Helena mira, desde un torreón de Troya, a los ejércitos enfrentados en la llanura. Los viejos, espiándola, murmuran que no es extraño que tantos hombres mueran por ella. Es tan hermosa. Ella piensa que los humanos han de sufrir grandes dolores para que los poetas tengan tema para sus cantos. En el décimo año de la guerra, Aquiles, enfurecido por la muerte de Patroclo, entra en la pelea sabiendo que va a morir: su madre, la diosa Tetis, se lo ha advertido. Sócrates, en la Apología, defendiéndose ante el jurado de atenienses que lo condenará a muerte, alaba la decisión de Aquiles de elegir la muerte con honor.
La gloria se alcanza, en los primeros poemas de nuestra tradición helénica, matando o muriendo. La gloria del ágora, como la que tiene en la Ilíada el anciano Néstor, es apreciada, pero no comparable, y así lo ha proclamado la poesía siempre, desde los griegos hasta Borges. Don Quijote, en su famoso discurso de las armas y las letras, exalta el valor heroico por encima del talento lingüístico. Cervantes ironiza ese valor, lo degrada a revolcones, palizas y manteadas, pero, aunque nos reímos, admiramos al caballero loco, porque nuestra educación literaria empezó con los héroes que se jugaban su cuerpo.
Sin embargo, en Homero nada hay tan valioso como la vida. Cuando Ulises, en la Odisea, baja al Hades y se encuentra con Aquiles, este le dice que no le venga con palabras bonitas sobre la muerte, que él, Aquiles, preferiría ser esclavo de otro hombre en la tierra que rey, allí abajo, de las almas sin aliento.
Generaciones de lectores han percibido la ambigüedad de los poemas homéricos. Por un lado, la exaltación de la vida en el horror de las batallas, la divinización del cuerpo en la inminencia de su destrucción, la belleza de los hombres, el frenesí de la cólera. El troyano Euforbo tiene espléndidos rizos, recogidos con hebillas de oro; son hermosísimas las armas de oro que refulgen, son hermosísimos los tobillos y las rodillas y las gargantas delicadas de los héroes, rotas por la furia del enemigo. Por otro lado, la guerra es miseria y dolor. Imágenes de paz, de calma, interrumpen incluso los momentos más terribles de las batallas. Cuando Ulises, con furia asesina, persigue a Héctor, pasan cerca de las fuentes del río Escamandro, y el poeta interrumpe la persecución para contarnos que allí se forman piletas naturales donde las mujeres de Troya y sus bellas hijas solían lavar sus mantos resplandecientes en tiempos felices. Las dos imágenes se contraponen por un momento.
Luego sigue la carnicería. La guerra es cuerpo, es cuerpo fuerte de anchos hombros y hermosa melena recogida con hebillas de oro, pero también cuerpo mutilado, sangrante, delirante de dolor, arrastrado por los prados de Troya, y también es cuerpo muerto y todavía amado y deseado. Príamo, en la escena más conmovedora de la Ilíada, se humilla ante Aquiles para que este le devuelva el cadáver de su hijo Héctor. Los dos lloran juntos. Aquiles ordena a las esclavas lavar y perfumar el cuerpo de Héctor, para devolverlo, y después dice que es hora de comer. Los héroes nunca olvidan comer, porque el cuerpo necesita alimento y no hay dolor tan monumental que quite el hambre. El cuerpo, su fuerza, belleza y mortalidad, y también sus necesidades básicas, son temas centrales de la épica. Hasta los dioses, tan entusiastas de la guerra y la muerte que se meten en el campo de batalla, tienen cuerpos y son heridos.
La convención descriptiva de la muerte homérica (golpe de lanza, caída, oscuridad) tiene una precisión digna del dios médico Asclepio, el de la vara y la serpiente enroscada, como se ve en este fragmento (que abrevio):
Ayante de Oileo, acometiendo con la puntiaguda lanza, hirió a Satnio Enópida en el ijar y lo mató. Fue a vengarle Polidamente, que mató a Protoénor, atravesándole el hombro. Ayante Telemoníada mató a Arquéloco; la lanza se clavó en la unión de la cabeza con el cuello, en la extremidad de la vértebra, y cortó ambos ligamentos, desprendiendo la cabeza del cuerpo. Acamante mató a Prómaco; y, para vengar a Prómaco, Penéleo acometió a Ilioneo y le dio una lanzada en la ceja; la punta de bronce le hizo saltar un ojo, le salió por la nuca a través del cráneo. Y entonces Penéleo desenvainó la espada y le cortó la cabeza; luego levantó la lanza, que todavía estaba hundida en aquella cabeza, y la agitó en el aire, con la cabeza ensartada, gritando: “¡Troyanos, decid de mi parte a los padres de Ilioneo que pueden empezar a llorar por él, porque nunca más verán el cuerpo de su amado hijo!
Nada hay tan grande, nos enseñan estos poemas, como la gloria que hace inmortales a los hombres, espejos de los dioses. En la guerra los héroes van al encuentro de su destino, en la guerra es donde viven la vida más intensamente. Los soldados voluntarios de nuestras guerras actuales también, en muchos casos, buscan experiencias extremas que los distingan y exalten, aunque a riesgo de morir o quedar mutilados. ¿No es mucho mejor intentar ser un héroe que estar condenado a una vida mediocre? La guerra ha dado a los hombres, y ahora a las mujeres, la fantasía de vivir la vida al máximo, de ser grandes y fuertes en el borde mismo de la nada. Los camaradas de la guerra, como Aquiles y Patroclo, Diomedes y Glauco, son más que hermanos, comparten un sentimiento y un discurso propios, unas medidas áureas de dignidad y de bravura. Para muchos, en todos los tiempos, buscar la gloria en la matanza ha sido irresistible, y sigue siendo irresistible.
La Ilíada y La Odisea, los más antiguos poemas de nuestra tradición helénica, los más famosos, leídos, admirados, aprendidos en las escuelas durante siglos y capaces todavía de fascinarnos, son poemas del cuerpo y la violencia. Pero en el mundo homérico el peor dolor es morir, y por eso la valentía de arriesgar la vida, que es tan dulce, hace que los hombres valientes sean fuertes y hermosos como dioses. La gloria del campo de batalla, que cantarán los poetas, los convierte a ellos también en inmortales. Homero compuso sus poemas, según Nietzsche, para convencernos de vivir.
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Graciela Reyes. Escritora, profesora emérita de Lingüística de la Universidad de Illinois en Chicago.

1 comment
El cuerpo | Contratiempo says:
Feb 22, 2012
[...] historia de las letras encontró en la imagen del cuerpo refugio y motivación, y es por ello que Graciela Reyes aborda el tópico a partir de los primeros poemas de nuestra tradición cultural, la prosa que a [...]