El fuego original y primordial, la sexualidad, levanta la llama roja del erotismo
y ésta, a su vez, sostiene y alza otra llama, azul y trémula: la del amor.
Erotismo y amor: la llama doble de la vida.
Octavio Paz
Dice Paz que el encuentro erótico comienza con la visión del cuerpo deseado. “Vestido o desnudo, el cuerpo es una presencia: una forma que por un instante, es todas las formas del mundo”. Y así lo establece porque sabe que al abrazar esa presencia “dejamos de verla, y ella misma deja de ser presencia; dispersión del cuerpo deseado”. Justamente, es en esta imagen de la anatomía deseada donde parecen yacer los íconos fundamentales que atan la pasión amorosa –que no necesariamente el amor–, a los objetos que la atrapan en su constitución física y sensual.
El mítico corpus de la erótica en la modernidad ha intentado equiparar lo pornográfico, es decir, lo que carece de imaginación (ya que la explícita imagen lo muestra todo), a la historia que los cuerpos erotizados inscriben entre la carne real y el territorio de los sueños, en nuestro caso, en las fronteras del deseo. Como tal, insiste la época que nos ocupa en separar el ánima animal del animal humano; accidente que en la mirada de Luis Eduardo Aute confiesa una sola cosa trágica: el que hoy ya no parece hacerse el amor, sino aeróbicos de genitales.
Antes
En la tradición helénica-romana el Eros, dios del amor, fue procreado por Afrodita y Hares; en otras versiones Parménides, Hesíodo y Aristófanes le adjudican orígenes diferentes: uno a partir del Caos primordial, y el otro desde un huevo incubado por Nix (la Noche). Por igual, los pensadores de la antigüedad también sostuvieron posiciones marcadamente disímiles sobre el sentimiento amoroso y sobre la sexualidad, observaciones que han sido recientemente revisadas por el filósofo mexicano Xabier Coronado.
En el célebre Banquete, por ejemplo, Platón establece una compleja relación entre el amor, lo carnal, y el ideal existencial; la dinámica expresada por Fedro –Eros como símbolo de la pasión sexual–, por Pausánias, que asegura la existencia de dos Eros, el del amor elevado y el de los que desean más los cuerpos que sus almas, y la visión del médico Erixímaco que alertaba a favor de la cautela “para cosechar el placer sin que provoque ningún exceso”.
Ovidio, por su parte, construyó un tratado sobre cómo amar; un arte amatorio que convertido en técnica, quiso ser enseñanza en un delicado territorio: el del amor, latitud donde la razón no ocupa lugar. En este extenso poema narrado durante el forzado exilio al que Augusto le condena en el siglo VIII A.C., aparecen textos donde lo lúdico y lo corporal logran convertirse en “un recuento ingenuo del deporte de los cuerpos”; en alertas a favor y en contra de la misteriosa fuerza de Eros.
En Ars amatoria encontramos pícaras advertencias dirigidas a embobados jóvenes y a mujeres que al parecer de Ovidio –en ocasiones peligrosamente cercano al dogma del sentir misógino de la modernidad– estaban necesitados de consejos y pautas en el arte de la entrega corporal; del lenguaje embriagado por el deseo que, en sus palabras, debe ser depositado en los confines de la anatomía:
“Cada cual se conozca bien a sí misma y preste a su cuerpo diversas actitudes: no favorece a todas la misma postura. La que sea de lindo rostro, yazca en posición supina, y la que tenga hermosa la espalda, ofrézcala a los ojos del amante (…) la que es pequeña, monte a caballo; póngase de rodillas sobre el lecho flexionando suavemente la cabeza hacia atrás, la de pechos prominentes (…) Siéntase la mujer abrasada hasta la médula de los huesos, y el goce se dividirá por igual entre los dos amantes; que no cesen las dulces palabras, los suaves murmullos y los deseos atrevidos que estimulan el vigor en tan alegres combates. Y tú, a quien la naturaleza negó la sensación de los placeres de Venus, finge sus gratos deliquios con falsas palabras. Desgraciada de aquella que tiene embotado el órgano en que deben gozar lo mismo la hembra que el varón, y cuando finjas, procura que tus movimientos y el brillo de tus ojos ayuden al engaño, y lo acrediten de verdadero frenesí, y que la voz y la respiración fatigosa solivianten el apetito”.
Las referencias más primitivas a la erótica gráfica, sin embargo, datan del año 13,500 A.C y están localizadas en la cueva de Lascaux del sureste francés; allí yacen las más hermosas y mejor preservadas muestras del arte rupestre y paleolítico. Entre ellas hay una imagen particular, que según George Bataille es “la primera prueba humanamente establecida (de) descender al abismo abierto en nosotros por el erotismo y la muerte (…) el reencuentro del tema del pecado original, de la leyenda bíblica de la muerte ligada al pecado, a la exaltación sexual. Al erotismo”.
Se trata de un hombre con cabeza de pájaro, tal vez muerto y con el pene erecto, caído frente a un agonizante bisonte abandonado a la furia, que haciéndole frente al hombre, muestra sus entrañas abiertas; un pájaro y un rinoceronte son testigos de la escena. Es ésta una pintura donde víctima y victimario aparecen en aquel “último instante” cuando la angustia es supremo gozo detrás de la protagónica relación sexo-muerte; lo que el autor de Las lágrimas de Eros catalogó como el “enigma que define ese aspecto del hombre al que es en vano descuidar u omitir, y al cual, el nombre de erotismo designa”.
Después
Aquella comunión, a veces batalla, entre sexo y muerte no fue territorio exclusivo del Bataille de Lascaux; Eros y Tánatos también perturbaron el pensamiento freudiano desde los rincones del psicoanálisis, paradoja que al parecer del pensador vienés, alimentó las fuerzas esenciales conformadoras de la conducta de los organismos vivos.
Es justo indicar que estas ideas habían sido ya enunciadas por el filósofo griego Empédocles de Agriento cuando en el siglo V a.C. hablaba de amor y discordia; del Eros (amor) que tiende a unir y crear; y de Tánatos (la muerte) que deshace y destruye. El erotismo “pararrayos inventado por el hombre víctima de la perenne descarga eléctrica de la sexualidad”, en la voz de Octavio Paz.
Bataille confesó en una ocasión lo que consideraba la imposibilidad de representar la encrucijada de las “violencias fundamentales” que constituyen el erotismo y la muerte; simultáneamente afirmaba también que Eros se expresa como una lucha entre naturaleza y cultura, entre necesidad y deseo. Freud, por su parte, las consideraba convivencias de la “pulsión de la vida y la muerte”; clarividentes expresiones de la más íntima contradicción que niega, y a la vez explica, nuestra condición humana, malvada y sublime, definida por dicho sistema de opuestos mutuamente dependientes:
“La verdad oculta tras de todo esto, que negaríamos de buen grado, es la de que el hombre no es sólo una criatura tierna y necesitada de amor, que sólo osaría defenderse si se le atacara, sino, por el contrario, un ser entre cuyas disposiciones instintivas también debe incluirse una buena porción de agresividad. Por consiguiente, el prójimo no le representa únicamente un posible colaborador y objeto sexual, sino también un motivo de tentación para satisfacer en él su agresividad, para explotar su capacidad de trabajo sin retribuirla, para aprovecharlo sexualmente sin su consentimiento, para apoderarse de sus bienes, para humillarlo, para ocasionarle sufrimientos, martirizarlo y matarlo”.
Si para Bataille el acto erótico es un instrumento de la transgresión (donde la sexualidad es reminiscencia de la animalidad hacia la que el deseo nos arrastra), para Freud, Eros es el todo: la fuerza, el origen, el motivo y la guía del ejercicio de la razón. Nótese que para ambos el erotismo representa un desafío de porte filosófico ya que, entendido de la manera que le plantean, éste viaja desde el ya mencionado instinto animal hasta el territorio de lo humano; desde el ejercicio del amor hasta lo que ha sido prohibido; desde la reproducción y sus menesteres hasta los dictados de la religiosidad impuesta. Arribando, por supuesto, a los dominios del Capital, el incuestionable nuevo propietario del ejercicio sexual en Occidente.
¿Qué lugar ocupará entonces el amor en ese campo de batalla que protagonizan Eros y Tánatos? A mi parecer, será la imaginación de los amantes atrapados por la magia de la atracción mutua, quien trazará los límites que el mismo amor destruirá. Ya lo dijo el poeta mexicano Jorge Souza: El amor es la única posibilidad de vencer a la muerte. “Porque los cuerpos, cuando se aman, transforman el espacio cotidiano y establecen en él su propio paraíso; abren una grieta en el continuo del tiempo y se quedan inscritos en algún punto, para siempre.”
Ahora
La frase expresada por la controversial escritora franco-cubana Anaïs Nin de que “Sólo el latido al unísono del sexo y del corazón puede crear el éxtasis”, parece representar la antítesis del ejercicio de la erótica a la que se han adoctrinado el hombre y la mujer contemporáneos. El sexo, otrora escaramuza de carácter intimista, es ahora un hecho público al alcance de un email, de un click, un videoclip de Youtube o de un simple text enviado desde cualquier dispositivo. Son éstos, instrumentos que desprovistos de imaginación alguna han lanzado ante nuestras miradas la “genitalidad” en sustitución del erotismo, al que la escritora chilena Pía Barros definió como “el conocimiento del mundo a través de los siete sentidos”.
Es así como el desnudo del Internet y la televisión –herramientas de la erótica ajena– han logrado que el Eros moderno esté representado por un sólo sentido: la visión; esa esponja del ser electromoderno acostumbrado ya a que la imagen anónima lo diga todo. Imagen que ha circunscrito la atracción entre dos seres a los confines del escenario binario convirtiéndola de tal forma en un acto profundamente individualista.
Los comerciales automovilísticos atrapando nuestra atención en los pixeles de una mujer de pechos semidesnudos; las narraciones donde unos minutos de phone sex, cibersex, sex toys, bares de strippers o cursos acelerados de “educación sexual” aparentan satisfacer las “necesidades” de incontables mujeres y hombres de carne y hueso; y los lugares en que los cuerpos fantasmas de maniquíes expuestos en escaparates multicolores se convierten en tótem de la adoración corporal, nos obligan a preguntar por el paradero de Afrodita. Es decir: ¿dónde quedó el amor en esta vorágine de genitalidad?
Hace poco un periodista se quejaba en el diario argentino La Nación de que “el capitalismo ha hecho de Eros un empleado”; estoy seguro de que hablaba de las hábiles destrezas del Mercado para hacer de la intimidad un fertilísimo campo de inversión. Un rubro donde el dinero y el plástico ponen a nuestra disposición el paraíso de la carne. Carne femenina, por supuesto. Porque como indicó Bataille “no es que la mujer sea más deseable para el hombre que él para ella, sino simplemente, que la mujer se propone como objeto del deseo masculino.”
“¿A dónde van, a dónde quieren ir la mujer o el hombre actuales con su cuerpo? ¿Al magma de la esencia? ¿O a la selva de la apariencia? ¿Al circo del tener? ¿O a la morada, el templo del ser?”. Estas interrogantes lanzadas al ruedo por el poeta y ensayista José Mármol, a mi modo de ver, más que reflejo –preguntas– son espejo, –desafíos–; inaplazables desasosiegos del corazón-cerebro y por ende, del cuerpo que siempre debió ser. Ese cuerpo mutuo que la modernidad está a casi a punto de arrebatarnos.
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Jochy Herrera, escritor dominicano, es miembro de la mesa directiva de contratiempo

[...] “las tetas son las tetas”. La adoración es, en el fondo, la misma. El ensayista dominicano Jochy Herrera recorre la historia de la civilización para encontrar al erotismo como una constante en el [...]