
Durante mi adolescencia comencé a enterarme que había miembros únicos de un clan familiar chileno de apellido Parra: Violeta, Nicanor, Isabel, Ángel, Gabriel, Javiera… Violeta me cautivó desde el comienzo. Yo ya había escuchado canciones como Gracias a la vida o El rin del angelito; pero fue durante 1983, acosado por la humedad inverosímil del verano entrerriano de Argentina, que dos hermanos chilenos a quienes conocí allí, Jano y Mariela (la vida se ha encargado muy bien —sólo como ella sabe hacerlo— de separar nuestros caminos), me ‘presentaron’ bien a Violeta. En pocas semanas agoté todo material impreso y discográfico que conseguí. Cuando Mariela vio cuán fascinado me dejó la historia que aprendí de la vida de Violeta, me dijo: “un hermano que le sobrevive, y que se llama Nicanor, te va a encantar, gallo. Es un antipoeta. Vive en Chile”.
Era mi adolescencia y atrás quedaba el cerco protector de la infancia porque, cuando (de vuelta ya en Chile) comencé a buscar material de este Parra: poemas o, mejor dicho, antipoemas; bibliografía, anécdotas, narraciones; en fin, lo que fuera, fue cuando comencé a entender que la censura impuesta por Pinochet era real. No era fácil el acceso a “escritores subversivos”.
Un día, Patricio, mi hermano, me dio a leer el antipoema “Yo soy el individuo”; el resto se puede resumir en pocas palabras: agoté los días en un frenético buscar y leer todo lo que pude del antipoeta Nicanor Parra.
No quiero aquí insistir en una superflua reflexión sobre el extraordinario talento creativo del antipoeta; o sobre su capacidad de escribir acerca de lo común y diario para hacerlo aparecer nuevo (o no); o sobre su talento para poetizar con el humor, la ironía y lo popular, inculcando inteligencia a la poesía (y viceversa). Tampoco es cuestión de comparar. Pablo Neruda y Gabriela Mistral son los dos poetas premios Nobel de Literatura que tiene Chile (a propósito y, hasta ahora, a Parra lo han postulado varias veces); bien por ellos, por los premios Nobel. Muy bien. Tampoco es cuestión de ‘dejar fuera’ a otros consagrados: Teiller, Rojas, Pezoa Véliz, Silva, Lihn y otros (la lista es larga. Me enorgullece señalarlo). Nicanor Parra brilla con luz propia, pertenece a otra clasificación. No hay que ser una autoridad consumada en poesía chilena para aseverarlo. Así, no me extrañaría que, ante una posible pregunta hecha a él por un ‘reportero imaginario’ (para jugar con las palabras de su poema “El hombre imaginario”) sobre la importancia de haber sido galardonado con el premio Cervantes; o sobre qué se siente haber sido nominado varias veces al premio Nobel; o sobre qué opina de ser considerado en la actualidad el poeta vivo más importante de la poesía chilena y uno de los más conocidos en la poesía hispanoamericana; no me extrañaría, digo, que con una sonrisa contestara, citando uno de sus versos: “Sólo una cosa es clara: que la carne se llena de gusanos”; o no me extrañaría tampoco que, frunciendo el ceño ante tan inocente reportero imaginario, citara a modo de respuesta otro de sus versos: “…creo que moriré de poesía…” No dudaría tampoco, sigo pensando, en insistir con su propia descripción de la poesía: “La poesía tiene que ser esto: una muchacha rodeada de espigas o no ser absolutamente nada”. Tal vez volvería a repetir lo que reclama en su antipoema “El Premio Nobel”: “El Premio Nobel de Lectura / me lo debieran dar a mí / que soy el lector ideal / y leo todo lo que pillo”. Lo cierto es que el antipoeta se permite escribir con la misma autoridad los tristes versos de “Aromos”, o los fieramente irónicos de “Autorretrato”; o los de resignado tono burlón de “El poeta y la muerte”, o los irreverentemente religiosos de “Los 4 sonetos del Apocalipsis”; o los indignadamente combativos de “Moscas en la mierda”; o los….
Este físico-matemático, graduado de mecánica avanzada de Brown University, ha dedicado su vida a una revuelta irreverente contra el canon de la poesía (estos versos como ejemplo: “REVOLUCIÓN!!! REVOLUCIÓN!!! Cuántas contrarrevoluciones se cometen en tu nombre???”; o “U.S.A. Donde la libertad es una estatua”; o “Pido que me den el Nobel por razones humanitarias”).
Merecedor indudable del premio Cervantes (el más importante de las letras hispanas), no me extrañaría tampoco que, a sus 97 años y disponiéndose a alejarse del imaginario reportero mientras se acomoda su vieja gorra de lana en la cabeza, repitiera otro de sus versos: “antes de mí no se tenía idea de poesía”.
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Bernardo E. Navia nació en Chile. Cursó estudios básicos, secundarios y superiores en varios países de Latinoamérica. En el año 2002 obtuvo su doctorado en literatura hispanoamericana en University of Illinois at Chicago. Ha publicado varios cuentos, poemas y artículos en diversos periódicos y revistas literarias; y desde 2007 se desempeña como profesor auxiliar de español en DePaul University
