Llantas vacías

Fotografía cortesía: Jeremy

Fotografía cortesía: Jeremy

una cuadra de mi casa hay dos carros abandonados. Un Dodge azul como de 1950 y una Chevrolet Blazer viejísima, de color negro. No sé de qué año.

La Chevrolet tiene las llantas ponchadas y un letrero que dice: cualquier situación relacionada con este coche favor toque el timbre del número 36. Cada vez que camino por allí tengo que agarrarme las manos para no tocar. Un día no aguanto más. Toco. Un señor como de sesenta años abre la puerta. Buenas tardes señor, me gustaría saber ¿por qué está la camioneta abandonada en la calle?, ¿por qué sin llantas? El señor: ¿vienes de la Delegación? No, soy su vecina. Vivo en el 67 de Antonio Sola, en la siguiente cuadra. Soy extranjera… un poco curiosa. No lo tome a mal. El señor: la camioneta era de mi padre, él falleció hace cinco años pero no he querido venderla. Huele a él todavía. Yo: ¿por qué no la usa? El señor, sonriendo un poco: no manejo y no tiene permiso de Verificación ambiental. Es muy vieja. Yo: ¿y las llantas? El señor: ah, normal, con el tiempo todo se vacía. Me despido. Casi voy a cruzar la esquina y el señor vocea: ¿seguro que no eres de la Delegación? Me río.

El Dodge del frente no tiene letreros. Sé que era de un señor de más o menos ochenta años. Lo sé porque hace nueve años Ernesto vivió en esa casa, en el número 33 de la calle Antonio Sola, en un cuarto alquilado en la azotea. Recuerdo que conocí al señor en mi primera navidad en la ciudad de México, en el 2004. Fui con Ernesto a la cena navideña. Era de origen cubano, se llamaba Carlos. Hablaba poco, fumaba y se echó como siete vasos de ron blanco esa noche; no se emborrachó. Estaba casado con una señora mexicana, Lourdes, creo que se llamaba. Mientras Ernesto vivió allí doña Lourdes lo trató casi como un hijo, le lavaba la ropa a mano. Después me mudé con él por unas semanas y doña Lourdes dejó de lavarle la ropa. También había un perro rottweiler de color negro que se llamaba Jim, era enorme y estaba ya bastante viejo. Ernesto y yo nos mudamos y cinco años después regresamos a esta misma calle, a la misma colonia. Yo paso a cada rato frente a esa casa pero nunca toco el timbre. Supongo que don Carlos ya está muerto, también Jim. Quizás doña Lourdes siga viviendo allí aunque no la he vuelto a ver. El coche sigue aparcado en el mismo lugar. Ya no tiene aire en las llantas.

Hace una semana pasé por el puesto de Conchita y supe que el negocio está cerrado. Conchita, de 88 años, tenía un colmado en la calle de Sonora y los domingos en la mañana vendía enchiladas de mole poblano. Ella hacía el mole. Llegaba gente del Estado de México a probarlas. Desayunar allí un domingo se volvió parte del recorrido turístico de mis visitantes. Nunca he probado un mole poblano como ése. Alguna vez me topé con Conchita paseando a su perro viejo por la calle. Ambos caminaban lentos, las extremidades les temblaban. Presiento que también ella murió hace poco.

Nueve años en esta ciudad, tres Colonias, una misma Delegación. Los cambios urbanos del barrio me dicen que ya tengo una historia entre sus calles. Es una historia reciente pero ya contiene pérdidas, gente que se muda, difuntos, coches abandonados, negocios que cierran, edificios nuevos, llantas vacías.

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Ariadna Vásquez. 1977. Santo Domingo. Ha publicado los libros Por el desnivel de la acera (Praxis, México, 2005), La palabra sin habla (Tintanueva ediciones, México, 2007), Cantos al hogar incendiado (Praxis, México, 2009), El libro de las inundaciones (Atarraya cartonera, Puerto Rico, 2011 y Proyecto Literal, México, 2012) y Debí dibujar el mar en alguna parte (Editora Nacional, Santo Domingo, 2013). 

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