
Para quienes, como mi querido amigo Ricardo Venegas, llevan un largo tiempo haciéndolo, lo que voy a decir es de Perogrullo, pero eso no le quita lo cierto y no por eso es menos importante repetirlo: jamás ha sido sencillo ser el responsable de la creación, la elaboración, la permanencia, la vigencia; la existencia saludable, para decirlo rápido, de una publicación periódica, menos si dicha publicación es de carácter cultural, y quizá todavía menos si tal esfuerzo se realiza fuera del monstruo centralista que, desde siempre, ha significado Ciudad de México. A eso habría que añadir, en el caso específico de Mala Vida, la cercanía de Cuernavaca precisamente con el Distrito Federal, y esa condición que, para más mal que bien, se le ha endilgado desde siempre a esta ciudad: la de ser, según algunos y de manera casi exclusiva, el reducto fin semanero de todo aquel que, en su condición de no-oriundo, busca solamente sol, albercas, restaurantes, bares, antros y demás propiciadores no única y tampoco necesariamente del descanso, sino también de la disipación e inclusive de la holganza.
Bajo esa perspectiva, chocante y reduccionista, forzosamente debería llegarse a la falsa conclusión de que Cuernavaca y sus habitantes han tenido y tal vez continúan teniendo prohibido, o les resulta imposible pensar en, ocuparse de, atarearse con asuntos culturales. Entre otros errores, caeríamos en el muy craso de soslayar así, de un solo golpe, que la vida cultural aquí —literaria, pictórica, escultórica, etcétera—no es ni rara ni nueva, y que se ha visto enriquecida por la presencia, cuando no la permanencia o la residencia de personajes definitivamente insoslayables, que no mencionaré por no caer en un monumental lugar común. Enriquecida, digo, no inventada por ellos, lo cual significa —otra obviedad que hace falta repetir— que desde siempre ha existido el interés y la labor en torno a la cultura.
Hace quince años, cuando muy posiblemente era más difícil de refutar todo aquello que se decía de Cuernavaca, Ricardo Venegas emprendió la tarea compleja, muchas veces cuesta arriba, otras tantas teñida de imposible, pero siempre gratificante, de ofrecer una publicación literaria que cumpliera una verdadera multiplicidad de cometidos, entre los cuales destaca la procuración de un medio para todos aquellos creadores locales que carecieran de espacio en el cual dar a conocer su trabajo; sin soslayar, por supuesto, la inclusión de materiales provenientes de cualquier otro sitio, la difusión de obra que esos creadores, así como el público en general, debían conocer. Y más importante aún: con sus quince años de existencia, Mala Vida ha contribuido a la formación de ese público lector, que es tanto como decir, aunque deban emplearse palabras como éstas, que ha contribuido al ensanchamiento del mundo de esos lectores, pues para eso, entre otras maravillas, existe la literatura.
Pocas cosas hay tan sencillas, tan factibles, como la desaparición de una revista cultural. Desde siempre, insidiosamente, la cultura y su difusión han sido las primeras paganas a la hora de apretarse el cinturón porque son pocos los dineros o porque, aun siendo muchos, resulta que se utilizan en asuntos de “verdadera importancia”, según dictan los axiomas del neoliberalismo rampante para el cual nada es digno de consideración si no tintinea en la caja registradora, —como si pensar, leer, imaginar, no fuesen actividades ya no digamos importantes, sino absolutamente indispensables. Pocos fenómenos tan tristemente frecuentes como el nacimiento y la prematurísima muerte, al segundo, a veces al primer número, de esta o aquella revista, en esta o en aquella localidad. Y también, por ventura, son pocos los editores/escritores que se dejan vencer, que no vuelven una y otra vez por sus fueros, bajo el mismo o bajo un título distinto, aunque de antemano sepan que el esfuerzo será mucho y los resultados, en términos de duración, casi de manera inevitable resultará bastante menor a lo deseado.
Me pregunto, bajo estas consideraciones, qué pasará por la cabeza de Ricardo ahora que puede soplar las inusualmente numerosas velitas del pastel con el que celebramos los primeros quince años de su Mala Vida. Lo que por mi parte no puedo sino subrayar, desde la perspectiva doble del lector constante y del colaborador ocasional —y agradecido—, es que, como dije antes, no es nada frecuente enterarse de que una revista literaria cumple diez años. Tampoco, por cierto, más de una década de presencia se cumple porque sí, a consecuencia de la simple y mera porfía. Ésta es necesaria, en efecto, pero no más que la solidez conceptual de una propuesta que merezca tantos esfuerzos como hay que hacer para que una revista se materialice. Eso es lo que encuentro en Mala Vida: la combinación del empeño con un propósito definido en el ámbito literario, una idea editorial que se ha venido plasmando número tras número, y que ha recibido el beneplácito tanto de quienes otorgan apoyos materiales, como de quienes aportan su colaboración creativa, y al final pero más importante, de nuevo los lectores, única razón de ser de ésta y de cualquier otra publicación.
Me uno, pues, a la celebración de los primeros quince años de Mala Vida, con un triple gusto: el del colega en tareas similares, el del autor que ocupa un espacio y el del lector que se complace y espera, c0mo chingados no, otros diez años por lo menos.
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Luis Tovar, mexicano, es jefe de redacción de La Jornada Semanal, suplemento cultural del periódico mexicano La Jornada
