El oficio literario del traductor

Dejando de lado cualquier conflicto trataré de explicar aquí mi forma personal de ejercer la traducción. Hace tiempo leí un artículo sobre El hombre de la arena de E. T. A. Hoffmann, en el cual cierta escritora criticaba las diferentes traducciones del cuento porque no había encontrado en ellas la profunda consternación que esa historia le había causado durante su infancia; veía en la obra de Hoffmann una narración llena de aristas, a través de las cuales el propio lenguaje parecía querer herir al lector, obligarlo a que intuyera el peligro de los abismos que subsistían detrás de la narración, que invocaban algo extraño y desconocido que residía en el interior del ser humano.
En algún momento he sugerido que la propia traducción debe hacer transparente su naturaleza; habría que poner en movimiento las complejas potencias que guían el proceso de traducir, es más: una traducción literaria tiene que extraer el tejido interno que la conforma para exhibirlo ante el lector; podríamos llamar a esta forma específica de traducir una metatraducción: una traducción que refleja en sí misma su proceso. Con esto me refería particularmente a la Antígona de Hölderlin (Punto en línea, núm 35); sin embargo, hablando en general de esta actividad aún considero que un traductor debe ir más allá de la obra original para reproducir el abismo que surge entre dos lenguas, pues la fractura, esa escisión, es quizá el demonio casero, perturbador y ominoso de cualquier traductor.
Traducir es el principio metafísico de toda creación humana, pero no nos resultará extraño afirmar que los escritores son por lo general malos traductores, y deben serlo pues su fuerza radica en su carácter, el cual habrá de sobrepasar cualquier coacción, toda imposición externa: la fuerza en su interior los arrastra y determina sus acciones, impresiones y deseos; ésa es su naturaleza y el principio de su actividad. Si un escritor desea fungir como traductor debe cambiar la forma en que concibe esta actividad, o elegir una obra tan afín a su carácter que ambas expresiones literarias puedan mezclarse sin subordinarse una a la otra en forma y contenido.
Así pues, la acción de traducir implica un reproducir, pero no como lo hace un autor, pues su materia no es nueva: él no es un creador. Su actividad implica sobrepasar las limitaciones a través de una forma dada; las restricciones del traductor configuran así su autonomía para que construya algo a partir de medios distintos de los de la obra original, y en esos nuevos vínculos descubre también su libertad.
Por estas razones la creatividad del traductor se parece más a construir un mecanismo, un soporte o una estructura: los efectos de una pintura al óleo corresponden a otros distintos en un grabado en bronce; la sutileza y el refinamiento consisten en captar la vida, el movimiento y el color que poseía el original; pero revelando a la vez que se trata de un material distinto, el cual por supuesto exige una técnica diferente: una pintura no es la cosa que representa y sin embargo aparenta serlo: posee los matices, la forma y el volumen del objeto físico; éste es el sutil arte del traductor: el que algo distinto, por medios diferentes, perezca lo mismo; en esto consiste el viaje elíptico de esta clase de mediación: que a través de lo diferente nos haga experimentar sensaciones y pensamientos similares a la obra original.
Por supuesto que cada uno de nosotros debe estudiar con pasión al autor que desea traducir, aprender técnicas narrativas, entender los efectos y las intenciones de la obra, y actuar de acuerdo con la naturaleza de aquello que se traduce; pero sobre todo debe sentirla como si la estuviera reescribiendo. Él es un medio entre la obra y su lenguaje tal como el artista fue, en el momento de gestación, un vínculo entre las fuerzas que lo guiaron y la consumación de su arte. Por eso se le exige recorrer sutilmente los bordes que se insinúan tras el velo del lenguaje para consumar un efecto estético, no en el sentido de una manipulación de los elementos narrativos o discursivos, sino a partir de las pulsiones que surgen del borde en que el ser humano se encuentra con algo más; debe consternarse con la luz que se filtra entre la lluvia y sentir el eco de los golpes sobre las puertas de la imaginación, pues su deber es ser capaz de entusiasmarse para hacernos sentir las impresiones que revela con el lenguaje.

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Adrián Soto (Ciudad de México, 1979). Poeta, ensayista y traductor. Ha publicado la biografía Quetzalcóatl, la efigie de luz (EMU) y el prólogo al ensayo La Cristiandad o Europa de Novalis (UNAM); además de ensayos, poemas y traducciones en las revistas Hotel, Aeda Lamm, Aion, Literalgia, Quehacer editorial, Punto en Línea y el Periódico de Poesía de la UNAM.

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Comentarios

  1. Bien hecho. Sin traductores buenos, estamos perdidos.
    Tengo 30 años de experiencia con “traductores” que les gustan a traducir “el trabajo” en vez de TRADUCIR “el sentido”. Son dos mundos diferentes.

    Gracias por la distincsión, y soy testigo: que la traducción “debe estar transparente”.

    Ole Señor!!

    Sr. Joseph, Ciudad de México
    Estudiante de español y editor
    GRAPHICtype Mexico

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