Para el platonismo originario, el cuerpo es sombra, reflejo de la idea misma de la corporeidad, cárcel para el alma como llegó a sustentar el filósofo antiguo. Metáfora importante para el discurso de la Patrística, que sobre él descansa, como fundamento del cristianismo. Para otras religiones cuerpo es el recipiente perentorio de un alma, divinamente tocada, que se irá a la eternidad, transmigrará y reencarnará según la gratificación o el castigo a que haya estado destinado. Para el cristianismo, el cuerpo es templo, metáfora de inmenso valor para la comprensión de su relación con moda o arte de vestir, poder y saber.
El cuerpo es, de acuerdo con Foucault, la superficie donde se inscriben relaciones microfísicas del poder y del saber; espacio de concreción del ejercicio y la resistencia a tales relaciones. A través de una reflexión arqueológica sobre su relevancia para la medicina, la política, el lenguaje, la sublimación, la gratificación o el castigo, Foucault ve en él la estructura icónica para la manipulación y el control, físico e ideológico del individuo, pensamiento que remite a la estructura del panóptico de Bentham. A través del cuerpo, la sociedad, vigilante y vigilada, oprime o libera, en el caso especial de la mujer, la hace esclava o reina; por medio de relaciones simbólicas y de poder fáctico, el cuerpo permite que el sujeto se exprese, mediante la inscripción de signos, símbolos o caracteres sobre su propia superficie (los rasgos jerárquicos por deformaciones en sociedades tribales, las pintaderas para la guerra o ceremonias religiosas, el pelo largo, la barba, los tatuajes, la alta costura), o bien, a través del cuerpo, la sociedad también silencia (la cárcel, la enfermedad, el contagio epidémico o la tumba).
Desde la perspectiva semiológica y su cantera de saberes, Barthes reflexiona sobre la moda a propósito de los mitos sociales de fines del siglo XX. Para él, moda es lenguaje; es decir, una suerte de discurso icónico del cuerpo, un subsistema de símbolos interpretado por uno mayor que es la lengua-cultura. La moda es, pues, santuario de las mitologías de la sociedad en el capitalismo avanzado; desafío, propuesta, a veces de corte evolucionista, y otras, de postura revolucionaria. Barthes ha instaurado, en base a subterfugios metafóricos que revisten una finalidad de orden económico y de preeminencias culturales, una nueva concepción de la estructura corporal capaz de someter al individuo a presiones psicológicas y socioeconómicas que a su vez han ampliado los actuales códigos de enfermedades. El vestido, en tanto que es propuesta de signos y símbolos sobre el cuerpo, ha puesto en jaque el natural grado cero indumentario de la corporeidad bíblica.
Baruch Spinoza dijo que nadie sabía acerca de lo que podía un cuerpo. He ahí cómo siglos antes que Foucault se reflexionaba sobre la corporeidad, más allá del hilemorfismo y la taxonomía aristotélicos, como una tensión entre saber y poder. ¿Se refería el filósofo al cuerpo desnudo o al vestido? No sabemos. Lo importante es que le atribuye una riqueza simbólica que los saberes mistagógico, científico, fideísta, místico, estético o erótico habrán de explorar. Algo no santo implicaba, desde los orígenes del ser humano, la desnudez, que debió ser sometida al vestido. ¿Tiene el lenguaje del cuerpo el secreto de la sabiduría para resistirse a la hipocresía y a la falsedad de la vida en sociedad? El cuerpo sabe y puede. La política, el comercio y el poder habrían de crearle su camisole de force.
Por su parte, el poeta griego Constantino Cavafis nos regala un verso genial que reza: recuerda cuerpo. El cuerpo es, en este caso, baúl, reservorio de los actos vividos, deseados, pensados y sentidos. Templo, tal vez, de la memoria y la historia. La metáfora cavafiana para definir el cuerpo sería la de su propio viaje a Ítaca, cuyo trayecto, antes que el destino, es lo importante. ¿A dónde van, a dónde quieren ir la mujer o el hombre actuales con su cuerpo? ¿Al magma de la esencia? ¿O a la selva de la apariencia? ¿Al circo del tener? ¿O a la morada, el templo del ser? El vestido es un signo de la alienación del sujeto en el ornamento, en lo superficial. Afición por la cáscara y olvido de la médula. Un tatuaje es hoy una seña; un indicador inherente a la vida, a la experiencia del sujeto que ha pedido se lo inscriban en su piel. Pero, es también el dictum de una pose.
Vestir el cuerpo, ¿qué representa hoy? ¿Cómo hemos de entender su evolución desde la hoja adánica del pudor, el taparrabos tribal, la túnica, el sobretodo de piel animal, la alta confección del medioevo con trajes de metal para guerreros y nobles; la lencería de hierro o cinturón de castidad, que castraba, debajo del corsé, el deseo femenino; el hábito religioso, la ropa elegante que cubría la ninfomanía de Catalina la Grande; las prendas de vestir que envolvían las ideas de las épocas de las revoluciones francesa e inglesa, la Ilustración, la guerra de secesión en Estados Unidos, hasta llegar a la revolución de la moda en el capitalismo actual que ha encumbrado, como marcas del mercado, nombres de hombres y mujeres dedicados a la confección de vestidos, accesorios, perfumes y joyas?
Los diseños exclusivos hablan de estatus, poder adquisitivo y nombradía en los ámbitos de la industria mediática. Resulta llamativo y provocador pasearse en invierno por Times Square y al alzar la mirada descubrir, en una pantalla, un escultural cuerpo, prototipo del modelo actual, vistiendo un delicado y escaso bikini rojo, cuando los transeúntes parecen beduinos urbanos, forrados en lana o cuero, bufandas y sombreros, protegiéndose de la impiedad del frío. La industria de la alta costura ha devenido en una suerte de expresión mercantil, a manos de un diseñador, de lo que en la estética y la plástica conocemos como arte corporal (body art), interesante manifestación del arte contemporáneo en la que el cuerpo del artista se convierte en soporte o superficie para la concreción de su lenguaje.
El cuerpo vestido conlleva un requisito fundamental: el modélico, el de las proporciones top model, la obsesividad por la forma o la figura ideales, el delirante, atrapado entre la nutrición prebiótica y probiótica, el gimnasio como catedral y el recurso del bisturí para el ritual de la cirugía estética. Afición del cuerpo posmoderno por alcanzar la perfección que ha desencadenado nuevos trastornos de salud, verdaderos desafíos para las ciencias médicas.
El cuerpo es, en fin, la entidad indisoluble de la articulación de los pensamientos y los sentimientos, de las frustraciones y los deseos; sea desnudo, semivestido o vestido, es un mural en el que se inscriben relaciones micro y macrofísicas de poder y de saber que, como en el verso de Nicolás Guillén que reza “como si San Martín la mano pura / a Martí familiar tendido hubiera”, hace que se den un apretón de manos Galeno, Da Vinci y Oscar de la Renta.
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José Mármol, poeta y ensayista dominicano, Premio Nacional de Poesía en tres ocasiones. Sus obras han sido galardonadas en prestigiosos concursos internacionales, la más reciente es el poemario Miradas paralelas

1 comment
El cuerpo | Contratiempo says:
Feb 20, 2012
[...] Los textos del dossier a continuación intentan tocar el abanico de ideas que lo corporal representa: la desnudez (estado natural del ser humano, único hábito que lo acompaña en su más profunda intimidad), es enfocada como la metáfora que señala cómo el cuerpo de hoy está (des)nudado, (des)provisto y (des)humanizado tras haber sido ofertado a la pornográfica industria del espectáculo de la carne y de los ojos en la contemporánea civilización de la apariencia. En los hábitos del cuerpo, a su vez, “se inscriben las relaciones del poder y del saber donde la sociedad, vigilante y vigilada, oprime o libera”, dicotomías elegantemente discutidas por el escritor dominicano José Mármol. [...]