Hace algunos meses, un sábado por la tarde, por los corredores del Yerba Buena Center for the Arts en San Francisco se escuchaban los sonidos de músicos que ensayaban para el concierto de esa noche. Pero no era ni el tintineo de violines ni el rasgueo de guitarras. El tejido de diversas texturas de sonidos lo creaban músicos al percutir sus mismos cuerpos de toda manera imaginable, pues se trataba de artistas de todas partes del mundo que participarían en la cuarta edición del Festival Internacional de Música Corporal.

Danza que se escucha, música que se ve

Este arte, conocido como música o percusión corporal, pudo haber sido una de las primeras expresiones del ser humano, naciendo quizás a la par de la danza en el momento en que nuestros ancestros se dieran cuenta que el cuerpo se volvía instrumento acústico y tímbrico al golpear el suelo con distintas pisadas o usar las extremidades para percutir torso y muslos, igual añadiendo cantos, vocalizaciones y chasquidos bucales. Aunque existe también de manera independiente, muchas músicas folclóricas a través del mundo incorporan algún elemento de percusión corporal —por ejemplo, el flamenco con las palmas.

Keith Terry, fundador del Festival Internacional de Música Corporal y ganador del premio Guggenheim en el 2008 precisamente por haber creado el festival, prefiere denominar esta forma artística “música corporal” en vez de “percusión corporal”, ya que el primer término incluye elementos de melodía y armonía además del ritmo. Sin embargo, cada uno de estos elementos cobra diferentes niveles de importancia dependiendo de la formación del artista. Algunos, incluyendo el mismo Terry, llegaron a la música corporal a través de la percusión y los tambores. Otros fueron primero bailarines, sobre todo de formas de danza percusiva, como el claqué, el flamenco, o diversos zapateados latinoamericanos. Otros son principalmente vocalistas, como los que practican beatboxing, percusión vocal asociada con el hip hop en la que se reproducen beats y se simulan instrumentos.  

Hablar diversos idiomas con el cuerpo

La música corporal de diversas partes del mundo revela la cultura de cada lugar de una manera muy particular, ya que frecuentemente imita diferentes tipos de sonoridad que responden a significados y funciones dentro de cada comunidad. Por ejemplo, en Turquía la música corporal incluye los usul, ciclos rítmicos de la música clásica otomana. Fernando Barba, fundador de Barbatuques del Brasil, explica que las melodías y ritmos de la música corporal reflejan las estructuras fonéticas del idioma de los artistas, ya que éstos suelen elegir sonidos y sílabas que abundan en el idioma nativo por ser lo que se articula con facilidad. Añade Barba que también se suele surtir la coreografía con los gestos propios de la cultura. Como ejemplo cita que su propio repertorio incluye el chasquear los dedos con un rápido ademán de la mano hacia atrás, que se usa en Brasil para indicar que algo sucedió en el pasado, o el golpear rápidamente el pulgar contra la palma con un fuerte sacudido de la muñeca, gesto que significa “rapidísimo”.

Testimonio de nuestras historias

Pero no sólo los hábitos fonéticos o gestuales en la música corporal delatan los orígenes de los artistas. De manera similar como el ritmo de ciertos tambores en la música latina da testimonio de los africanos que llegaron a nuestras tierras, se detectan en la arqueología sonora de la música corporal restos de otros detalles de nuestros pasados. El hambone estadounidense, en el que se percute el torso y los muslos, surge como forma de comunicación en el siglo XVIII en Carolina del Sur después de una insurrección de esclavos, ya que se prohibió tocar el tambor por haber sido instrumento de difusión de rebeldía. El gumshoe de Sudáfrica nace cuando los africanos encadenados en las minas, a quienes se les prohíbe hablar, crean maneras de golpear el suelo con sus botas de goma a fin de comunicarse.

También se desarrollan ciertos tipos de percusión corporal cuando faltan instrumentos. Algunos géneros de música folklórica de Quebec incorporan la percusión de los pies de músicos que tocan el violín sentados, ya que al cruzar el Atlántico los primeros inmigrantes pudieron cargar con violines pero no tambores. O en otro ejemplo, los grandes grupos balineses en la danza trance kecak, crean en conjunto un intercalado tejido de sílabas vocales que imita en parte los diferentes timbres del gong de su tierra, a los que muchos no podían acceder por ser costosos.

Música somos

En las funciones del festival en San Francisco, a ratos al público se le invitaba a participar, y fácilmente y con cierto regodeo personas de todas edades se ponían a chasquear, zapatear, aplaudir y cantar. Quizás el arte nos remonte a días felices de la niñez, con sus cantos y juegos del recreo, o nos recuerde una sutil antítesis de la actual sociedad tecnológica. O simple y sencillamente, nos demos cuenta del valor de nuestro propio cuerpo al encontrarnos con el artista que llevamos dentro.

 

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Catalina María Johnson, integrante del consejo editorial de contratiempo, es periodista y locutora/productora de programas para estaciones de radio pública.

Imagen: “Secreto” de Matteo Pugliese. Fotografía: Claudio Cipriani

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