posturas expresan una confianza optimista hacia la vida que será desmantelada del todo. El abogado y Josef K. son la misma cara de la moneda.

K. se posiciona ante el mundo con una resignación absoluta; es fascinante porque no opone ninguna resistencia ante su falta de control sobre su suerte: “estoy desde luego muy sorprendido, pero cuando se lleva treinta años en este mundo y ha habido que abrirse paso solo, como ha sido mi destino, se curte uno contra las sorpresas y no se las toma muy a pecho”. Su misterio se cifra en la ausencia de un crimen y en la aceptación de un proceso que lo condena irremediablemente. El narrador de Melville se comporta de forma muy distinta: el estupor frente al abandono de Bartleby de cualquier destino guía el relato: “Imaginen mi sorpresa, mi consternación, cuando sin moverse de su ángulo, Bartleby con una voz singularmente suave y firme, replicó: ‘Preferiría no hacerlo’”. Es el aterrado testigo de un ser humano que se ha despojado a sí mismo de cualquier rumbo; su inmovilidad y su abandono son el espectáculo angustiante que llevan al abogado a aceptarlo, a querer comprenderlo. Es en este punto que las diferencias entre ambas obras pueden convertirse en una especie de armonía: el abogado y K. son el mirador que nos permite enfrentarnos a la inquietante posibilidad de una ausencia de sentido de la vida, de una desaparición del destino.

En ambas narraciones irrumpe un elemento nuevo que trastoca el orden de las cosas: el proceso y el escribiente. A partir de esa intromisión los personajes tendrán que adaptarse a la sinrazón: “Está usted detenido, desde luego, pero eso no debe impedirle ejercer su profesión. Tampoco debe verse estorbado para hacer su vida habitual”, le dicen a K. En el caso del abogado su exasperación ante todas las negativas de Bartleby irá menguando debido al misterio que podría ocultarse tras la anomalía: “había algo en Bartleby, que no sólo me desarmaba singularmente, sino que de manera maravillosa me conmovía y desconcertaba”. El curso de la vida debe continuar ininterrumpidamente: K. tiene que asistir un domingo por la mañana a su primera investigación, recorre un espacio laberíntico para poder al menos decir quién es: “Soy apoderado general de un banco importante”. El abogado, un hombre práctico, declara: “Nada exaspera más […] que una resistencia pasiva”. Al igual que K. sabe que hay una ausencia de sentido en lo que le acontece; sin embargo, al igual que el personaje de Kafka está atrapado en el vértigo de lo absurdo: “Su pobreza es grande; pero su soledad ¡qué terrible! Piensen. Los domingos, Wall Street es un desierto como la Arabia Pétrea; y cada noche de cada día es una desolación. Ese edificio, también; que en los días de semana bulle de animación y de vida, y el domingo está desolado. ¡Y es aquí donde Bartleby hace su hogar, único espectador de una soledad que ha visto poblada –una especie de inocente y transformado Mario, meditando entre las ruinas de Cartago!”

El domingo de la primera audiencia de K. y del descubrimiento del abogado del escribiente en las oficinas son los días fatídicos de la resignación. Después de aquellos momentos ambas narraciones abandonan toda lógica y con el paso de las páginas nos muestran lo irremediable: “Ahora bien, el hombre es efectivamente libre, puede ir adonde quiera, solo la entrada en la Ley le está vedada, y además solo por una persona, por el guardián”, y en Bartleby, el escribiente: “No sé cómo, últimamente yo había contraído la costumbre de usar la palabra preferir. Temblé pensando que mi relación con el amanuense ya hubiera afectado seriamente mi estado mental. ¿Qué otra y quizás más honda aberración podría atraerme? Este recelo había influido en mi determinación de emplear medidas sumarias”. Ambos personajes se abisman y poco a poco se van mimetizando con la paradoja que en un inicio los consternaba: K. al vivir su proceso y el abogado, en su relación con el escribiente, actúan como ratones atrapados en las alcantarillas de las tramas que Kafka y Melville nos presentan.

Los dos relatos plantean la búsqueda de, al menos, el vestigio de una lógica: K. asiste a todas sus inverosímiles audiencias y el abogado, a pesar de huir momentáneamente del escribiente, no puede evitar buscarlo. La muerte de K. se debe a que “no hay nadie que tenga influencia en la absolución auténtica”; incluso se podría decir que su muerte lo persigue desde el inicio y el personaje de Kafka no puede evitar pensar antes de ser ejecutado que “la lógica es sin dudad inconmovible, pero no resiste a un hombre que quiere vivir”. Del mismo modo, el abogado no puede evitar sentir compasión por Bartleby cuando es confinado: “Supe después que cuando le dijeron al amanuense que sería conducido a la cárcel, éste no ofreció la menor resistencia. Con su pálido modo inalterable silenciosamente asintió”. El abogado no puede aceptar la inexistencia de una razón que explique el comportamiento de Bartleby, rastrea su pasado y descubre que fue un trabajador del departamento de cartas muertas, de las cartas que nunca pudieron llegar a su destino; intenta consolarse pensando que esa labor trastornó al extraño escribidor: “Cuando pienso en este rumor, apenas puedo expresar la emoción que me embargó. ¡Cartas muertas! ¿No se parece a hombres muertos?” En el caso de Kafka no se nos ofrece respuesta alguna; quizás el mundo de K. ya sólo es ese vendaval de cartas no leídas cuya única certeza es que tarde o temprano serán calcinadas.

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Rodrigo Jardón Herrera es egresado de la carrera de letras italianas de la facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, su línea de investigación se enfoca en el análisis y la traducción de la literatura italiana del siglo XX; su tesis de maestría consiste en el análisis de la crítica literaria de Félix de Azúa y Giacomo Debenedetti. Ha publicado en diversos espacios para la difusión de la cultura mexicana en el extranjero, tales como la revista contratiempo de Chicago y el Mexican Cultural Centre de Inglaterra.

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