(el enemigo)
no soy quién, tan solo, o nadie
en el titubeante acto de nombrar, nombrándote:
qué lejos en la hora, nos decimos
este repartido mineral, el otro cuerpo
animal mío, y permanente, el enemigo
(del deseo)
estarse quedo en el pequeño pozo de la noche
estarse atando
este silencio a los cerrados labios, esta soledad
a las manos y al rastro de las manos
y estarse en otro cuerpo mientras caen
serenamente misteriosas palabras, voces sin cálculo
a poblar lo que fuera un espejo, esa nocturna piel
de los iguales, en número desnudo
(besa, he de decir, el nudo árbol
míralo crecer —único y tenso— de la sangre que palpita
en un cuerpo entonces desherido: abre los labios ciegos
y besa la nervadura hasta que tiemble
un pequeño final acariciante, alzado
para que sea uno este deseo uno
y última quietud su posesión, adentro tuyo)
Círculo de huesos
Como si fuera un ciervo
un animal acorralado y sin caricias
en un círculo de huesos
y latidos
J. E. Eielson
El equívoco animal que nuevamente herido
contempla su más bello paisaje interior
supone estar soñando, desde aquí, una imposible literatura
y abandona su cuerpo a aquel juego de espejos, disponiéndose
sobre el encerado suelo
vacío y sereno
en un vacío y sereno sonambulismo.
Ha intentado oscurecer las formas de su físico temor
con las de la palabra, dando todo de sí
por un encierro que mentía su reino o su frontera, sus objetos,
su hermético delirio y su pasión.
Sin embargo, bajo el medio relieve de la luna,
ese cuerpo que es se está mirando, y no se ama.
¿Cuál, entonces, su lugar, dónde su máscara
sino en el pulso con que tienta las extensas sombras
y dónde su sentido, sino en el círculo de huesos que lo ata,
sin pertenecerle?
Acto de amor
Celeste y sin recuerdos, montado sobre el cuerpo de mi mujer
digo palabras que me ignoran, y no veo símbolos en su espalda
ni frases como enigmas en su pálida voz:
hiende la noche
abrazándose a la almohada, con sutiles gemidos que se clavan en mí
mientras me hundo en cada agujero suyo dócilmente
y destejo sobre ella, minucioso, las metáforas de la pasión,
la pasión de entrar en ella como mi animal
hiriéndonos de gozo mientras la noche acoge, enmudecida,
la levedad de dos cuerpos que se tocan el interior
y no se miran para nombrarse:
ella me nombra
mientras yo la muerdo con un dulce vaivén, rozo sus muslos,
y dejo de ser, temblando, la suma de mis imágenes
por este cuerpo feroz que la penetra en silencio, y ella deja de ser
este silencio
por el cuerpo que aúlla sus caricias en la oscuridad,
y, entonces, yo la nombro
con un cálido grito sostenido en el aire, con palabras inmóviles
y ausentes
que se quedan allí, sobre su espalda
mientras ella ondula su piel bajo mi piel, y yo me alzo
sobre ese movimiento para contemplarla:
la contemplo
levantarse hasta mí desde las sábanas, llamarme
con voz incalculable, mientras me hundo en cada agujero suyo
y la acaricio
lentamente, para terminar:
ella se detiene
con los ojos cerrados, y yo tiemblo
en el frágil instante de nuestra comunión, desnudos
de palabras, pero hermosos
en cada músculo que se arquea, en cada trozo
de esta breve eternidad que nos entrega sus líquidos
inmóviles, su infinito amor,
yo me dejo caer sobre su espalda
y salgo de ella con ese mismo vaivén, acariciando
los retazos de la noche que se acaba
si acabamos, separándonos con ternura
para volver a empezar.
