Entrevista a Martha Canfield:
Abrir el alma a la voz interior

Martha Canfield.  Cortesía: Martha Canfield.

Martha Canfield.
Cortesía: Martha Canfield.

Citando a un par de versos de Marina Tsvetaeva, “El poeta trae de lejos la palabra. Al poeta lo lleva lejos la palabra”, reflexiono sobre la fuerza que tiene la palabra en los que nos dedicamos al quehacer literario y pienso hasta dónde nos hace ir. La palabra nos lleva, nos trae, a veces voluntariamente en otras ocasiones de manera forzada.  Con o sin equipaje, el hacedor de palabras lleva consigo sus herramientas siempre.  Tuve la oportunidad de participar en algunos festivales de poesía en Italia en el verano. Durante mi estancia en Italia, y con entusiasmo doble, recibí la noticia sobre la ganadora del Premio Iberoamericano Ramón López Velarde 2015, Martha Canfield, una mujer, la segunda para ser exactos en recibir el premio, y alguien a quien yo he respetado como académica, ensayista y poeta. No quise dejar pasar la oportunidad para entrevistarla. Agradezco a Martha Canfield su buena voluntad y cooperación por aceptar esta entrevista.

¿Quién es Martha Canfield, cómo se autodefine para el público?

Creo que Martha Canfield es una profesora, con una gran vocación por la enseñanza, un amor especial a los jóvenes y un entusiasmo que nace de la experiencia de dar y recibir conocimiento e intuición de los jóvenes, entusiasmo que se renueva maravillosamente cada año desde hace innumerables años. Además de esto – que considero el rasgo fundamental de mi personalidad – habría que agregar otro rasgo más íntimo y secreto, que es la relación con la palabra poética y la voz interior que implacablemente dicta sus sentencias e impresiones que se vuelven versos.

¿Quién o quiénes te introducen a la lectura?

En realidad he sido bastante autodidacta. Mi padre era un gran lector de novelas policiales, nada más. Y mi madre no era precisamente una lectora. Pero en mi casa había una biblioteca, no muy grande sino más bien modesta, en la cual se encontraban, sin embargo, obras fundamentales de la literatura universal. Y yo descubrí muy pronto la pasión por la lectura. Así de niña leí a Tolstoy, Dostoiewsky, Gogol, Balzac, Kafka. Mis padres, pero también algunos tíos y tías, viendo pasión por la lectura, empezaron a regalarme libros, sobre todo novelas para niños y adolescentes, o sea obras que ellos consideraban más apropiadas a mi edad (hablo de los 12, 13, 14 años). Así descubrí narraciones encantadoras como Platero y yo de Juan Ramón Jiménez, o Mujercitas y la serie de cuatro novelas de Louisa May Alcott. Creo que yo leía todo lo que me caía entre las manos. Y cuando llegué a tercer año de liceo y empezamos a estudiar literatura, ahí descubrí la absoluta perfección de la literatura y la fascinación de un mundo alternativo en el que adoraba sumergirme. Descubrí la poesía de Garcilaso de la Vega y me aprendí de memoria la primera Égloga, en especial el canto de Nemoroso, que nunca ha dejado de acompañarme: «Corrientes aguas, puras, cristalinas / árboles que os estáis mirando en ellas, / verde prado, de fresca sombra lleno, / aves que aquí sembráis vuestras querellas»… Y así aprendí la relación fundamental entre el alma y la naturaleza y entre el amor y la muerte. Más tarde, ya en los dos primeros años preuniversitarios, descubrí a Homero, conocí la poesía erótica de Safo y aprendí a entrar en la perfección formal e ideológica de la tragedia griega. También podría citar de memoria pasajes enteros de varias obras de Esquilo.

¿Cómo comienza el quehacer poético para Martha? ¿Dónde fueron escritos los primeros poemas? ¿Cuándo comienzas a publicar? Y ¿qué impacto tuvo en ti ver esas primeras publicaciones?

Mi primer poema fue un poema de amor cuando tenía 13 años. Descubrí al mismo tiempo el enamoramiento y la pulsión irrefrenable a transmitir a la hoja escrita el sentimiento desbordante. A ése siguieron otros poemas que copiaba en un cuaderno y que guardaba celosamente en una caja secreta. Eso era en Montevideo, naturalmente. Después, ya en la universidad, encontré compañeros que también escribían y me inicié en otra experiencia muy estimulante y formativa, que era la “tertulia literaria”. Nos reuníamos en un café y nos leíamos en voz alta, comentábamos, criticábamos, elogiábamos… Era una nueva forma de descubrimiento, de uno mismo y del otro, y sobre todo empezábamos a entrar en los secretos de la eficacia poética. Antes de terminar la universidad me fui a Bogotá. Dejé mi país por consejo de un querido profesor de lingüística, José Pedro Rona, que creía en mis posibilidades y veía que el ambiente uruguayo era muy pequeño y cerrado para un joven que quería hacer carrera. Yo deseaba ver el mundo y acepté su consejo con gran entusiasmo y nunca me arrepentí, al contrario. En Bogotá terminé mis estudios y pude empezar a enseñar en la universidad. Pero sobre todo entré en un grupo de jóvenes poetas, más o menos éramos todos de la misma edad, y nos veíamos regularmente para leernos y hablar de literatura: eran Juan Gustavo Cobo Borda, Augusto Pinilla, Darío Jaramillo… En las reuniones participaba también otro joven poeta, pero algo mayor que nosotros y a quien ya considerábamos en buena medida un maestro, Giovanni Quessep. Y muchas veces venía también el gran maestro, Aurelio Arturo, a quien más tarde yo iba a estudiar atentamente y a dedicarle varios trabajos críticos. En esas reuniones surgió la posibilidad de publicar a través de la revista Eco, en la cual colaboraba ya Juan Gustavo Cobo Borda. Él fue quien un día me secuestró literalmente una serie de poemas de mi escritorio y me dijo “Ahora los leo todos y luego te digo cuál publico”; y para mi sorpresa, poco después me anunció que había decidido publicarlos todos. Así salieron ocho poemas en prosa en el número de setiembre de 1972.

¿Tienes poemas favoritos de otros autores? ¿Pudieras compartir algunos versos y compartir un poco de tu reflexión/atracción hacia ese poema?

La poesía de Yeats me ha acompañado mucho, algunos versos suyos me regresan a la memoria a menudo: «Who dreamed that beauty passes like a dream? […] / We and the labouring world are passing by»… En él encuentro la sabiduría frente a la transitoriedad de la existencia y la esperanza trascendente de la religione; sus raíces católicas son las mismas de la familia de mi padre, irlandesa y católica precisamente. Otro poeta que me acompaña siempre es Antonio Machado; la música serena de sus versos, la armonía con la naturaleza, la dulce nostalgia de un pasado que revive en el sueño: «Yo voy soñando caminos / de la tarde. ¡Las colinas / doradas, los verdes pinos, / las polvorientas encinas! // ¿Adónde el camino irá? / Yo voy cantando, viajero / a lo largo del sendero…»

¿Cómo es un día de creación literaria para Martha? ¿Dónde escribes? ¿con qué frecuencia?

En general no tengo una disciplina para la escritura poética. Mientras soy muy disciplinada para el estudio y para la crítica literaria, la escritura poética llega cuando quiere, no tiene horarios ni método. Escucho una voz interior que se presenta improvisamente y a la que yo por cierto obedezco, pero no logro imponer mi voluntad. Siempre me ha gustado contraponer dos grandes poetas de nuestro tiempo, que tuve la suerte de conocer, así como de cultivar con ambos una profunda y afectuosa amistad: Mario Benedetti y Álvaro Mutis. Para mí ellos ilustran, de manera excelente, dos modos opuestos de enfrentar la creación poética: Mario era metódico, constante, escribía todos los días, releía, corregía, y destruía mucho, sin piedad. Álvaro escribía cuando no podía evitarlo, no era capaz de corregir, no sabía nunca dónde iría a terminar lo que empezaba a escribir y podía pasar largos períodos sin escribir nada. Creo que yo soy como Álvaro; y por cierto no por una elección mía, sino porque así soy, así resulté, sin remedio.

¿Cuándo sabes que un texto/poema está listo para ser leído? ¿Cómo has madurado como escritora/crítica literaria/poeta?

Creo que un texto está listo cuando siento que está completo, siento que lo que quería decir se cumplió. La escritura poética es más intuitiva que racional en mí, como creo que ya dejé dicho. La escritura analítica, la crítica literaria es otra cosa: ahí tengo un método, me gusta elegir una metodología que proponga ideológicamente el análisis, ya sea psicoanalítico, o sociológico, ya sea estructuralista, ya sea métrico o estilístico, y también por cierto me gusta combinar varias metodologías porque la complejidad de una obra – cuando es de calidad – no se puede agotar con una sola perspectiva crítica. Estudio mucho un autor antes de escribir sobre él. Tomo apuntes, releo, programo, escribo, vuelvo a escribir… Es un viaje fascinante el que te lleva adentro del universo de un autor que admiras. Al final te confundes con él, él te penetra, como en una fusión amorosa. Creo que eso fue lo que me quiso decir Idea Vilariño, después que leyó – por cierto muy atentamente – las traducciones que yo había hecho de su poesía y el estudio que acompañó esas traducciones. Y como yo le había pedido que sugiriera, corrigiera, comentara, me dijo: “Esos poemas ya son tuyos; no puedo agregar nada, ni corregir nada, son perfectos así”.

¿Qué tanto hay de Italia en Martha?

Mucho. En Italia es donde he vivido la mayor parte de mi vida. El italiano es la lengua que hablo todo el tiempo, es la lengua en la que estudio preferentemente todo lo que es teórico. El italiano es la lengua en la que he vivido los amores más importantes de mi vida, incluido el de mi esposo, que me acompaña desde hace 30 años. La manera de vivir, el carácter italiano, y sobre todo toscano, han entrado en mi manera de vivir y de ser. Y el paisaje toscano está ya dentro de mí, con sus cipreses, sus castaños, sus hayas, sus suaves colinas, la costa del Argentario donde paso invariablemente mis vacaciones… Creo que no sabría vivir en otro lado. Y creo que no es difícil encontrar señales de esta presencia en mi poesía a partir de los años 80. Mientras que en mi poesía más juvenil hay un desgarramiento por la pérdida del Uruguay, y por lo que fue el drama político y social del Uruguay en los años 70; pero ese dolor se atenuó en los años sucesivos, como si yo hubiera nacido de nuevo, a nueva vida y a nueva historia.

¿Cuál piensas que es tu papel como mujer y poeta/escritora? ¿Crees que hay alguna responsabilidad?

Creo que sí, como escritores – hombres y mujeres – tenemos una responsabilidad con los demás y con la sociedad en la que vivimos. Siempre he aceptado como ley la teoría de Jung de que la poesía es absolutamente indispensable para el equilibrio psíquico, y precisamente por eso mismo quien escribe debe ser consciente del mensaje que transmite. Por eso he admirado y estudiado poetas como Neruda y Vallejo; y he sido lectora fiel y amiga de poetas como Mauricio Rosencof y Juan Gelman. Como mujer creo que la responsabilidad es incluso doble: como escritoras y como mujeres. Sabemos perfectamente que la situación de la mujer en nuestras sociedades ha mejorado en los últimos decenios, sin duda, pero todavía hay mucho para hacer. Y el machismo no se resigna a desaparecer. Y la discriminación de las voces femeninas sigue existiendo desgraciadamente.

¿Pudieras comentar un poco sobre tu vida como profesora?

Creo que mi vida como profesora se puede resumir en un viejo poema mío que se llama “El regreso”, publicado en mi primer libro de poemas, Anunciaciones, de 1976, que está por salir en una nueva edición como ebook, publicado por Guillermo Camacho, director asimismo de la revista Aurora Boreal. Allí le hablo a un alumno sin nombre, porque se parece a otros que han estado en mi aula antes que él, para decirle con qué emoción reconozco el sentimiento de afinidad y de empatía que nos une y la dicha que me inunda cuando siento que de mí hacia él viaja un mensaje que lo iluminará y que él me devolverá iluminándome a mi vez. Y para introducir esa reflexión poética parto con un epígrafe de Safo, leído en las versiones de Croiset: “Tu es venue. Tu as bien fait. Je te désirais”, que tiene un tono claramente erótico, pero no hay que malinterpretar. En este caso el eros es una pulsión vital y emotiva, que nace precisamente de esa relación de amor intelectual y vital con el alumno (quienquiera que él sea). Después, en los largos años de mi actividad docente, he tenido muchos alumnos con los cuales he establecido relaciones de afectuosa amistad y a menudo me sucede que encuentro algunos que no he visto por muchos años y descubro que me recuerdan con gran cariño; esto es para mí la mejor recompensa por mi dedicación y mi trabajo.

¿Sientes alguna nueva responsabilidad con este tan merecido premio que has recibido recientemente?

Sí, me ha dado ganas de volver a López Velarde y sobre todo quiero retomar un viejo proyecto de una edición italiana de su poesía, que no existe y que considero indispensable. Ya he traducido La Suave Patria, publicado por la University Press di Cagliari en el 2007. Pero los editores que estaban interesados en una amplia antología suya, de pronto, con la crisis editorial, se echaron atrás. Creo que ahora es el momento para volver a proponerlo y estoy segura de que saldrá adelante.

¿En qué proyecto/proyectos estás trabajando ahora?

Actualmente estoy preparando la nueva edición de Anunciaciones, el segundo tomo de mi Literatura Hispanoamericana. Historia y antología, la edición italiana del libro de Vargas Llosa dedicado a Juan Carlos Onetti (El viaje a la ficción) y la edición italiana de la novela de Jorge Eduardo Eielson, El cuerpo de Giulia-no. También tengo prevista una nueva edición de la poesía completa de Eielson. Mucho trabajo. Veremos si el tiempo me ayuda.

¿Qué consejos tiene Martha Canfield para otros escritores/poetas?

Estudiar y escribir. Leer mucho. Estudiar con rigor y paciencia. Escribir lo más posible. No desanimarse. No descuidar los sueños. Abrir el alma a la voz interior.

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Xánath Caraza es poeta, narradora, traductora y catedrática mexicana residente en Kansas.

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