CUERPOS SUSPENDIDOS:
Un archivo fotográfico de Nacho Guevara

Fotografía 1: Nacho Guevara

Fotografía 1: Nacho Guevara

En la primera foto (1) de esta nueva serie del fotógrafo costarricense Nacho Guevara, se observan tres cuerpos idénticos encerrados en maletas. Este solo detalle mueve a cinco conclusiones especulativas: 1) Estamos ante una serie de cuerpos migrantes en posición fetal, listos para el renacimiento en una nueva metrópoli. 2) Los cuerpos se hallan desnudos, vulnerables ante una realidad hostil que tiende frente a ellos un muro. 3) La ciudad es todavía una ambición cuya silueta se eleva en la distancia; el espacio que media entre ella y los personajes parece irreductible. 4) Los cuerpos conforman, hay que repetirlo, una serie; los tres son iguales; detalle que evoca la migración como un proceso que al final uniformiza, reduciendo la condición humana a función estadística. 5) Los cuerpos, que a pesar de su uniformidad y monotonía conservan la sinuosidad sensual de la vida, operan como contraste de una ciudad rígida, vertical, geométrica, que impone la brutalidad del concreto tanto a nivel compositivo como cromático.

La foto es todavía más compleja. Hay un detalle notable que le infunde ambigüedad: los cuerpos dan la espalda a la ciudad, sus manos cubren sus ojos. ¿Será esta una metáfora del proceso migratorio como un doble rechazo? Por un lado, se erige la ciudad como una mole insensible, incapaz de concebir al migrante como fuerza humana y creativa; por el otro, la vulnerabilidad económica y social del migrante lo apuntala en sus raíces, diluyendo la promesa de la expansión cultural y el “estilo”. 

Fotografía 2: Nacho Guevara

Fotografía 2: Nacho Guevara

La segunda foto (2) de la serie vuelve a oponer elementos vitales y elementos geométricos. El personaje nada, literalmente, en tres espacios superpuestos: el cielo, el mar y un charco de agua minúsculo sobre cuya superficie se plasma el reflejo de la ciudad invertida. Lo que estamos contemplando es la alteración imaginativa del reflejo, la posibilidad de encontrar el infinito en un minúsculo hueco.

A diferencia de la primera foto, aquí la ciudad pierde su aparente poderío y revela su impotencia ante el transcurso del tiempo: los forados que conspiran contra la regularidad de la calle, el desgastado filo de la acera, las manchas que alteran la monocromía fúnebre de las paredes de los edificios, anuncian los trabajos minuciosos de una erosión imparable. Pareciera por momentos que la ciudad mamut, el coloso de concreto del imperio, se resignara al destino melancólico del espejismo.

El personaje, mientras tanto, habita una región intermedia: la del aire y el agua (negación plural de la estabilidad del concreto, y por extensión, del mundo de las finanzas). Es casi como si esta zambullida fuese una inmersión en los dominios contiguos de la imaginación y los sueños. La ciudad le impone al personaje sus decretos, le exige prudencia, intenta detener su descenso al cielo por medio de ese signo cuyo imperativo (STOP) equivale a su contrario en la región del deseo.

Y nuevamente la ambigüedad que enriquece la foto. ¿Será esta fuga por los abismos de la creación, esta huida de las leyes productivas que impone una ciudad comercial, apenas un espejismo? Pregunta crucial en la vida del que migra, considerando que su potencial no solamente mengua por obra de la necesidad económica, sino también por ese largo proceso de erosión física y mental que supone el adaptarse a un territorio diametralmente opuesto al del origen.

Fotografía 3: Nacho Guevara

Fotografía 3: Nacho Guevara

En las primeras dos fotos los elementos figurativos que componen la ilusión son claramente discernibles. Los espacios de lo real y lo imaginario, aunque fundidos en un solo propósito, tienen líneas divisorias. En la tercera foto (3), esas líneas desaparecen y el personaje aparece como un objeto más en una galería de relojes en posición “pendular”. Nótese que su presencia, aunque disruptiva, carece de la centralidad del protagonismo: aparte de los signos que delatan al sujeto inanimado (los ojos semicerrados, la cabeza inclinada hacia un costado, el cuerpo asumiendo la posición que las fuerzas de la gravedad y los ganchos le imponen), el personaje ha sido desplazado hacia el extremo derecho y hacia el fondo de la perspectiva. La idea física que reina en la imagen es la de la suspensión del tiempo en el espacio, aunque es dable imaginar que el movimiento pervive en el corazón de cada pieza mecánica.

Lo que estamos viendo en esta magnífica foto (la mejor de la serie, sin duda) es la plasmación de un conflicto que atañe a la naturaleza misma del arte fotográfico: el artista se halla suspendido entre una era de hazañas mecánicas en que los fotógrafos domesticaban la cámara jugando osadamente con la apertura del obturador y el tiempo de exposición y la era digital que permite alterar cada uno de los elementos compositivos o cromáticos en un ordenador. El tiempo de la era clásica, cuya plasmación poética más efectiva aparece en la legendaria foto de Brassai fumando en una calle de París, aparece aquí como reliquia.

Es, sin embargo, una reliquia latente que invade el primer plano, sugiriendo tal vez que el pasado nunca se diluye por completo. Posiblemente esté allí:  en el equilibrio estático de los objetos,  en la composición geométrica que concatena líneas y circunferencias, en la opción anacrónica del blanco y negro, o en la antigua hazaña técnica de la profundidad de campo.

Fotografía 4: Nacho Guevara

Fotografía 4: Nacho Guevara

La cuarta fotografía (4) es la más abstracta de todas, pero los elementos figurativos que uno alcanza a discernir en una primera visión (latas de aluminio, botellas plásticas, cajas de cartón) ilustran las posibilidades fotográficas de las excrecencias citadinas. Aunque el contexto de la imagen es muy limitado, la licencia de imaginar un espacio destinado al reciclaje es posible: el sueño democrático de la fotografía se expande a los desperdicios.

No hay aquí, sin embargo, esa gélida sensibilidad modernista con que Margaret Bourke-White exploró los resquicios industriales del pasado siglo. Hay más bien sensualidad y tensión. Los objetos quieren saltar hacia el lente de la cámara, pero una capa de plástico los contiene. Se siente el esfuerzo de este velo transparente en esas líneas que delatan su expansión polidireccional. Estamos contemplando un ejemplo material de lucha libre, un enfrentamiento paradójicamente épico en los resquicios de lo inservible.

Pero hay más. Un esfuerzo visual por revelar cierto código camaleónico que anima la foto, nos permite distinguir, dentro de las bolsas, niños que se funden en el caos apiñado de lo descartable. Aparte del comentario social que la imagen sugiere –los niños como víctimas de la sociedad de consumo y/o como piezas de un sistema productivo que lentamente retorna a los modelos de explotación del siglo XIX—, se puede discernir una estrategia común a las últimas fotos de la serie: la miniaturización artificial del ser humano, su ingreso en una realidad precaria que aparenta preceder a su disolución.

Fotografía 5: Nacho Guevara

Fotografía 5: Nacho Guevara

En todas las fotografías de la serie, la geometría entra en crisis, bien por la inserción de elementos carnales que conspiran contra la rigidez del entorno o por el acecho del caos. Es en la quinta fotografía (5) donde el colapso del orden geométrico adquiere ribetes cómicos: un globo terráqueo desinflado despliega oblicuamente su cansancio ante la mirada absorta de los congéneres que lo rodean. Su súbito desfallecimiento, elegante ejemplo de comedia animista, obliga a los otros cuerpos a llenar el vacío céntrico que la fuga de aire ha creado, generando la sensación de que los globos inflados se congregan en torno al lecho de un colega agonizante. El efecto humorístico es doble cuando uno piensa en la monumentalidad circular de los objetos, que al reproducir la tierra adquieren volumen cósmico. De pronto los continentes, los océanos, no son más que garabatos y arrugas sobre la piel de un globo terráqueo que escondía, en lo profundo, la fragilidad de una pompa de jabón.

Como en el caso anterior, la imagen se expande semánticamente en cuanto opera sobre ella una visión microscópica. Casi en el centro de la foto, hay un chico suspendido que parece descender del polo superior del globo desinflado hacia la superficie promisoria de un globo todavía intacto. Este acontecimiento mínimo y apenas visible genera múltiples preguntas en torno a los posibles significados de la foto: ¿Es la esperanza de la salvación ecológica una ilusión risible? ¿Pende nuestro destino de un hilo? ¿Hemos heredado a las nuevas generaciones un planeta exhausto?

Cualquiera sea la respuesta, una impronta es evidente: en la multiplicación absurda de objetos desechables, en la contaminación del ambiente natural y urbano, en la saturación demográfica del espacio, en la mecanización de los ritos de la producción y el consumo… está la huella del hombre. En cada orquestación geométrica que estas fotos ponen en escena, aparece una mano, una pierna, un cuerpo entero, casi como un sello que identifica tanto al responsable como a la víctima.

Fotografía 6: Nacho Guevara

Fotografía 6: Nacho Guevara

La última foto de la serie (6) es un concierto de extremidades que confluyen en un crucero peatonal o una calle. La única alteración irreal que acontece en la imagen procede de un trío de huevos apenas perceptibles, estratégicamente dispuestos en la zona inferior de la imagen, como una antítesis de los colosos cuyo paso distraido augura un pequeño desastre. Los cascarones quebrados permiten avizorar la multiplicación caótica de piernas y brazos.

La ciudad se alimenta de esta agitación permanente, del continuo caminar ligado a la producción y el consumo: abundan los maletines, las bolsas con mercancías, las zapatillas que ostentan una marca de prestigio. Es el fin del paseo, de la pausa y la contemplación digresiva. Lo que vemos es circulación mecánica. Y en los huevos se adivina la reproducción del sistema.

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Marco Escalante, escritor peruano, es integrante del consejo editorial de contratiempo.

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