Cinco días en un departamento

Fotografías cortesía:  Cinco Días sin Nora

Fotografía cortesía: Cinco Días sin Nora

Dentro del marco del JCC Chicago Jewish Film Festival, atinamos a aventurarnos en junio pasado hasta el Century Center Cinema, en Lakeview, el día del Gay Pride Parade, tan solo por ver un filme al que me invitó un amigo judío/ateo, y que le llamó la atención porque era mexicano. Tras detenernos unos minutos en la vorágine de color y festejo que convergían en la esquina de Belmont y Halsted, disfrutando del ambiente y la colectiva alegría, finalmente dimos un giro completo y nos introdujimos en la oscuridad fría del cine para ver una película sobre…muertos y entierros.

Cinco Días sin Nora es la ópera prima (o primera película) de la joven mexicana Mariana Chenillo, estrenada en 2009 y ganadora en el 2010 de varios premios internacionales, entre los más importantes los Ariel a mejor película y mejor guión original (de ella misma). Al parecer Mariana hizo buen caso del mantra que repiten los maestros de disciplinas artísticas a sus alumnos, “habla sobre lo que sabes”, ya que nos presenta un relato (tragicómico a ratos, otros sentimental) desde la intimidad de una familia judía de la ciudad de México en la víspera de celebrar la fiesta del Pésaj, también conocida por los judíos hispanohablantes como Pascua y en Estados Unidos como Passover. Chenillo misma menciona en entrevistas que estos ritos y la convergencia alrededor de la mesa de toda su familia durante los años, fueron quienes inspiraron la historia de José Kurtz (Fernando Luján) quien, tras más de veinte años de estar divorciado de su esposa Nora, la encuentra muerta en su departamento, habiendo finalmente tenido éxito en suicidarse tras numerosos intentos a lo largo de su vida.

Fotografías cortesía:  Cinco Días sin Nora

Fotografía cortesía: Cinco Días sin Nora

Nora, calculando muy bien cada detalle de su muerte, se asegura de hacerlo justo antes de la celebración del Pésaj, cuando sabe que toda su familia tendrá que concurrir y participar, quiéranlo o no, del Séder (cena tradicional de la Pascua judía) que ella misma tuvo la paciencia de tener casi completamente preparado y que todo tendrá que realizarse con la ritualidad acostumbrada (y de la cual su ex marido reniega constantemente). Hay un pequeño detalle, bueno, en realidad dos; el primero, que según los cánones ortodoxos judíos, los suicidados no tienen cabida en su panteón, cosa que obliga a toda la familia y allegados a buscar frenéticamente alternativas (la de José, de enterrarla en un panteón cristiano, con funeral en forma de cruz, flores y veladoras incluidas), y el segundo detalle, una foto que encuentra José bajo la cama y que indica que Nora tuvo amoríos con otro hombre cuando aún estaban casados.

La historia entonces se desenvuelve suavemente entre berrinches del venerable rabino (Max Kerlow), la necedad de Fabiana la criada (Angelina Peláez, estupenda como siempre) de hacer que su patrona luzca maquillada y lleve entre sus manos un rosario, como dicta la tradición católica, choques ideológicos entre José y todos los demás, en especial con Moisés (Enrique Arreola), un joven de reciente conversión al judaísmo y con quien pretende comer pizza de salchicha y tocino, resentimientos nuevos y antiguos entre padre e hijo, entre amigos de toda la vida, en fin.

Fotografías cortesía:  Cinco Días sin Nora

Fotografía cortesía: Cinco Días sin Nora

La película falla un poco en determinar su carácter cómico, dada la solemnidad de los plano-secuencias (toda la acción ocurre dentro del departamento de Nora) y sobre todo de la música (tanto seria y tristona, como hermosa, de Darío González Valderrama), pero los diálogos son frescos, honestos y creíbles todos, hasta los de las dos pequeñas niñas que juegan a esconderse dentro del ataúd en forma de cruz mientras juegan al “muerto”. Hay también cierta falta de pasión, de esa que hace que nos enamoremos de personajes en el cine, tal vez por querer tocar varios planos al mismo tiempo, diversos elementos del pasado y el presente, distintos personajes con historias tan distintas, sin que lleguemos a acabar de sentir una completa afinidad por ninguno; sin embargo, el trazo de los personajes y la gran habilidad de los actores le imprimen a esta película un velo hermoso y cálido, una sentimentalidad que solo un paseo entre los objetos dejados por la abuela en su antiguo escritorio, nos puede hacer sentir.

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Andrea Ojeda es amante del cine y miembro del consejo editorial de contratiempo.

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