LORENZO SILVA 21-07]

“No tienes que gustar al lector. Tienes que perturbarlo. Sacudirlo. Zarandearle las ideas asumidas, meterlo en contradicciones”, dice un personaje de Niños feroces, la más reciente novela de Lorenzo Silva. Esas palabras pudieron haber salido de la boca del escritor, que con más de 20 novelas publicadas, entre ellas El alquimista impaciente y La flaqueza del bolchevique, está muy consciente de la relación de cercanía que en estos tiempos tiene todo autor con sus lectores. Al preguntarle a Silva sobre ello, dice: “el diálogo que uno entabla con el lector, a través de las redes casi en tiempo real, y a través del mail con más poso y reflexión, me parece crucial para anticipar e identificar sus sensaciones y emociones, material que en absoluto creo que pue­da despreciar un creador, y menos un contador de historias que aspira, no nos engañemos, a engatusar tanto como pueda a quien le escucha”.

Contratiempo: ¿Y ello cómo se refleja en la historia que se cuenta?
Lorenzo Silva: Uno tiene que contar siempre su historia, y a su modo, pero esa viva sensación de alguien al otro lado que proporcionan los nuevos modos de comunicación con el lector le permite a uno afinar el discurso a veces hasta extremos inusitados. Porque uno mismo no se da cuenta de todo lo que convoca con su propia creación.

CT: Tanto en Niños feroces como en una de sus novelas anteriores más recientes, El blog del inquisidor, Internet juega un rol muy interesante.
LS: Es muy cierto que las dos, que tienen elementos experimentales y comparten una narrativa fragmentaria, pretenden incorporar al arte de contar historias elementos surgidos del relato de la realidad que se construye en la red (también discontinuo, multiforme, repleto de puntos de vista dispares y simultáneos). Pero ambas novelas tratan de trascender la falta de articulación del discurso de la red, buscando estructuras alternativas que, sin imitar la continuidad algo falaz del relato decimonónico, ofrezcan una visión coherente y significativa de la realidad, en vez de ráfagas inconexas, como es a menudo costumbre en el ciberespacio.

CT: Siendo uno de los escritores en español que más ha hecho suyo el recurso de los nuevos medios, ¿percibe algún cambio en el oficio o en el rol del escritor?
LS: Más bien lo que quiero creer es que sigo disponiendo de las herramientas de siempre, las que pusieron a punto los grandes maestros, desde Cervantes a Tolstoi, desde Kafka hasta Chandler, a los que no tenemos por qué ignorar (es más, a los que ahora hay quizá más motivos para conocer y estudiar, porque ofrecen un terreno firme desde el que evaluar las novedades, a veces demasiado fulgurantes) y cuya enseñanza sigue siendo sustancialmente válida. Lo único que ocurre es que ahora contamos con herramientas y recursos adicionales, que muy bien podemos usar y que, siempre que no lo hagamos al tuntún, pueden ser pertinentes y enriquecer el discurso narrativo.

CT: Fue noticia cuando puso a disposición todo su catálogo en libro digital. ¿Qué reacciones ha recibido?
LS: La industria en España estaba (y está todavía, en parte) algo anonadada con la realidad digital, que identifica como una difusa amenaza cuyo poder de devastación no termina de calibrar. Esto es comprensible por los índices rampantes de piratería en España y por la nula acción del gobierno y de la justicia para reducirla, pero siempre me pareció una estrategia perdedora de la que quise apartarme. Y lo hice de la mano de la propia industria, o de una parte, el Grupo Planeta, mis editores en papel, que entendieron mi actitud y quisieron correr el riesgo y acompañarme. Así que de entrada conté con la complicidad de la industria, al menos parcial, y rechazo no he llegado a percibir.
En cuanto a los efectos en ventas, han sido sorprendentes. El libro más vendido en ebook es El ángel oculto, un libro que en papel es el menos vendedor de los míos y que apareció por primera vez hace 12 años. Pero los demás se han vendido también: no me han dado una fortuna, pero sí un beneficio económico digno de tener en cuenta, donde antes no había nada, y eso que el mercado digital en español está todavía en mantillas. Creo que hay un camino, y que hay que seguirlo explorando. Además, me ha permitido llegar de forma inmediata al lector en español de allende el océano, ese al que tan mal llegan los libros españoles en papel. Sólo eso, ya me parece un inmenso triunfo.

CT: Hablemos de Niños feroces. ¿Cómo comenzó a gestar la obra?
LS: Comencé a pensar en ella hace tres años, cuando me encontré en Internet la esquela de un español muerto en los años 80 en la que se decía que había sido teniente coronel de las Waffen SS hasta la caída de Berlín. Me impactó mucho que alguien reivindicara ese oscuro avatar biográfico.
Luego indagué sobre el personaje y vi que había existido y que en efecto, cabía afirmar que había luchado con los alemanes hasta el final de la guerra, cuando ya Franco había abandonado a Hitler. Y que no era el único. Varios cientos de españoles habían estado en su caso, y como él habían llegado a vestir el uniforme de las Waffen SS. Me pareció una historia poderosa para tratar de indagar, a la vez, en la memoria histórica española y europea (de la que este episodio prueba que España forma parte, más de lo que los propios españoles solemos creer). Y de paso, reflexionar sobre el fenómeno eterno de las guerras y el no menos eterno de la utilización en ellas de los más jóvenes.

CT: En Niños feroces hay una preocupación por la verdad del relato. ¿Ello lo pedía la historia o es una preocupación que va más allá?
LS: La historia, con nada menos que un SS de protagonista en el acontecimiento central de la historia europea del siglo XX, exigía esta preocupación por sí misma y sin ninguna duda, o eso me parecía. Era muy fácil hacer un relato maniqueo, o sucumbir a varias formas de propaganda. Pero dicho esto, es también mi preocupación esencial como narrador cuando abordo hechos reales o históricos. Por nada del mundo quisiera contribuir a la vasta historia de la manipulación de la memoria y de las conciencias, para hacer creer a la gente cosas que no fueron. Muchos desalmados y muchos desaprensivos trabajan ya en esa empresa.

CT: El protagonista no es ajeno a los aconte–cimientos que la juventud española actual está protagonizando. ¿Qué lo llevó a incluirlos?
LS: Quise contar la historia de hace 65 años a través de alguien que me vacunara contra mi propia visión, alguien que estuviera lo bastante lejos de los hechos como para mirarlos con ojos limpios. Yo no podía: yo tuve un abuelo que vivió las sacas de Madrid en noviembre de 1936, otro que vivió la guerra de África, y los dos me lo contaron, y además hice el servicio militar, con lo que no podía ser completamente ajeno a la experiencia de vestir uniforme, que era lo que quería para mi narrador. Una vez elegido ese narrador, tenía que ponerme en su lugar, adoptar su perspectiva, y para alguien de poco más de 20 años que vive en Madrid la primavera de 2011 el 15-M no puede ser irrelevante. Ahí están sus amigos, su novia, en parte él mismo.

CT: ¿Qué ve igual y qué distinto en la juventud actual?
LS: Distinto, que la desesperación la ha llevado a gritar contra lo que las generaciones anteriores, a cambio de un salario mejor o peor, toleraron. ¿Qué veo igual? La juventud es honda en su nobleza, pero a veces superficial en su discurso. Es susceptible de ser manipulada, de derrochar energías en balde o para procurar un beneficio que se apropia otro. No diría que en este caso, al final, no acabe habiendo también algo de todo eso. Por desgracia.

 

____________________

Luis Alejandro Ordóñez es escritor venezolano, miembro del consejo editorial de contratiempo.

¿Le gustó? Por favor, compártalo: